8.

1403 Palabras
Luego del fin de semana más largo de su vida, dedicó todo el lunes en diligencias y los preparativos para el ingreso a su nuevo trabajo. El martes solo trabajaría hasta medio día, así que tenía la tarde libre. El equipo del hotel fue muy agradable y las instalaciones de primera. Había sido muy afortunada al obtener ese puesto. Tenía dos años de trabajar en una clínica privada cuando sobrevino la muerte de Alexander. Le dieron apenas unos días de licencia, pero no podía pensar en volver a su trabajo y dejar a Alexis en la guardería cuando acababa de perder a su padre. Tal vez la niña era muy pequeña para entender lo que sucedía, tal vez solo era un pretexto para no admitir que era ella quien no soportaba la idea de estar lejos de su hija. Por semanas, lo único que deseaba era encerrarse en la casa, esconderse bajo las cobijas con su hija a su lado. Finalmente logró que le dieran una licencia de dos meses, pero sabía que su regreso no sería agradable. A pesar de que había mantenido una buena relación con sus superiores y era una profesional dedicada, ellos no parecían considerar que la muerte de su esposo justificara ausentarse de su trabajo por tanto tiempo. Sin embargo, no podía prescindir de ese empleo. Tramitar el seguro y la pensión de Alexander era engorroso y las cuentas no podían acumularse. No le tomó mucho tiempo darse cuenta de que no era eso lo que quería: un trabajo de tiempo completo, sin oportunidad de compartir con su hija. Así que, con discreción, comenzó a buscar nuevas opciones. Era difícil. Menos horas de trabajo implicaba menos salario. Tendría que encontrar la forma de hacerlo funcionar, con tal de brindarle a Alexis lo que necesitaba. Dos meses atrás, finalmente una compañera de la universidad le habló del hotel. Era una oferta demasiado buena para ser real, pero se postuló y obtuvo el puesto. Ahora, de regreso a casa, se sintió un poco más ligera y descubrió con sorpresa, que sonreía. Era extraño, ¿no? De pronto era consciente de como en los últimos meses solo sonreía cuando estaba con Alexis. Daban las cuatro y estaba desnuda frente a su guardarropa. Solo debía ponerse un pantalón de mezclilla y una camiseta, pero seguía inmóvil, mirando sus prendas, no muy segura de qué vestir. Bueno, no es que necesitara arreglarse demasiado, ¿o sí? No. No. No pienses tonterías, Tonya se dijo. Tomó un jogger azul, un top blanco y un hoddie. Zapatillas deportivas y el cabello recogido en una cola alta y eso era todo. Cuando llegó al edificio el oficial la reconoció de inmediato y le permitió pasar. Él no demoró en abrir la puerta y la miró con algo de sorpresa. - Hola - dijo - ¿Viniste sola? - - Sí… Preferí que Alexis se quedara en la guardería durante la tarde. No quería molestarte - - Ella no me molesta - Había entrado a la sala y esbozó una débil sonrisa. - Eres muy amable, pero en realidad es mejor así, para poder concentrarme en la sesión - - Entiendo - tomó su maletín - ¿Qué tienes planeado para hoy? - - Me temo que la sesión de hoy será un poco más dura - respondió con una sonrisa divertida - Así que no te agradará - - Por alguna razón, creo que tú sí lo disfrutarás mucho - dijo Michael con tono grave, mirándola fijamente. - Es solo por tu bien, te lo aseguro - murmuró ella sin apartar la mirada. Se encargó de conversar, para distraerlo del dolor. No entendía cómo Michael había soportado esa lesión sin quejarse. Era evidente que él era capaz de ocultar muy bien sus sentimientos. No debía extrañarle. Aunque él era muy dulce y considerado, también era muy estoico. Tal vez era una conducta aprendida de su trabajo. Se preguntó cuántas cosas había ocultado a lo largo de los años. - ¿Sabes que podrías intentar? La natación. Es un excelente ejercicio y te ayudaría mucho - - Me temo que nunca aprendí a nadar - - ¿En serio? - - ¿Te sorprende? - - La verdad, sí. Pero podrías intentarlo… - ¿A mi edad? - respondió él con una sonrisa burlona. - ¿Qué se supone que significa eso? - - Nada. Solo bromeaba - respondió rápidamente. - Pues no quiero más bromas sobre la edad, ¿entendido? - Se hizo un breve silencio y Tonya miró el reloj sobre la cocina. Habían pasado casi cuarenta minutos. En realidad, no había sentido el tiempo pasar. Comenzó a palpar sus hombros y frunció el ceño. - ¿Por qué siempre estás tan tenso? - Él no respondió. - ¿Está todo bien? ¿Algún problema en el trabajo? - - No, no… Es decir, obviamente tratamos temas muy delicados en la firma… - Entiendo si no puedes decírmelo - - No es nada, en serio - dijo él suavemente. - Está bien, no insistiré - le sonrió - Solo déjame hacer algo - se apartó un momento y buscó en su maletín - Cierra los ojos - dijo incorporándose. Él le dio una mirada y ella le respondió con un gesto gracioso. - ¡Anda! ¿No confías en mí? - Michael también sonrió y cerró los ojos. Escuchó sus pasos apagados acercarse y luego de un instante, un olor a menta lo rodeó. Sintió las manos de Tonya en su cuello, tibias y oleosas. - Respira hondo y no pienses en el trabajo, ni en nada más - sentía su aliento en su oído, su voz suave y dulce y toda su piel se erizó ante su cercanía. Decidió concentrarse en la sensación de sus manos sobre su piel provocando oleadas de calidez, despertando cada milímetro de su piel, cada célula. Solo deseaba que ella no se detuviera. Poco a poco sus músculos se fueron relajando, su cuerpo se rendía ante su tacto. Luego de trabajar cada músculo de su espalda, percibió el roce de sus senos sobre él, mientras sus manos se deslizaban sobre su pecho, su mejilla rozaba su quijada su respiración algo agitada. De pronto el roce se sentía íntimo y excitante. Ella se separó y quiso protestar. ¿Acaso lo había percibido? Aun así, no se atrevió a abrir los ojos. La escuchó moverse y de nuevo sus manos se posaron sobre él. Se había colocado de frente. Permanecía expectante, pero nada sucedía. Se movió inquieto en el taburete y entonces el olor a menta se percibió más fuerte. Una palma acarició su mejilla e instintivamente ladeó la cabeza, haciendo presión en ella. La otra mano comenzó a acariciar su cabello y recorrió la línea de su rostro, jugando con su barba. Luego bajó por su cuello y se deslizó por su hombro. - Michael… - le oyó murmurar. Abrió los ojos lentamente. Tonya estaba frente a él, la mirada fija en el piso. Al sentirse observada, alzó la mirada. ¡Cielos! Esos ojos ámbar… Parecían haber recobrado un poco de luz, algo del brillo que siempre le fascinó y que había perdido. Sus labios se entreabrieron, como si deseara decir algo, pero se contuvo. - ¿Qué pasa, preciosa? - susurró. Su voz grave y llena de emoción contenida. - No puedo decírtelo - dijo con voz nerviosa. - ¿Por qué no? - - Son tonterías - - No lo creo - - Te extrañé… - murmuró y su labio temblaba levemente, sus ojos se humedecieron - Quisiera que pudieras entender… Yo no creo que… pero…- no pudo continuar. - Tonya, no te pongas así - se incorporó rápidamente y la rodeó con sus brazos. La estrechó con fuerza. Si ella supiera… Si tan solo ella supiera cuanto la había extrañado, como esos diez años habían sido una completa tortura, sabiendo que ella había seguido adelante con su vida y él no podía ser parte de ella. - Siempre me sentí protegida y segura a tu lado… Tu presencia siempre me hizo tanto bien… - murmuró ella y alzó la cabeza para mirarlo. - Aquí estoy, Tonya… y no volveré a alejarme… Si tú así lo deseas, si tú lo aceptas… estaré aquí para ti, para lo que necesites - Ella acarició su rostro. Su barba le causaba cosquillas y se preguntó cómo se sentiría besarlo ahora.
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