El partido ya había empezado cuando Tonya llegó. Alexis iba de su mano y echó a correr en cuanto vio a Lidia y Maya en la gradería.
Se sentó al lado de las mujeres, mientras estas recibían a la niña con gran alegría y se limitó a observar a los chicos jugar. Apenas si prestaba atención a lo que ellas conversaban.
El otro equipo era mucho más joven y les estaban dando algo de guerra. Su mirada era atraída inevitablemente a Michael. Era el más alto de todos y se movía con la misma agilidad de cuando lo conoció, pero no podía decir lo mismo del resto del equipo, aunque su padre se conservaba bastante bien para su edad.
Al final, lograron un honroso empate que celebraron con grandes exclamaciones.
En cuanto acabó el partido, la niña corrió a la cancha.
- ¿Alexis? - Tonya apenas alcanzó a verla alejarse rápidamente, su cabello sacudiéndose en la espalda y pensó que iría en busca de Eduardo, pero para su sorpresa, se dirigió directamente hacia Michael, que cargaba el balón.
- ¿Puedo jugar? - preguntó señalando el balón.
- Hola, Alexis. Claro que sí - respondió él con una sonrisa.
Puso el balón a sus pies y se apartó un poco.
- Pásamela -
Con todas sus fuerzas, la niña pateó el balón y él logró interceptarlo y lo envió de vuelta.
- Voy a meter un gol - dijo la niña y señaló el marco.
- ¡Hey, abuelo! - llamó Michael en voz alta a Eduardo que recogía sus cosas - ¿Aceptas un reto? -
Eduardo vio a Alexis que corría tras el balón y sonrió.
- ¡Muéstrale tu mejor tiro, Alexis! - dijo Michael y ella asintió. Midió con la mirada a su abuelo y pateó el balón.
Eduardo pretendió lanzarse para detenerlo, pero lo dejó pasar.
- ¡Muy bien! ¡Bien hecho, Alexis! -
En la gradería, Tonya sonreía con algo de tristeza. Maya y Lidia habían interrumpido su charla y también observaban la escena. Con cautela, Maya lanzó una rápida mirada a Tonya, tratando de medir su reacción.
- ¡Metí un gol! - exclamó la niña emocionada. Corrió hacia Michael y lo abrazó.
El rostro de Maya se contrajo al verlo inclinarse para rodear cálidamente a la niña, que le ofrecía su mejor sonrisa.
- Lo hiciste muy bien - decía el hombre cuando Eduardo se acercó.
- ¡Tito! ¡Metí un gol! - se volteó a su abuelo y saltó llena de alegría.
- Eres una campeona -
La pequeña sonrió llena de orgullo.
- Ve con mamá - dijo Eduardo - Nosotros tenemos que cambiarnos. Llévate el balón -
- Sí, tito - dijo la niña y volvió a la gradería.
- ¡Mamá! ¡Metí un gol! - exclamó en cuanto llegó al lado de Tonya.
- ¡Te vi! ¡Fue increíble! - la mujer la abrazó.
- ¿Puedo jugar con el señor de las galletas? -
- ¿El señor de las galletas? - Tonya le miró sorprendida.
- El señor grande -
- ¡Oh! Su nombre es Michael - Tonya acomodó el cuello de su blusa - Tal vez puedas jugar con tito Eduardo -
- ¿Con él no? - Alexis frunció el ceño.
Tonya trató de pensar en una respuesta, pero nada acudía a su mente.
- Puedes jugar con tío Franco - Lidia se había acercado a ellas y le brindó una sonrisa.
Alexis no respondió. Se apartó de su madre y comenzó a jugar con el balón.
Tonya volvió a sentarse, sin mirar a Lidia.
Al poco rato, los chicos salieron de los camerinos. En cuanto los vio, Alexis fue hasta ellos y se tomó de la mano de Michael.
- ¿Podemos jugar más? - preguntó alzando la mirada.
- Ya es tarde, pero otro día podemos jugar - respondió él con una sonrisa.
- Parece que Michael ya tiene una nueva admiradora - comentó Lidia riendo - Algo tiene que atrae a las Ferreira inevitablemente -
- No digas eso - respondió Maya muy seria.
Tonya pretendió no haber escuchado y tomó sus cosas.
- Vamos, Alexis - le hizo un gesto a su hija - Debemos ir a casa -
- ¿A casa? - intervino Franco - No, vamos a comer algo -
- No puedes llevar a la niña al bar de Tony - bromeó Jose.
- Claro que no - hizo una mueca - Pero podemos ir a un lugar familiar -
- No, está bien - Tonya tomó a la niña de la mano y le ayudó a ponerse su chaqueta - Mañana es día de escuela y tenemos que levantarnos muy temprano. Será en otra ocasión -
Su padre y Maya se acercaron para despedirse de la niña y mientras intercambiaban unas palabras, miró de reojo hacia donde se encntraba Michael. Él estaba de espaldas, conversando con otros chicos del grupo.
No había podido hablar con él y casi podía asegurar que no le había lanzado una sola mirada. De no ser por su encuentro con Alexis, quizás ni se habría percatado de su presencia.
Y aunque no habría nada de extraño en que se acercara a saludar y conversara con él, cuando estaban rodeados por el grupo, Michael siempre era excesivamente cauteloso, asegurándose que su interacción no llamara la atención.
Era evidente que él no olvidaba la reacción de su padre cuando Flora le puso al tanto de su relación con Michael y quería evitar a toda costa revivir ese momento o siquiera levantar sospechas.
Era mejor así, se dijo.
Hizo un gesto de despedida a todos y dejó la cancha.
Terminaba de colocar a su hija en la silla, cuando su teléfono sonó.
“¿Está todo bien?”
“Sí, por supuesto” respondió mientras rodeaba el auto.
“Saliste con mucha prisa”
“Lo siento. Es un día entre semana y Alexis está acostumbrada a irse a la cama temprano”
“Entiendo. Solo me habría gustado conversar contigo al menos un momento”
Ocupó su sitio tras el volante y luego de pensarlo un momento, escribió: “¿Quieres venir a mi apartamento? Puedo pasar a comprar algo de comer y compartir un rato juntos”
“Ve a casa, yo llevo la comida” respondió él de inmediato.
“De acuerdo” sonrió “Te veo pronto”
- Mamá -
- ¿Sí? - Tonya encendió el auto y miró por el retrovisor.
- ¿Estás feliz? - la niña la miraba con curiosidad.
- ¿Por qué lo dices? -
- Estás sonriendo -
- ¡Oh! - no se había percatado de ello - Pues sí, estoy feliz. Disfruté mucho de ver a tito Eduardo y al tío Franco jugar. ¿Tú te divertiste? -
Alexis asintió.
- Metí un gol -
- Sí, así fue -
- ¿Me compras un balón? -
- Claro, amor. Te compraré un balón para tu cumpleaños -
- ¿Falta mucho para mi cumpleaños? -
- Unos meses, nada más -
- Esos son muchos días, ¿verdad, mamá? - replicó la niña - ¿Tengo que esperar? -
- Sí, amor, tienes que esperar -
Alexis frunció los labios, pero no replicó.
En cuanto llegaron a casa, preparó a la niña para ir a la cama. Aunque luchaba por mantener los ojos abiertos y seguían hablando de partido.
- Duérmete, ¿sí? Mañana debes ir muy temprano a la escuela - la arropó y le dio un beso en la frente.
Apagó la luz y dejó solo la pequeña lámpara que servía de compañía a la pequeña, que todavía temía a la oscuridad.
No tardó en percibir como su respiración se volvía más profunda.
Sonrió. Ver a su hija dormir era una de las pocas cosas en su vida actual que le daba paz. Dejó la habitación con sigilo y se dirigió a la cocina para ocuparse en tanto Michael llegaba.