Bandeja en mano me dirijo al dormitorio del joven Blake Harris, muchos nervios e incertidumbre me acompañan, pues no sé cuál es su motivo para conversar conmigo y cuál es el interés en que eso suceda. Pienso en cómo me comportaré para no explotar en ira y contenerme si me hace sentir mal. Cualquier cosa puede pasar. Subo escalones uno a uno, con cuidado de no derramar el té o la bandeja, me siento como un indefenso animalito entre tiburones hambrientos, pero camino, directo al matadero si es necesario porque no tengo otra opción. Mi vida se resume al servicio por lo menos hasta que mi madre se sane. Llego a la puerta del dormitorio, toco y no responden, toco con más fuerza hasta que la puerta se abre. —¡Estoy ciego, no sordo! Toca otra vez así la puerta y no respondo con la misma

