Hijo...

1381 Palabras
Cuando pensé que no teníamos más por hacer, me quedo quieto. Esperando mi destino. El proyectil silbó sobre mi cabeza y se incrustó en el concreto detrás de mí, haciendo volar fragmentos que se clavaron en mi rostro. No sentí el dolor; no tenía tiempo para eso. Solo vi el destello del segundo disparo y supe que no llegaría a esquivarlo. - Y entonces, el rugido. Un zumbido mecánico, agudo, rápido… y una ráfaga azul cruzando mi campo visual. El enemigo cayó antes de jalar el gatillo, su cuerpo empujado hacia atrás como una marioneta sin cuerdas. Sobre él, suspendido entre el humo, flotaba un dron n***o con el emblema plateado de los De Santi en el costado. - Dime que no llego tarde —la voz digital sonó a través del aparato - ¿Kavin? – susurré incrédulo - No mueras idiota – ordena. - No contesté. Solo miré el dron un segundo antes de apretar más a Sue. Su cuerpo temblaba, el rostro cubierto de hollín, la respiración entrecortada. Había sangre, pero no sabía cuánta era suya y cuánta del caos que la rodeaba. La sujeté por la cintura, sentí su peso; ligero, demasiado…y avancé. El edificio detrás de nosotros crujía como un animal herido, expulsando humo y fuego por las ventanas rotas. Cada paso era una lucha contra el calor y la gravedad. - Cole… —su voz era apenas un hilo—. Ethan… - Lo sacaré —le dije, sin detenerme. No era una promesa. Era una orden que me daba a mí mismo. El dron nos abrió paso, abatiendo a los que quedaban entre las sombras. No me pregunté cómo sabía que eran hostiles; los De Santi siempre hacían su tarea. Cuando alcancé la zona segura, uno de los hombres del perímetro tomó a Sue y la subió a un vehículo blindado. Quise seguirla, pero el aire se partió con otro estallido proveniente del ala norte del complejo. Y con él, una certeza que me atravesó el pecho: Ethan seguía adentro. Sentí cómo el pulso cambiaba. No era miedo. Era otra cosa, algo más profundo y más oscuro. Una frialdad que me entumecía la voz y me hacía ver todo con una claridad quirúrgica. —Zack —llamé. De entre el humo, su silueta emergió, arma en mano, la mirada fija en mí. —La evacuación terminó —dijo—. Nadie más salió. —Entonces vamos por él. No esperó otra orden. Caminó a mi lado, sincronizado como siempre. Él sabía que no podía detenerme, y yo sabía que no debía intentarlo. Nos adentramos otra vez en el infierno. El calor era insoportable, el aire denso, y cada respiración quemaba por dentro. Pero mis sentidos estaban afilados. Podía oír el crujido del metal, el estallido distante de munición y el llanto de estructuras que cedían. Cada sonido me guiaba. Un hombre apareció entre las sombras, con un arma improvisada. No esperé a que disparara; mi cuerpo se movió solo. Lo derribé, tomé su arma y seguí sin mirar atrás. No contaba los cuerpos. No pensaba. Solo avanzaba. Zack cubría mis flancos, preciso como un reloj suizo. Me lanzaba señales cortas con la mano, y yo respondía con movimientos que no necesitaban palabras. Llevábamos años haciendo esto: entrar, limpiar, salir. Pero esta vez no había misión. Solo un hijo perdido. Llegamos al corredor principal. Parte del techo había colapsado, bloqueando el acceso a las habitaciones. Los escombros ardían todavía. —Podemos rodear por el pasillo este —sugirió Zack—, pero… —No hay tiempo. Miré los restos del muro y calculé. El fuego lamía el acero, pero había un hueco justo al centro, lo bastante grande para arrastrarse. —Voy a cruzar. —Está loco. —Ya lo sabías. Me lancé. El calor era tan intenso que podía oler cómo mi chaqueta empezaba a quemarse. Pero logré pasar. Al otro lado, el aire era más denso, más oscuro. Y entonces lo escuché: pasos. No eran de Ethan. El reflejo metálico del arma me hizo girar. Disparé antes de pensar. Uno, dos, tres impactos. El atacante cayó, pero no solo. Detrás de él, otros dos surgieron de las sombras, disparando a ciegas. Me cubrí tras una columna rota, devolví fuego con precisión quirúrgica. Cada movimiento era medido, sin emoción. No sentía rabia: era método. Zack apareció por el hueco segundos después, cubriéndome. —¿Sabes a quién te enfrentas? —gritó entre el estruendo. —No me importa. —Debería. Podrían ser nuestros hombres, pero con los infiltrados; es imposible saber quién es quién y más con todo este humo. —Entonces hoy mueren todos. El dron de los De Santi volvió a aparecer sobre nosotros, proyectando haces de luz en el pasillo. Su sensor marcaba los movimientos térmicos de los hostiles, y con un zumbido seco, comenzó a eliminarlos uno a uno. Los impactos eran limpios, silenciosos. Yo solo seguía avanzando entre los cuerpos. No había espacio para el dolor, ni para el miedo. Cada vez que cerraba los ojos por un segundo, veía la imagen de Sue, su piel herida, su voz quebrada al mencionar el nombre de nuestro hijo y eso bastaba para empujarme más allá de cualquier límite. Al llegar al último tramo del pasillo, una nueva explosión sacudió el suelo. La onda expansiva me lanzó contra la pared, el aire me abandonó por completo. Zack me ayudó a ponerme de pie, tosiendo entre el humo. —Tenemos que salir, el lugar va a colapsar. —No sin él – insistí Mis palabras salieron roncas, apenas un hilo de voz, pero con la firmeza del acero. La siguiente parte del edificio estaba completamente destrozada. A lo lejos, las llamas devoraban los restos del ala donde Ethan debía estar. Entre el rugido del fuego, algo se movió; una sombra pequeña, rápida, como si alguien tratara de escapar. Mi corazón se aceleró, pero cuando apunté la linterna, solo vi polvo cayendo del techo. Zack maldijo en voz baja. —Cole… —Lo encontraremos. Aunque tenga que arrancar cada ladrillo con mis manos. El dron descendió hasta quedar a mi altura, y Kavin volvió a hablar. —Cole, evacúa. Ya tenemos a Sue en traslado. Si te quedas, mueres ahí. —No me iré sin mi hijo. Hubo un silencio. Luego, un suspiro. —Entonces te cubrimos. Pero no más de tres minutos. Tres minutos. Suficientes para que todo terminara… o empezara. Respiré hondo y avancé entre los restos del edificio, con Zack a mi derecha, el dron zumbando sobre nuestras cabezas, y el peso de un solo pensamiento martillando en mi mente: Voy por mi hijo. Entré en la boca del incendio como quien cae en un pozo sin fondo: con la cabeza baja y la única intención de tocar piso, agarrar y salir. Cada paso era una decisión tomada por reflejo; no calculaba el riesgo, lo administraba. El dron giraba sobre nuestras cabezas como un halcón mecánico, abriendo huellas entre las llamas. Zack iba a mi lado como una sombra que conozco de memoria: preciso, silencioso, una extensión de mi impulso. La luz era errática; destellos de naranja, luego de plata cuando las balas golpeaban las estructuras y el humo se me clavaba en la garganta como un hierro frío. Avancé por lo que quedaba del pasillo principal. Me movía con un propósito animal: olfateaba la posibilidad de encontrar a Ethan en cada habitación abierta, en cada mueble volteado, en cada figura inmóvil. Lo vi en la penumbra, al final de una alcoba que era ya ceniza y sombra. Primero creí que era una bolsa de ropa hecha un nudo por el fuego; luego distinguí la forma: pequeño, encogido, temblando bajo una manta chamuscada. No dudé. Corrí. La visión se me clavó como una promesa: el contorno de una cabeza, la respiración entrecortada, la forma que había repetido un millón de veces en mi mente desde que Sue había dicho su nombre. Barrí el humo con mi brazo y doblé el cuerpo del niño contra mi pecho. Sus manos eran diminutas, su piel caliente como una llama pequeña. Cerré los ojos por un segundo y lo apreté con todo lo que tenía. —Ethan —susurré aliviado, como si nombrarlo pudiera hacerlo real. Pero sí era real, allí estaba... mi hijo.
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