Corría sin mirar atrás. Su propia respiración nublabs su visión, la humedad del suelo casi la lleva a resbalar, pero sus pasos presurosos no se permitían doblegar. Porque no iba a regresar, no iba a dejarlo ganar. Hacía mucho tiempo había sido cobarde. Pensaba que huir era una solución, que enterrar el pasado permitía seguir, que sus ojos se borrarían de su mente, que sus manos dejarían de sentirse sobre su piel, que sus palabras abandonarían sus oídos y su vida volvería a ser real. Hoy sabía que huir no era suficiente y sin embargo, ahora, era lo único que podía hacer. Huir. Alejarse de ese olor, de esos surcos blanquecinos, de esos dedos huesudos. Alejarse del temor, de la quietud, de la cobardía frente a una batalla desigual, de un final anunciado sin condición. Corría sin mirar

