Nikolái despertó muy temprano en la mañana, pero no fue por iniciativa propia sino por el ruido que se escuchaba en el interior de la casa. Desde muy temprano los había estado escuchando y por eso se preguntaba si esas mujeres dormían. El sol entraba tenuemente por la ventana. Nikolái abrió los ojos nuevamente buscando quitarse el sueño. Al poco tiempo Vera entró a la habitación. —¡Hemos traído al herrero! —dijo cuando ingresó—. No te preocupes, él vendrá para liberarte de las cadenas. Nikolái intentó sentarse sobre el lecho, pero el dolor que sintió en sus costillas le hizo gritar, y sin más ganas de querer levantarse volvió a acostarse. De seguro tenía alguna costilla rota. El pensamiento lo asustó, pues entonces no podría acudir a la base soviética. Frunció el ceño. —¿Qué sucede? ¿

