11.

1846 Palabras
- Michael, tu hombro… cuidado - dijo alarmada mientras él la llevaba hasta el sofá. - Estoy bien, no te preocupes - y le brindó una mirada seductora. La depositó suavemente en el sofá y murmuró: - Quédate aquí tan solo un momento - Desapareció en el interior del apartamento y Tonya se soltó el cabello y apoyó la cabeza en el brazo. Cerró los ojos, todo su interior palpitaba. Sus senos aún conservaban la humedad de la boca de Michael. Él regresó sin hacer ruido y la contempló, tendida en su sofá, completamente desnuda, los ojos cerrados, los labios entreabiertos, su pecho agitado, la respiración entrecortada, las manos vagando perezosas por su vientre. Era una visión. Un sueño que había tenido durante diez años. La jovencita de dieciocho años había quedado atrás. Entonces era una mujer de cuerpo escultural, pero luego del embarazo, sus curvas solo habían aumentado, sus caderas se volvieron más anchas, muslos llenos, pantorrillas torneadas… Se deslizó entre sus piernas y comenzó a lamer su sexo. Ella no lo había sentido llegar y la sorpresa la llevó al borde del clímax. Michael se sujetó de sus caderas y fue más profundo, saboreándola por completo. Sus gemidos fueron aumentando y con ellos el ritmo de su lengua. La haría acabar con solo su boca. - ¡Michael! ¡Michael! - gritó casi sin aire y sus caderas comenzaron a sacudirse sin control. Él no se detuvo. - ¡Oh! ¡Cielos! ¡Oh! ¡Oh! - no era capaz de articular palabra. Su cuerpo estaba fuera de control. Había experimentado el orgasmo más intenso y aún no se reponía de la sensación el primero, cuando el segundo explotaba en su vientre. - ¡Michael! ¡Michael! - sus manos buscaban algo en qué sujetarse y se enterraron en el sofá mientras alzaba la cadera para que él fuera más profundo, si eso era posible. En cuanto él se separó para tomar aire, ella se incorporó, poseída por un furor inexplicable. La barbilla del hombre prácticamente brillaba con su lubricación y lo besó, disfrutando de su sabor en su boca. Le hizo sentarse y se sentó a horcajadas sobre sus muslos. - Cógeme. Ahora. Duro - dijo con voz entrecortada, mientras rodeaba su cuello. Él extendió la mano y en cuanto se colocó el condón, tomó su pene completamente erecto, palpitante y lo introdujo en ella sin preámbulo. De inmediato experimentó es corriente eléctrica que la recorría de pies a cabeza y comenzó a moverse rítmicamente. Su mirada fija en él. Sus ojos oscuros brillaban, la quijada fuertemente apretada. Una mano aferrada a sus nalgas y la otra en su seno. En el lugar solo se oían sus respiraciones agitadas. Ella aumentó la velocidad. Las paredes de su v****a se aferraban con fuerza a su m*****o, de una forma casi dolorosa, pero también placentera. ¡Dios! Cuánto había extrañado esa sensación. La sensación de plenitud, de que él la llenaba por completo, llevándola al clímax. Se movió con más fuerza y él bufó. - ¿Me extrañaste? - dijo ella mirando como su vientre se contraía con cada movimiento suyo, haciendo que sus abdominales se marcaran - ¿Extrañaste estar dentro de mí? ¿Extrañaste cogerme duro? ¿Hacer que me corriera una y otra vez? - - Cada maldito segundo de los últimos diez años - respondió él oprimiendo su seno con más fuerza. - Dime qué extrañaste… ¿mis senos en tu boca? ¿Mi boca en tu pene? ¿O tal vez cuando estás dentro de mí? - - Extrañé esto - pellizcó sus nalgas - y el ruido que hacen cuando te cojo por detrás… y cómo gritas mi nombre - la tomó por la garganta. La sujetó con fuerza, con un gesto posesivo - Como dices mi nombre cuando te corres… - Voy a correrme ahora… - dijo ella - ¿Te vas a correr? ¿Te vas a correr conmigo? - - Di mi nombre… Tonya… Di mi nombre - - Michael… - su nombre era un gemido - Michael… - su cuerpo se tensó por un momento. Él comenzó a sacudirse bajo ella. - Córrete, Tonya. Córrete para mí… Para mí… Solo para mí… - Ella dejo escapar un grito y ocultó el rostro en su hombro. Lo mordió mientras el orgasmo la llenaba. - Tonya… ¡Mierda! ¡Tonya! - sus movimientos se volvieron erráticos y dejó escapar ese gruñido que tan bien conocía. Aun cuando se detuvo, su v****a continuaba contrayéndose sobre él, incapaz de dejarlo ir. Michael apoyó la cabeza en el respaldar del sofá, tratando de recuperar el aliento. Su mano subió suavemente por su espalda, dibujando círculos en ella. Tonya cerró los ojos y aspiró su aroma. Sus cuerpos estaban impregnados de un leve sudor, el latido de sus corazones reverberando entre ellos. Sintió que los labios de Michael rozaban su cabello y se incorporó. - Debo irme - - ¿Qué? - él creyó haber escuchado mal. - Debo irme - repitió y trató de apartarse. - Aguarda, Tonya. ¿Qué sucede? - de pronto el rostro de la joven era inescrutable. - Debo ir por Alexis - murmuró ella - Es tarde - Él la miró un instante, pero finalmente asintió. Mientras él desechaba el condón, Tonya se vistió rápidamente y pidió un auto. - Te llevaré a casa - dijo Michael cuando regresó. - No es necesario - respondió tomando su chaqueta - Mi taxi está aquí - - ¿Qué? ¿De qué hablas? - estaba desconcertado. - No te molestes… - Pero, Tonya… Déjame llevarte - - No, no… No hace falta - - ¿Qué es lo que sucede? ¿Por qué te vas así? ¿Dije o hice algo que te molestó? - - Michael, no… - colocó un dedo sobre sus labios - Fue una noche maravillosa. Hace mucho tiempo que no disfrutaba de una cena así. Fue increíble - Él peinó su cabello con sus dedos. Aunque su tono era sincero, no podía evitar pensar que algo estaba mal. - Debo irme - murmuró Tonya y él no la detuvo. - Escríbeme en cuanto llegues a casa - - Lo haré - Besó su mejilla y salió rápidamente del apartamento. Michael se dejó caer en el sofá. ¡Maldita sea! ¿Qué había hecho? No debió dejarse llevar… Sin importar lo que ella dijera, no debió dejarse llevar. Lo había arruinado todo. Lo había arruinado todo. Ahora ella se alejaría. ¡Maldita sea! Era muy pronto… Y era evidente que ella aún no superaba la pérdida de Alexander… Pero no podía… no podía separarse de ella. Era cierto lo que había dicho. No había dejado de pensar en Tonya durante los últimos diez años. No podía dejar de pensar en las veces que le hizo el amor y en cuanto la deseaba a pesar de ser consciente que era una mujer casada. Bien, nadie podía culparlo. Durante diez años había luchado contra sus deseos, contra sus sentimientos, nadie podía pedirle actuar de forma racional una vez que pronunció su nombre y le pidió… No, le demandó, hacerla suya. -0- ¿Qué había hecho? ¿Qué había hecho? Durante todo el viaje sus manos se aferraron a su bolso y la mirada fija en el camino. Se tuvo que obligar a bloquear cualquier pensamiento porque estaba demasiado alterada y temía que el taxista lo notara. Entró al apartamento y sin molestarse en iluminar el lugar, se dejó caer en el sofá y ocultó en rostro en sus manos. ¿Por qué lo había hecho? La tensión s****l entre ella y Michael había ido aumentando en la misma medida que la vieja y cálida familiaridad había regresado. Verlo sin barba, sentir su aroma, el viejo aroma que ella tan bien conocía…. Él lo había hecho para ella, estaba segura. A su lado todo era natural y tan espontáneo. Simplemente no podía contenerse, no podía tener sus manos lejos de él y solo deseaba que la tocara, sentirse deseada, dejarse llevar por el placer, simplemente abandonarse en sus caricias y olvidarse de todo. Sentirse protegida y segura en sus brazos. Esos brazos que ahora eran más grueso y fuertes, su pecho más esculpido que diez años atrás. Michael se veía mejor que cualquier hombre de treinta años que ella recordara. El sexo con él siempre fue intenso, placentero y a la vez, siempre se sentía cuidada, él siempre se enfocaba en su confort y disfrute. Luego de tanto tiempo… No, no, no se iba a sentir culpable por ello. Había pasado ya un año… Un año sin su esposo, un año sin un abrazo, sin una caricia, sin alguien que la mirara con deseo, que la besara con devoción… Es solo que cuando todo pasó, cuando tuvieron ese breve momento íntimo, abrazados mientras él acariciaba su espalda, sintió la imperiosa necesidad de huir. Algo estaba mal. Algo estaba mal con ella. Se levantó y buscó un vaso de agua. No debió irse así. No debió dejar a Michael de esa manera. Él no lo merecía. Debió quedarse, dormir abrazada a él sin preocuparse de nada, sin tristeza ni soledad. Tomó su teléfono y escribió un mensaje, pero lo borró rápidamente y marcó su número. - ¿Hola? - había algo de ansiedad en su voz y Tonya sintió una punzada en el corazón. - Hola. Solo quería avisarte que ya estoy en casa - dijo con voz ahogada. - ¿Estás bien? - - Sí, sí, todo está bien. No había mucho tráfico en realidad - - No me refiero a eso - - Michael, lamento haberme ido así, pero… Alexis - oprimió los puños. Era horrible que usara a su hija de excusa. - Lo entiendo. Eso lo entiendo - dijo él lentamente - Solo quería asegurarme que no hice algo que te incomodara - - Te dije que no era nada de eso - suavizó el tono - Lamento haberme ido así. Fue descortés de mi parte - - Si pasa algo, por favor dímelo - insistió él. - Todo está bien. Te lo aseguro. Buenas noches - - Buenas noches, preciosa - Se dirigió a su dormitorio y se desnudó lentamente. Estaba sola en casa, así que no se molestó en buscar un pijama. Apoyó la cabeza en la almohada y acarició el espacio vacío a su lado. Pero no pensaba en Alexander. Era Michael quien asomaba en su mente. Pensó en sus manos, aferradas a sus nalgas, su boca en sus senos, como si fuera un niño lactante. “¿Me extrañaste?” había preguntado, casi con desesperación, asaltada por una urgencia que la quemaba por dentro. Como si no fuera suficiente que él la hubiera brindado dos explosivos orgasmos con su boca, comiéndola como si no hubiese probado bocado en mucho tiempo, como si no fuera suficiente su pene duro y palpitante dentro de ella. “Cada maldito segundo de los últimos diez años” había respondido él y solo recordar el tono de su voz, la hizo mojarse otra vez.
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