Llegamos a una nave en un polígono industrial. Estaba arrepentida de no haber encendido mi teléfono, lo llevaba en el jersey, pero estaba apagado, si lo encendía Markus podría encontrarme, aunque no estaba segura si quería hacerlo. Me ataron de una cadena que colgaba del techo con las manos encima de mi cabeza, separaron mis pies con cadenas. No podía moverme. – ¡Por favor… yo no he hecho nada, siento lo de tu hijo, pero yo no soy culpable! –Lo sé, pero son daños colaterales. Yo no vi a mi hijo morir, no lo hubiera soportado, pero él te verá morir a ti y cuando su corazón dejé de latir, el último pensamiento que se llevará a la cloaca donde lo tiraremos es que no te pudo salvar y ese será su infierno hasta la eternidad. Yo iré al cementerio y delante de la tumba de mi príncipe br

