Era una mañana fría, y muy clara debido a la nieve congelada que se acumulaba sobre los árboles y la carretera militar que pasaba por una de las zonas más boscosas y pantanosas del oblast de Leningrado. Era mitad de octubre y una parte del ejército rojo se encontraba disperso en la zona, relegados a un lado tras el evidente fracaso de la iniciativa militar. Al otro lado, cerca de los troncos entramados sobre la nieve, el teniente Alexandr Gorov esperaba las órdenes del general l del frente oriental. Estaban atrincherados, buscando la oportunidad para huir de la mira nazi. Sin embargo, de pronto el general decidió que debían buscar los puntos en dónde los alemanes guardaban las baterías de su artillería. —¿Qué proponen? —preguntó el mariscal mientras se cubría los nudillos con una tela ro

