Salgo corriendo de mi habitación, al parecer me he quedado dormida (de nuevo). Llego a la cocina y tomo un pedazo de pan.
- Hola – Ramiro está desayunando
- Hola – lo saludo mientras paso a su lado, despeinándole un poco el cabello - ¿Y mamá?
- En su habitación – responde – Por cierto, necesito dinero para el bus – busco en mi bolsa y le doy un par de billetes.
- Ten cuidado en el camino – digo para luego correr en busca de nuestra madre, abro la puerta sin tocar – Mami, ¿Has visto…? - hay lagrimas en su rostro y me alarmo enseguida - ¿Qué sucede? – me apresuro a llegar a su lado - ¿Te sientes mal? ¿Pasó algo?
- Lo siento cariño, solo… estoy un poco abrumada. No pasa nada -noto que hay varias de sus joyas en la cama.
- Dime ¿Qué sucede? – pregunto
- Todo está bien, cariño. Vete o se te hará tarde – me apresura
- No iré a ningún lado hasta que me respondas – somos igual de testarudas.
- Han llegado las facturas…. – el alma se me cae a los pies – Y con las medicinas de tu padre…. No hay suficiente, pero puedo empeñar estas joyas. Podremos pasar este mes – en mi pecho se instala una sensación de pesadez, impotencia y rabia. Todo mezclado. – No quiero que te sientas mal, ya haces suficiente con tu trabajo. Lloro porque nunca me había sentido de esta manera, eso es todo – acuna mi rostro entre sus manos y fuerza una sonrisa – Estamos bien – su voz es firme, pero me parte el corazón.
- No tienes porque vender tus joyas, son herencia de tu madre – le recuerdo. Apenas y pudimos conservarlas cuando nos echaron – Yo conseguiré el dinero, no te preocupes.
- Déjame ayudarte, solo son joyas – dice mientras me besa la frente – No significan nada si con ellas puedo alimentar a mis hijos, aunque sea un poco – me trago el nudo que tengo en la garganta.
- ¿Quieres que vaya yo a la casa de empeño? – pregunto – Puede que se te haga más fácil – cedo.
- Es una gran idea – se apresura a colocar las joyas en una caja de terciopelo y luego me las entrega – Ahora vete, llegarás tarde – me apresura.
- Te Amo Mami, saldremos de esta – digo y antes de que mis lagrimas se descontrolen, salgo de la habitación rápidamente. Paso toda la mañana del trabajo con una tristeza tan grande que apenas puedo respirar; ¿Cómo puedo conseguir más dinero? Tengo que ser capaz de solventar todas sus necesidades, puede que las joyas ayuden este mes ¿pero el siguiente? No habrá joyas y las facturas regresarán…
- Mar ¿vamos a almorzar? – Leah y Morgana parecen listas para comer
- No, de hecho; tengo que hacer algo. Así que, saldré del edificio – respondo con tanta naturalidad como me es posible. Leah parece notar algo, pero decide no decir nada.
- Claro, ten cuidado – se despide Morgana y arrastra a Leah con ella. Cuando han pasado unos minutos, tomo la caja de terciopelo y me encamino a la casa de empeño más cercana. Al llegar al lugar, saco una por una las piezas de joyería; hasta encontrarme con el anillo de compromiso de mi abuela. Puede ser que nos den una buena suma de dinero, pero… en lugar de venderlo, lo meto a mi bolsillo; Ramiro seguramente lo usará en el futuro, cuando encuentre a la chica correcta, esto es algo que no puedo vender. Tomo el dinero que nos ofrecen y camino hacia la puerta giratoria del lugar, la empujo mientras me siento miserable. Al avanzar, mi rostro se estrella con el vidrio de la puerta; al parecer aún no he salido.
- ¡Carajo! – me toco el rostro y noto que estoy sangrando por la nariz. Cuando por fin logro salir, me quedo un momento parada frente a la entrada. La sangre fluye sin que pueda hacer nada, incluso mi cuello se mancha del liquido rojo; las lágrimas también brotan - ¡¿No te parece suficiente castigo?! – grito al cielo – Mi vida ya es un asco ¿puedes al menos quitarme esta mala suerte? - pregunto intentando sacar un poco de todos los sentimientos que me atormentan y que no puedo hablar con nadie.
- No es mala suerte, eres despistada – me sobresalto al escuchar una voz masculina. El lacayo de Logan me tiende otro de sus pañuelos, lo tomo inmediatamente para poder limpiar un poco la sangre de mi rostro.
- Gracias – digo, mientras hago todo lo posible por ignorar su comentario.
- ¿Qué haces saliendo de un lugar como este? – le hecha una mirada curiosa a la casa de empeño.
- Nada, te devolveré este pañuelo y el otro – tras decir eso, avanzo hacia el edificio del trabajo.
- Puedes quedártelos… o tirarlos, como quieras – responde detrás de mí.
- Bien – seco mis lágrimas con el dorso de mi mano mientras avanzo.
- Creo que necesitas lavarte el rostro.
- ¡¿Por qué estas siguiéndome?! – me giro para poder verlo - ¡Estoy bien! – le grito y las personas a nuestro alrededor nos observan con preocupación.
- No lo estás – asegura - ¿Por qué te resistes a que las personas te ayuden? – su pregunta desata otra ola de lagrimas en mis ojos
- Las personas siempre quieren algo a cambio.
- Yo no quiero nada – me toma de la muñeca – Vamos, necesitas limpiarte esa sangre antes que lleguemos – me guía al interior de un restaurante – Ve al sanitario de damas – pide y sin rechistar, lo obedezco. Cuando llego al espejo, la vergüenza me llena; luzco como un zombi. Mis ojos están rojos por las lágrimas, hay sangre en mi mejilla, en mi mandíbula, cuello y hasta en mi cabello.
- Soy un desastre – susurro mientras humedezco el pañuelo que el lacayo me dio y empiezo a limpiarme. ¿Por qué la sangre es tan escandalosa?, después de lavar mi rostro; salgo del sanitario y me encuentro al pelinegro recostado en la pared frente a la puerta – Pareces un acosador – señalo.
- Te ves mejor – dice ignorando mi comentario – Pedí un poco de té – y tras decir eso, vuelve a tomarme de la muñeca y me guía a una mesa en donde la bebida caliente me espera.
- Gracias – vuelvo a decir. Me acomodo en la silla y le doy un sorbo; la verdad es que se siente bien en el estómago.
- ¿Quieres hablar de lo que te sucede?
- Agradezco tu ayuda, pero prácticamente eres un desconocido para mi – señalo
- Escucha, Océano…
- Mar, mi nombre es mar – lo interrumpo con cierto tono de irritación en mi voz. Él sonríe haciendo que todo su rostro se ilumine, incluso esos ojos azules que a veces parecen témpanos y otras… un pedazo de cielo, cálido y hermoso.
- Es lo mismo – se aclara la garganta, borrando todo rastro de sonrisa – Escucha, puede que Logan y Leah estén matándose el uno al otro; pero eso no tiene porque afectarnos. Podemos ser amigos.
- ¿Tú quieres ser mi amigo? – no puedo evitar que la sorpresa sea visible en mi tono de voz.
- ¿Es raro?
- Un poco.
- Verás, soy nuevo en esta ciudad y la verdad… a veces, es necesario tener un amigo con quien charlar después de pasar el día trabajando ¿no piensas igual? – es verdad que no tengo amigos, pero ¿él? – Claro que no quiero forzarte a tolerarme. Si no te agrado, entonces no insistiré.
- Podemos intentarlo… es decir, siempre y cuando no hablemos de trabajo. No hay problema – accedo
- Genial, entonces oficialmente; somos amigos.
- Para estar segura… ¿Cuál era tu nombre? – él sonríe
- Asthon – me recuerda
- Claro, Asthon… es un nombre poco común – señalo
- Sì, lo sé. Mi madre lo eligió y al parecer, mi padre no pudo evitarlo.
- No digo que sea feo… solo, original – lo observo dar un sorbo a su té.
- Lo dice la chica que se llama “Mar” – esta vez, soy yo la que sonríe – Debe ser una abreviación de algo ¿No?
- De hecho, no… bueno, depende como lo veas – él frunce su ceño con confusión en su rostro – Verás… mi nombre completo es Marianne di Mar – él se ríe por lo bajo
- Es decir que no tienes escapatoria – asiento en afirmación – Es un hermoso nombre, perfecto para ti – lo observo sorprendida. Por alguna razón, siento que me arde el rostro; pero él actúa como si no fuera nada o… ¿Yo me estoy inventando cosas? Sì, seguramente es eso; él solo está siendo amable. Se siente bien, tener con quien pasar el rato.