—Ehm, ¿estás ocupada? —No. Llegué hace poco a mi apartamento. ¿Pasa algo? —No, tranquila. Te llamo para invitarte a cenar, claro, si es que puedes. Me gustaría mucho poder verte ahora mismo. —David. Yo, no sé si sea prudente que nos veamos. No quisiera que tuvieras problemas. ―Problemas, ¿por qué tendría problemas? ―¿Susan? —¡¿Susan?! ―pregunta casi espantado―. ¿Por qué tendría problemas con ella? —¿No están saliendo? —pregunto con bastante curiosidad temiendo a su respuesta. —¡No! ¿De dónde sacaste eso? ―Vuelvo a sonreír sintiendo cómo esa sensación de felicidad me invade por dentro―. ¿Regina?, ¿estás ahí? —Ehm, sí. Disculpa. —¿Paso por ti entonces? —Dame veinte minutos. —De acuerdo. Cuelgo la llamada sintiendo que me falta el aire. Registro el número y corro a abrir mi gua

