Me despierto de un tirón cuando uno de mis brazos cae a mi costado de un solo golpe. Me enderezo en la silla y me encuentro con que ya no es de día, es de noche. Me he quedado dormida en algún momento sobre mi antebrazo apoyado en el escritorio. Mi mejilla, la que apoyaba en el brazo, debe estar roja ahora mismo puesto que siento el hormigueo de la presión a la que la sometí inconscientemente quien sabe por cuánto tiempo. Caí tan rendida que hasta soñé, soñé con Eliot y el día que me declaró su amor delante de todo el mundo. El día que me sentí la mujer más afortunada del mundo. Bostezo con pesadez mientras trato de recapitular mi sueño. Ese sueño. Ese día. Hay algo que no termino de recordar y no logro saber que es. Enciendo la pantalla de mi móvil, que está también sobre el escritorio

