III

1054 Palabras
Martes... el día de semana que tengo libre. Me levanto temprano, intercambio algunos mensajes con Martín, ya que él trabaja hoy y no nos podemos ver, me pongo mi ropa de deporte y salgo a correr a la plaza. Apenas hay nubes en el cielo y el clima está cálido, todo perfecto. Cuando llego a mi destino, empiezo a estirar y calentar mis músculos. Doy un par de vueltas caminando para entrar en calor y decido entrar por el sendero del medio, no me importa que esté rodeado de bancos. De lejos comienzo a ver a un hombre durmiendo en un banco de la plaza. Dios mío, creo que es al que le di dinero. Corro hacia él y lo veo más de cerca, definitivamente es él. ¿Lo despierto o mejor dejo que duerma? ¿Qué hago? Decido despertarlo, cuanto antes venga a casa; mejor. —Disculpe… señor. Él se asusta y me hace asustar a mí. Sus ojos azules se abren de repente. —¿Qué pasa? —pregunta, confundido. Si fuese malo, ya me hubiese sacado volando, creo. —¿Se acuerda de mí? Yo soy la que le dio la plata en el comedor el otro día… Se frota los ojos y me mira de arriba abajo. Asiente lentamente mientras comienza a incorporarse. —¿Y qué tiene? Gracias por cierto, ese día comí bien —sonrío. El hombre tiene la voz algo ronca y tiene un olor asqueroso, pero bueno, todo sea por el bien de esta persona. —Yo quiero saber si usted querría… bueno, lo estuve buscando mucho para hacerle una pregunta y me gustaría que acepte. —Al punto —¿Le gustaría… venir a vivir conmigo? —pregunto sin pensar y me aclaro la voz. —¿Perdón? —me mira como si tuviera un bicho feo en la cara y miro hacia otro lado. —No sé por qué motivo, tengo la necesidad de cuidarlo… es decir, le doy un hogar, puede comer, bañarse… ¿no le gustaría eso? —¿Me estás diciendo en serio? —noto indecisión en su rostro. —¡Claro! Amo cuidar a las personas, en serio. ¿Le gustaría o no? —le sonrío para darle confianza. —Yo… ¿y qué voy a hacer allá? No quiero molestarte. Además… ni la conozco. No sé si usted puede llegar a ser mala —ruedo los ojos. —Mi nombre es Mayra, y no soy mala, lo juro. Además, yo también me estoy arriesgando al hacer esto. ¡Y no me molestas! Vivo sola y no estoy mucho en casa. ¿Qué dices, vienes? —Es… está bien. Agarra un bolso y lo llevo hasta mi casa. Espero que Carlos no tenga razón y no sea un ladrón. Cuando entramos, él se detiene y mira todo alrededor con la boca abierta. Mi casa no es muy lujosa, de hecho es bastante normal, pero me imagino que para el hombre es como una mansión. —Ahora te vas a bañar… —digo cuando termina de escudriñar todo y lo empujo hasta el baño. Se queda mirando la ducha con confusión—. Espera, te pongo el agua. Le preparo la ducha con agua tibia. —Ahí tienes para lavarte el pelo, y el jabón. Obvio no vas a entrar con ropa, quítatela antes. Me voy. Salgo del baño para que se duche tranquilo, mientras preparo la comida. Le hago un pollo al horno con papas para que coma bien. Me doy vuelta después de comprobar que casi esté lista la comida y veo que el hombre está mojado y desnudo en la puerta, me sonrojo y tapo mis ojos con la mano. —Oye, tienes que usar la toalla —digo, señalándola. Él la agarra y se tapa. Tiene buen cuerpo para tener cincuenta años, tal vez está algo flaco, pero eso debe ser porque pasó hambre. Sale de nuevo del baño con nueva ropa puesta. Por lo menos no está sucia. —Ven a comer. Se sienta rápidamente en la mesa y cuando le pongo el plato enfrente abre bien los ojos. Sin pensarlo, se pone a comer todo y más tarde deja el plato bien limpio. Su barba está toda sucia y pienso cortársela. —Oye… ¿no quieres quitarte la barba y cortarte el pelo? —le cuestiono. Él me mira estupefacto, como si estuviera diciendo alguna locura. Luego asiente lentamente— Bien, vamos a la barbería, ¿sí? —vuelve a asentir. Lo llevo al salón masculino y después de una hora está totalmente cambiado. No lo reconozco. Él no tiene cincuenta años, es muchísimo más joven. Y no puedo creer lo sexy que se ve estando limpio y con la cara libre de pelos sucios. Sigo sin creerlo cuando volvemos a casa y se sienta en el sillón. Me lo quedo mirando por largo rato, pero él no dice nada. Sus ojos azules me encantan, y sacudo la cabeza para quitar algunos pensamientos de mi mente. ¿Cuántos años tendrá? —¿Cómo te llamas? —pregunto al final, sentándome a su lado. ¿Tendrá nombre? —Thomas —responde. —¿Y sabes tu edad? —Treinta —contó con los dedos cuando le pregunté. —¿Y por qué estás en la calle? —cuestiono. Sé que estoy haciéndole muchas preguntas, pero me mata la curiosidad. —Porque nadie me quiere —replica, haciendo un gesto de tristeza. Eso termina de romperme el corazón. Pero si es lindo y bastante bueno, de hecho hasta se ve educado, ¿cómo no lo va a querer nadie? Lo peor es que nunca fue a la escuela, sabe contar por sus amigos de la calle, pero no sabe ni leer, ni escribir. Le voy a tener que enseñar. Le pregunto acerca de su historia de vida, pero solo me dice que no quiere contarlo por el momento y cierro los ojos para luego quedarse dormido en cuestión de segundos. Lo dejo dormir en el sillón y yo voy a mi cama a descansar. Al fin lo encontré y cuando pensé que podría ser como mi padre, resultó ser como mi hermano… por la edad. Cuando veo el teléfono me doy cuenta que tengo diez llamadas perdidas de Martín y suspiro. Mañana le contaré lo que pasó.
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