Las crónicas de Spaywer Hills parte 3

2650 Palabras
“Toda leyenda tiene un origen, sin embargo, no siempre se transmite de manera oral y escrita como realmente sucedieron los hechos. Tal vez el ser era bueno, pero la exageración de ciertas personas fueron más allá al momento de contar, cambiando el rumbo por completo, o tal vez fue malo, pero aquí si hay una gran diferencia, pues el mal y el bien, están más cerca de lo que creemos, solo que a veces lo ignoramos”. SPAYWER HILLS LA NUEVA LEYENDA DE LA LLORONA PARTE 1 Nunca se apareció por el barrio, todos incluyendo su familia, no volvieron a saber después de varios días, sobre su paradero. Y aunque la policía hizo de su trabajo una multiplicación, nunca hallaron nada. Sin embargo, nadie estaba preparado para su regreso al lugar donde le arrebataron a sus dos hijos. Ahora sabrían de su paradero y lo que sucedió con ella, pues un hombre vagabundo de la calle la vio morir, y transmitió su muerte de manera oral, a muchos de su mismo oficio, hasta llegar a las malas lenguas. Digna, en busca de sus hijos en lugares que jamás había pisado, gritaba el nombre de sus dos frutos. El llanto de su dolor espantaba a los niños de cada lugar que pisaba, hasta tal punto en el que el padre de esos pequeños, le tiraban piedras llamándola bruja, pero que esos niños adornaron más el nombre, apodándola “LA LLORONA”. A unos contagiaba con su llanto, a otros aterraba con su grito de llamado pidiendo ayuda por sus hijos. Digna ya estaba tan irreconocible, que hasta no podían darse cuenta de su bella foto que pasaban por las noticias. Con el cabello desordenado repleto de basura apestosa, su rostro con pequeñas cortadas y su vestido rasgado y maloliente, Digna, andaba como un nómada, hasta que un día expiró al lado de un vagabundo que dormía como un bebé sobre cartones , al que asustó de inmediato pero que también le dio la oportunidad de escuchar sus últimas palabras. —Mis hijos, ¿Dónde estás mis hijos? Manuel, devuélveme a mis hijos, ¡Mis hijos! —¿Quién es usted? —le preguntó el vagabundo aterrado de pie consus cartones en mano —Digna —respondió botando su última lágrima y murió El hombre abrió grandemente sus ojos atemorizado de lo que había presenciado y huyó lo más rápido y lejos posible de allí, sin ni siquiera pedir ayuda a alguien para que llamara a la policía. Al día siguiente, fuera de una tienda, el vago se encontraba durmiendo, pero no así pudo borrar de su memoria lo que había vivido. Hasta en sus pesadillas veía a Digna, llorar la ausencia de sus hijos, pidiendo justicia por ello y deseándole el mal a un hombre llamado Manuel, obviamente el hombre no sabía que se estaba refiriendo a su esposo, el hombre que le quitó a sus hijos y mató a su hermana Regina, y también hiriendo al esposo de su hermana: Luis. Todo cambió para mal. Digna nunca pensó que sus actos la harían ser lo que ya no era: una mujer felizmente casada, madre de dos hijos y alegre de las bendiciones que le daba Dios. Ahora solo debía aceptar lo que estaba por venir, pues su regreso no sería para verle la cara a los hombres, sino para asustarlos y vengarse de los que engañaban y maltrataban a las mujeres. Cuando el vago despertó de su pesadilla en la oscuridad, gritando exactamente lo que le dio Digna antes de morir: “Mis hijos, ¿Dónde estás mis hijos? Manuel, devuélveme a mis hijos, ¡Mis hijos!”, sintió como si por un momento fuese ella, clamando esa ayuda que nunca recibió de aquellos que la vieron en las calles llamándole loca. Su grito hizo que el tendero al abrir, llamarlo loco y decirle la llorona. —¿Qué te pasa eh viejo? —le preguntó riéndose de su miedo, sin ni siquiera sentir compasión por las condiciones en las que se encontraba —Vi una mujer morir —respondió él miedoso —¿Qué? —dijo el tendero y entró de inmediato a su tienda, tomando el teléfono y marcando a la policía El pobre vago quedó más que traumado, y es que, al cabo de veinte minutos al llegar la policía, le pidieron los llevara al lugar donde vio a Digna morir. Los policías le preguntaban cómo la encontró y en dónde estaba él. Inocentemente les comentó que, dormía en sus cartones que aún llevaba en ssus sucias manos, pero que de la nada una mujer llegó gravemente mal, muriendo a su lado diciendo unas tristes palabras. —¿Cómo la vio? —le preguntó un policía —Asustada, miedosa, triste —respondió el hombre —Señor, hemos estado buscando una mujer que fue en busca de sus hijos y se encuentra desaparecida —¿Por qué busca a sus hijos? —Su esposo se los arrebató en una pelea. Dígame algo, ¿Esa mujer le dijo su nombre? —Me dijo que buscaba a sus hijos, que Manuel debía devolverle a sus hijos —Manuel es el hombre que le quitó a sus hijos —le dijo un policía sorprendido y sacó una fotografía de Digna para enseñársela al vago Cuando el vago vio la fotografía dudó un poco si era la misma mujer, pues era normal que no la reconociera, cuando la vio morir su rostro estaba con grandes heridas y sucia. Pero entonces cerró sus ojos y recordó su rostro, imaginando que con un borrador escolar limpiaba la suciedad en sus mejillas, hasta que vio que eran la misma persona. —¡Es ella! —gritó—. Ella es la mujer. Casi no se puede reconocer, pues estaba toda sucia Los policías colocaron sus motos a toda velocidad, haciendo que el pobre hombre se asustara por tan gran velocidad. Los guío completamente hasta el lugar donde pasaba sus noches. Pero al llegar no se encontraron con nada más que con una pequeña bola de cabello. El cuerpo de Digna había desaparecido de la noche a la mañana. —No lo…no lo entiendo —dijo el vago sorprendido —¿Está usted seguro que su cuerpo estaba aquí? —¡Sí! Yo la vi morir —¿Y cómo puede asegurar que murió realmente? Mire, no está su cuerpo —Ella murió —les aseguraba con gran palabra Sin más, decidieron llevarse en una bolsa la bola de cabello que estaba exactamente en el lugar donde murió Digna, para ver con una muestra de ADN y comprobar si era de ella. Se despidieron entonces del vago y se fueron en sus motos, para dar a los padres de Digna, noticias de lo que habían descubierto. En aquel barrio, todo corría rápidamente, y la muerte de Regina andaba de boca en boca. La salud de Luis no sé quedaba atrás, y es que, de él solo debían que estaba jodido por haberse dejado golpear de Manuel, de quien no sabían nada aún y ni siquiera de sus hijos. Juan, el hijo de Regina, aunque parecía haber superado la muerte de su madre, lo real es que disimulaba no extrañarla, por temor a los demás niños del barrio, quienes se reían de él llamándolo muerto, asegurándole que la muerte de su padre también se acercaba. Sus abuelos, el señor Manuel y la señora Victoria, no hicieron otra cosa más que rezar en las noches por su hija y velar por el bienestar de su nieto. Cuando la policía llegó al barrio para informar sobre el paradero e información sobre su hija Digna, después de muchísimos días sin saber absolutamente nada, la multitud corría hasta la casa de sus padres, para saber sobre las buenas noticias, sin saber que eran realmente malas. —Muy buenos días señor Jacinto y señora María —Por favor, díganme qué tienen buenas noticias sobre mi hija —le dijo María esperando de sus bocas decir que la habían encontrado —Señora María, lamentamos informarle que no tenemos buenas noticias —¿Qué? ¡No! Prometieron encontrarla, ¡Prometieron encontrarla! —les gritó echándose a llorar —Mis hombres hicieron hasta lo imposible para poder encontrarla —¿Cómo? ¿La encontraron? —preguntó Jacinto —Algo así —respondió uno de los siete policías —¿Algo así? ¿A qué se refiere? —preguntó Jacinto confuso —Le cuento: un hombre de esos que duermen en la calle, afirma que mientras dormía una mujer cayó a su lado, llorando y pidiendo por sus hijos, diciendo que Manuel debía regresarle a sus hijos… —¡Es ella! ¡Es nuestra hija! ¡Es nuestra Digna! —gfitó María con emoción—. ¿Y dónde está? ¿Por qué no la han traído con ustedes? ¿Dónde esta mi hijo? ¿Dónde está nuestra Digna? ¿Dónde? —El vago nos afirma que al decir esas palabras murió —No, no, no, no, no, ¡Noooo! ¡Oh por Dios! ¡Oh por Dios! ¡Digna! ¡Mi hija! ¡Mi hija! —empezó a gritar María a grandes fuerzas —¿Cómo pueden ser así? ¿Por qué juegan con nosotros de esa manera? —les preguntó Jacinto abrazando y tratando de calmar a su pobre esposa —Señor, solo le estamos informando lo que hemos encontrado hasta ahora. Hoy en la mañana recibimos una llamada desde un lejano barrio, un tendero que nos decía que un vago afirmaba haber visto a su hija morir. Él nos llevó hasta ese lugar donde decía dormir y donde decía había visto morir a Digna —¿Y qué sucedió? ¿Qué encontraron? —preguntó María —No estaba su cuerpo, pero sí una bola de cabello. La hemos llevado para una muestra de ADN, si sale es su hija, alguien se llevó su cuerpo o realmente no estaba muerta y se fue, dejándonos como evidencia ese trozo de cabello —Dios mío, debe estar viva, nuestra hija debe estar viva, Dios mío ayúdala, protegela señor, no la abandones, no me abandones a mí Dios mío —rogaba con fe María mirando el cielo —Sin más, nos retiramos, estaremos al pendiente de los resultados. Que tengan bonito día —dijo uno de ellos. Se montaron en sus motos y se retiraron Las personas le daban buenas vibras a María, otros solo afirmaban que ya estaba muerta. Los hijos malcriados de las malas lenguas, aprovecharon que el pobre Juan se encontraba solo en la casa de sus abuelos, por lo que entraron sin permiso, y empezaron a decir con la voz bastante aguda, que su madre estaba muerta, pero fue ahí donde el terror empezó. Juan se encontraba en el cuarto que era de su tía Digna de niña, mirando una vieja fotografía en la que estaba su madre, su tia Digna y su tío Jacinto, quien antes de que sucediera toda esta tragedia, se había ido de viaje para buscar trabajo y ver tan siquiera a sus hijos, quienes estaban con su madre en un pueblo. De la nada, escuchó las voces de siete niños, se espantó y se levantó de la cama, pero fue lo que estaba detrás de él sin verlo, lo que los asustó. —Hola huérfano —dijeron todos al mismo tiempo Al entrar al cuarto y ver a Digna casi como un demonio, pegaron un grito que asustó no solo a sus padres, sino al mismo Juan que salió junto con ellos de su cuarto. La multitud corrió preocupada e intrigada para ver qué sucedía. Los abuelos de Juan tras escuchar decir de la boca de los niños que Digna estuvo con mi en el cuarto, corrieron hacia el cuarto, pero no había nada. —Juan, ¿Qué es lo que ha pasado? —le preguntó su abuelo Jacinto —Eh…no lo sé abuelo, solo estaba en mi cuarto viendo una foto, ellos entraron llamándome huérfano a mi cuarto y de la nada gritaron —¿Y por qué has salido corriendo tú también? —le preguntó el padre del primero que siempre lo molestaba —Porqué ha gritado y me ha asustado, él siempre me anda molestando llamándome huérfano —¿Qué fue lo que viste niño? —le preguntó María al niño asustado —A su hija —¿Qué? ¿A Digna? —Sí, a Digna. Era ella, estaba como muerta, su cara toda rasgada, daba miedo —aseguraba el pequeño —¿Tú viste algo Juan? —le preguntó Jacinto —No abuelo, yo no vi nada, yo solo veía una foto —Estaba detrás de ti Juan, ella estaba detrás de ti, ¿O no chicos? —Sí, sí, sí —afirmaban los demás que habían visto a Digna Nadie entendía nada, pensaban que tal vez era una burla, pero también pensaron sin decirlo, que Juan andaba en cosas extrañas paranormales. A la final todos se retiraron, quedando solo Jaime con sus abuelos, tratando de entender qué es lo que había sucedido. Los tres entraron entonces a la casa, dirigiéndose al cuarto para ver o encontrar algo. Luego de cinco minutos allí dentro, Juan les dijo a sus abuelos que tenia miedo de dormir allí, por lo que les pidió dejarlo dormir con ellos en su cuarto. Ellos amablemente aceptaron, salió entonces con su abuelo Jacinto, pero María se quedó en el cuarto a esperar un milagro, el cual sucedió al soltar lágrimas, sin querer tumbó la foto que miraba Juan cuando entraron los niños a molestarlo, al agacharse, encontró una bola de pelo. Lo pudo reconocer, era del cabello de Digna. María se echó a llorar, mirando las paredes del cuarto, diciendo siempre la iba a amar, entendió en lo profundo de su corazón, que su hija tristemente, había muerto. Pero, ¿Y su otra hija Regina? Ya estaba dada por muerta y ya la habían enterrado anteriorment. La policía solo le faltaría ahora buscar al culpable, es decir, a Manuel, quien a lejanía de conocidos, se encontraba con sus dos hijos en una vieja casa, reposando en una hamaca y recordando a la primera persona que amó y a la primera persona que asesinó. Luis y Jesús estaban durmiendo, nunca volvieron a saber de su madre, y aunque, preguntaban por ella diariamente, su padre solo le queda mentir, dándole esperanzas de que algún dia volverían al barrio. Aún muerta como alma en Peña, Digna no faba con el paradero de sus hijos, en la oscuridad se ocultaba, solo quería encontrar a sus hijos y a Manuel, pero para asesinarlo. Digna, ahora era un tipo de alma, que andaría matando a los malos hombres pero también andaría buscando reemplazo para sus hijos. La dudosa leyenda de la llorona se volvería real, solo que ella no era la original, sino que le daba vida a leyenda. Llegaba la noche, y con ella, el terror de la oscuridad. Los perros se metían a ahogarse equivocados con sentir su presencia, pero también el deseo de la mujer, que lloraba sus frutos perdidos. —Miiissss hiiijooosss, ¿Dónde están miiiss hijos? Mis hijos Sus palabras eran aterradoras, que pudo la piel de gallina a muchos que la escucharon llorar. En la mañana, su nombre estuvo de boca en boca: —Sí, era ella, la llorona. Anoche la escuché. Sí z gritaba que quería sus hijos, que dónde estaban. Yo no escuché nada. Yo sí la escuché Todo era un misterio, no todos la habían escuchado, incluyendo el señor Jacinto y su esposa María, quien trató de locos a aquellos que creían en esa vieja y absurda leyenda. Lo real es que, los que no la escucharon fue porque escuchaban en la radio, la palabra de Dios. Las alabanzas que por ahí pasaban, era como un escudo para sus oídos, una limpieza profunda.
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