Liam.
Corrí siguiendo nuestros pasos pero nada que lo hallaba, al final terminé justamente por dónde debí comenzar, me encontraba en uno de los tantos límites puestos en este pueblo, a través de esta pared de larga hierba se encontraba el mar, miré al suelo decidiendo si era correcto que yo hiciera esto, después de todo era lo que tanto había estado esperando que sucediera.
«Pero no es correcto que suceda así».
No me agrada para nada Apolo pero no veo justo que terminé de esta manera por culpa de los demás, miré al frente un poco más decidido y sin seguir sobre pensado atravesé el montón de hierbas.
Al cruzar al otro lado me encontré en esta selva deshabitada o eso pensé hasta que vi a lo lejos una enorme casa, quise ir a verla un poco más de cerca pero tiempo era lo que no tenía, así que me puse en marcha, crucé todo este matorral hasta llegar a la zona de playa, dónde ahora no solo tenía palitos y alguna que otra piedra si no también un bastó de arena, me acerque al precipicio dónde hay puesta una banca dónde se pudiese pasar el rato mirando el mar.
Desde ahí lo logré encontrar, Apolo estaba en sus últimos momentos decidido a aceptar con la cabeza bajá lo que el destino tuviese preparado para él.
Salí corriendo con velocidad esforzándome al máximo para evitarlo.
—Deténganse— Dije interponiéndome.
Los dos hombres enmascarados no respondían, ni siquiera parecía que me estuviesen escuchando, mire de reojo sus manos dónde cada uno de ellos estaba listo para acabar con el sufrimiento de Apolo.
Ellos se acercaron más a mi intentado apartarme.
—Les he ordenado que se retiren— Grité arriesgando mi vida por este idiota.
Los hombres guardaron sus armas y sin más se metieron en el agua, hundiéndose en ella.
Di un silencioso suspiró, relajando finalmente mis músculos.
Voltee para darle un vistazo al náufrago.
—¿Estás bien?— Pregunté sintiendo lástima por él.
Él ni siquiera levantó la mirada, seguía derramando sus lágrimas.
—No seas tan patético y ponte de pie, tenemos cosas que hacer— Dije cogiéndolo del brazo.
Él seguía oponiéndose, poniendo tanto peso en su cuerpo que me dificultaba levantarlo.
—No te comportes como un niño o yo mismo te daré razones para llorar— Repliqué cansado de su actitud.
Dio lo mismo, él seguía ahí convencido a morir por tristeza.
Me di la vuelta y froté mi cabello sintiendo una enorme frustración, por un momento quise ser yo quien estuviera en peligro de muerte, volví a voltearme y sin necesidad de seguir rogándole lo monté en mi espalda, cargándolo para llevármelo conmigo.
—Sera un divertido paseó de regreso— Murmuré con sarcasmo.
La depresión de Apolo lograba hacerlo más pesado.
«¿Qué se dice en un momento así?».
Al momento de cruzar la selva escuché como el viento chocaba con furia en las matas, provocando un fuerte sonido, de la nada lo vi, moviéndose enfrente para detenerme.
—¿Qué le haces?— Preguntó él.
—Pero si es el campesino— Contesté en broma— No es necesario su preocupación, solo lo llevo a casa.
—Se nota que él no quiere ir con usted— Replicó.
—Y a mi no me importa lo que usted diga— Respondí siguiendo mi caminó.
En ese momento el granjero me agarró del brazo exigiéndome que bajará a Apolo.
—¿No te basta con todo el daño que ha hecho?— Preguntó con furia.
Preferí no responder, no gastaría mi saliva en alguien como él.
—Apolo se quedará conmigo— Exclamó tratando de bajarlo de mi espalda.
Puse al deprimente Apolo en el suelo mientras yo me encargaba de nuestro problema.
—No entiendo por qué de repente todos se sienten con el derecho de hablarme tan groseramente.
Él campesino sin previo aviso enmarcó su puño en mi cachete, al sentir el golpe me lance a propósito a la grama, viniéndome en risa.
—¿Así es como te vengas?— Pregunté riéndome.
—Eres tan miserable— Respondió él listo para volver a atacar.
—Si quieres desquitarte conmigo, adelante, te daré el honor pero no creas que permitiré que Apolo se quede aquí— Contesté alzando la voz.
—Por favor basta— Suplicó el moribundo cachorro, Apolo se levantó y susurró al oído del campesino quien sabe qué pero lo que fuera fue suficiente para que nos dejara en paz.
—Nos vamos— Dije tomándolo de la muñeca.
Seguimos el resto del camino sin problema alguno hasta finalmente volver al pueblo.
«Bien, cada vez más cerca».
En el recorrido a casa nos volvimos a cruzar con el joven camarero que traía un lapicero en la mano que si le servía.
—Joven Evans ¿Puede firmar mi yeso?— Preguntó emocionado.
Lo mire con repulsión, tomé el lapicero y velozmente deje mi firma en el, logré detallar por un momento que el bastardo intento replicar mi firma.
«Que enfermo».
Continué caminando deseando que nada más nos detuviera.
—¿Tú le has hecho eso?— Preguntó en un tono bajo Apolo.
—No es necesario que preguntes lo obvio— Respondí con desigualdad.
—¿Por qué?— Preguntó con un interés que llamo mi intención.
—No lo entenderías— Contesté queriendo ponerle fin a su curiosidad.
—Explícamelo por favor— Pidió.
—Creo que tienes problemas más grandes como para preocuparte por los demás— Repliqué dejándolo sin habla.
Voltee por un momento para ver lo pensativo que ha quedado, no comprendía porque se daba tan mala vida.
—Pero luego de un suceso así siempre regreso y curó lo que sea que haya roto por culpa de mi temperamento— Dije sin entender porque me justificaba.
Lo siguiente fue un relajante silencio hasta finalmente llegar a casa, ahí adentro intenté soltar a Apolo pero este de inmediatamente me tomó con fuerza de la franela.
Él estaba temblando, sentía miedo sin motivo alguno o por lo menos yo no lo comprendía.
—No te sucederá nada, no es necesario que te aferres— Respondí intentando quitármelo de encima.
—Por favor no me dejes solo— Dijo volviéndose en llanto.
«¿Por qué me pasa esto?».
Lo tomé de la mano y lo guíe hasta la cocina, ahí lo ayude a sentarse para luego darle de beber un vaso de agua.
—Debes tranquilizarte, se que lo que acaba de pasar fue un suceso fuerte pero no es necesario que vivas con miedo— Dije intentando que volviera a la normalidad— Necesitas hablar con Emma.
—Tomare mis cosas y me iré— Comentó tomando de un trago todo el agua.
—No puedes irte— Repliqué de inmediato.
—¿Por qué no?— Preguntó extrañado.
—Porque no tienes a dónde más ir— Contesté confiado con que lo convencería.
—Me quedaré dónde Nicolás.
—¿Por qué no puedes quedarte aquí?— Pregunté.
—¿Por qué quieres eso?— Preguntó alzando la voz— ¿Desde cuándo te importo?.
Aparté la mirada pensando en cómo responder.
—Aun hay cosas que no puedes saber— Murmuré— Sin embargo necesito que estés aquí, por lo menos por un tiempo más.
—Y si…
—Ella no hará nada para lastimarte, conozco a Emma mejor que nadie, se muy bien que en este momento está dolida por tu engañó sin embargó en algún momento lo hablarán y todo se resolverá.
—¿Y si no es así?— Preguntó secándose las lágrimas.
«Maldición ¿Por qué debe joderme tanto?»
—Si no sucediera así y algo malo ocurre entonces yo estaré ahí y te protegeré— Contesté tragándome mi dignidad.
Apolo me miró sorprendido.
—¿Por qué?— Preguntó tartamudeando.
—No te emociones, aún no quiero que estés aquí, sin embargo lo que hago lo hago para que Emma no sufra— Respondí excusándome.
—Gracias Liam.
—Mejor ve a dormir, hoy ha terminado por ser un día difícil para todos— Respondí riendo incómodamente.
Apolo se levantó y antes de retirarse intento abrazarme pero para mí suerte logré detenerlo.
—No hagas cosas raras o yo mismo me encargaré de que vuelvas por dónde viniste— Dije comenzando a sentirme irritado.
Él asintió para luego subir a su alcoba.
Di un largo bostezo pensando en lo que me estaba metiendo, mire por la ventana que daba al patio, seguro de que en la casita que ahí se encontraba estaba Emma.
Salí para acercarme a la casa y recostar mi cabeza a la puerta.
«No llores tonta porque también me haces querer hacerlo».