LAS CRÓNICAS DE SPAYWER HILLS: LA NUEVA LEYENDA DE LA LLORONA PARTE 2
—¿Estas escuchando lo que dicen María? —le preguntó Jacinto a su esposa que hacía e café—. Están medio locos todo hoy en el barrio —dijo riendo
—La locura a veces es buena para quien quiere olvidar lo que fue o lo que perdió —le dijo ella tranquilamente, echándole azúcar al café y empezando a hacer bolas con la masa, para luego apachurrar y hacer arepas
—¿De qué estás hablando, María? No te entiendo
—Jacinto, no hay nada que entender. No todos los días puedo estar feliz, hoy quiero estar normal, sentir paz por esos días sufridos. Ya perdí a dos hijas, solo espero Jacinto se encuentre bien
—De verás hoy amaneciste muy rara. ¿Estás segura que…?
—Toc toc —tocaron la puerta
—¿Quién? —preguntó Jacinto
—Somos la policía, por favor, abran
Maria miro a Jacinto y con una seña le pidió fuera a la puerta, y normalmente siguió con lo suyo en la cocina, como si ya supiera lo que estaban por decirles. Jacinto no la comprendía.
—Ya voy —dijo él y se acercó y abrió la puerta—. Buenos días —les dijo con todo ánimo
—Buenos días señor Jacinto…bueno días señora María —dijo uno de los tres policías que había llegado
—¿Qué noticia nos tiene?
—Señor Jacinto, ¿Podemos entrar? Creo que esto deben escucharlo los dos
—Por supuesto, pasen. Están en su casa
—Muchaa gracias
Se acomodaron entonces los tres policías en un mueble, el señor Jacinto se sentó en una vieja mesedora, mientras que su esposa solo continuaba pendiente del café y de que sus arepas no se quemaran, pues en media hora estaba por salir su nieto Juan a la escuela, aunque él realmente no quería ir.
—Maria, ¿Te puedes sentar, por favor? —le dijo su esposo diciendo en su mente que María estaba actuando con inmadurez y estaba siendo muy grosera
—Estoy haciendo el café —solo dijo ella
—Eh, señora María, es importante que escuche lo que le vamos a decir
—¿Para qué?
—¿Cómo que para qué? Es sobre su hija, hoy en la mañana nos entregaron los exámenes sobre la muestra de cabello que en encontramos
—Por su mente pasa un sinfín de palabras, rebuscando la manera en cómo decirme que mi hija está muerta —le dijo ella volteando las arepas
Los policías se quedaron sin palabras, sobre todo el que lideraba el equipo, ya que las palabras de María eran ciertas, no hayaba cómo decirle a la señora María que Digna estaba muerta.
—¿A qué se deben sus palabras? ¿Acaso sabe lo que le vamos a decir sobre ella? ¿Señora María?
—Digame lo que dicen esas pruebas y lo que suponen con ello
—Está bien…los resultados apuntan a que su hija sí esta muerta —le dijo el policía como si nada, al fin y al cabo, María lo había hecho enojar
—Le agradezco su amabilidad señor policía, solo espero que el c*****r de mi hija, no ande por ahí rondando como alma en pena, Dios los bendiga
Los policías se levantaron tras el trato de María, devolviendo las gracias y dándoles el pésame. El señor Jacinto lloró, y les agradeció a los policías por su tiempo. Pero se enojó cuando el policía le dijo que su esposa tal vez se estaba volviendo loca tras la muerte de su hija, pero el señor Manuel le corrigió diciendo, que si fiera así ya estaría loca, pues quién murió primero fue Regina.
—De todos modos esté al pendiente de ella, no vaya hacer ninguna locura
—Tranquilo que yo me encargo de mi esposa como siempre lo he hecho, gracias y que tengan un feliz día.
Los policías se marcharon y dieron por cerrado e caso de Digna, pero el caso de sus hijos seguía intacto. María contuvo las lágrimas, aunque su esposo no podía. Después de todo, María no fue sepultada y despedida por sus familiares y amigos mediante un simple pelo. Nunca se llevó a acabo un entierro. Pasaron los días y el terror cada vez estaba más cerca, en las noches más frías de luna llena, se podía escuchar el llanto de la mujer que clamaba venganza y justicia. Y esa noche, justo esa noche, tuvo su primera víctima, su primer ataque hacia un hombre, que con una mujer en un oscuro callejón, intentó sobrepasarse.
—Ya basta Nicolás, me tengo que ir a casa o mis padres me regañaran —le decía la joven chica al hombre que parecía ser más mayor que ella
—¿Entonces para qué me has traído? ¿Para qué me has provocado? ¿Para qué me has excitado eh? Maldita perra zorra. Me has traído hasta qui y ahora haremos lo que yo quiera, ¿Me escuchaste Elena?
—¡No! ¡No Nicolás! Me tengo que ir a mi casa, no te pongas pesado
—¿Yo pesado? Ja, la pesada aquí eres tú. Anda, quítate la ropa, vas a ser mía —le dijo él enojado y con fuerzas, empezó a besar su cuello y a la vez a quitarle la ropa, quee era un vestido
—¡No! ¡Sueltame! ¡Sueltame, Nicolás! —gritaba ella asustada
De la nada, el chico Nicolás sintió un escalofríos en su espalda, paró lo que había con Elena y volteó, viendo a una mujer tan bella como las estrellas. Se sintió tan atraído que se volvió loco de su hermosura, dejando ir a Elena. La joven salió corriendo lo más rápido que pudo, mientras que Nicolás caminó lentamente siguiendo la sombra de la mujer. Al verla con la luz de un poste, se enamoró de su bello rostro. La mujer le pedia que le tocara su cuerpo, él accedió. Empezó a besarla con pasión, tocando sus partes que la caracterizaban como una mujer, haciéndola gemir.
—Me gusta, me gusta, me gusta, me gusta, me gusta, me gusta —decía ella una y otra vez
—¿Te gusta? A mí también me gusta, ¿Cuál es tu nombre eh? Nunca te había visto en el barrio. Eres hermosa, estás hermosa mujer
—¿Cuál es mi nombre? Soy Digna
—¿Digna? —reaccionó él sorprendido, recordando de dónde había escuchado ese nombre, aunque nunca vio el rostro de Digna, escuchó de la boca de los demás sobre su desaparición y la afirmación de su muerte—. ¿Tú eres Digna? —le preguntó él
—Sí, la mismas, solo que ahora estoy más viva que nunca —le respondió ella, mostrando su verdadera identidad, dándole un mordisco en su cuello hasta hacerlo sangrar gravemente
—¡Aaaah! —gritó él y salió corriendo sin fuerzas por el barrio
Las calles estaban solas, solo bolsas de basura, eran las que se paseaban por el oscuro lugar. Nicolás sentía que su cuerpo se había paralizado en el momento en el que vio su espantoso rostro. Sentía calambres en sus piernas, y un zumbido en sus oídos, donde podía escuchar el llamado de la mujer:
—¡Ay mis hijos! ¡¿Dónde estan mis hijos?!
—¡No! ¡Basta! ¡Sal de mi cabeza! ¡Sal de mi cabeza, por favor! ¡Sal! ¡Por favor sal! ¡No! —gritaba y cerró sus ojos
Al abrirlos, sintió silencio, como si fuese el único en la tierra, no se escuchaba ni el sonido del viento. Sin embargo, aún seguía temblando del miedo y sangrando de su cuello. Pensó que tal vez todo fue tan solo una broma de parte de sus colegas, pero, ¿Y esa mordida? Realmente no era una broma. Se calmó un poco y respiró profundamente, mirando por varios lados de que no estuviese por allí la mujer, pero tras dar media vuelta, solo vio venir su muerte placentera.
—¡¡¡Mis hijos!!!! —le gritó Digna dándole un beso en la boca, arrancándole los labios de una mordida
El alma en pena miró el cuerpo del chico e imaginó que era Manuel, para darle un poco de ánimo el día que lo encontrara y matarlo con sus propias manos. Se elevó entonces no muy lejos en el airez y desapareció en el viento como correcaminos. Al día siguiente, el cuerpo masacrado fue hallado por una mujer queadaba por aquel callejón, donde resbaló la mujer por la sangre del joven allí derramada, haciéndola gritar del miedo. En unos minutos llegó la policía y la ambulancia, interrogaron a la mujer y también a Elena, pues amigos de Nicolás afirmaban que ella se había ido con él de la fiesta. Todo daba con ella, pues sus palabras sobre que el se quería sobrepasar con ella y huyó, fueron malinterpretadas como una historia de terror:
—¿No será que al intentar sobrepasarse contigo lo mataste y luego huíste lo más rápido que pudiste —le dijo el policía que seguía el caso de Digna anteriormente.
—¿Qué? ¡No! Yo jamás haría algo como esto, solo mire, ¿Cómo podría morderlo? ¿Cómo podría quitarle completamente sus labios? No fui yo
Aunque decía la verdad y pareciera decía la verdad, para la policía no fue suficiente, por lo que fue llevada a la cárcel a un pleno juicio, donde le dieron una sentencia de siete años de cárcel, con derecho de abogado y seguir en búsquedas de evidencia sobre la muerte del joven llamado Nicolás y si resultaba inocentemente en lo que descubrieran poco a poco, podía salir a libertad. Realmente Digna no estaba haciendo lo correcto, aunque castigaba a los malos, no se percataba de a quienes estaba perjudicando, como aquella chica que ahora estaba em prisión por un asesinato que ella no cometió. En el hospital de la manga, aún seguía Luis dando todo de sí mismo para recuperarse, visitar a su hijo y recuperar los momemyos perdidos. En aquel cuarto empezó a recordar el amor de su vida, sentia que por su culpa ya no estaba con él. Pues afirmaba que debió defenderla antes de empezar aquella pelea con Manuel. Luis estaba gravemente herido, pasó un mes desde que fue internado y aún no se recuperaba del todo, pues tenía sus costillas fracturadas y el cráneo un poco deformado, ya que en la pelea, Manuel lo golpeó allí para poder dejarlo inconsciente. Pero de algo sí estaba seguro, no solo quería recuperarse para estar con su hijo Juan, quien la pasaba horrible en la esvuela por culpa de sus compañeros, sino que u también quería hacer lo que la policía no había hecho hasta ahora, es decir, encontrar a Manuel y haber la justicia. Para él no sería llevarlo a la cárcel si lo encontrara, sino que lo mataría a golpes como hace semanas, solo que ahora él ganaría.
—Juro por nuestro hijo, Regina, que vengaré tu muerte. Y lo juro mi amor, Manuel pagará por lo que ye hizo, ese maldito pagará por haberte asesinado, pagará
Sus palabras las debía con firmeza, como si en realidad las llevaría acabo en el momento deseado, Manuel al igual que Luis, estaban con sed de venganza, esperando ver la cara del hombre que les arrebató una parte de su vida, para hacerlo conocer las puertas del infierno. Ahora solo debían esperar, esperar el tiempo que los llevaría hasta a él. Manuel no se sentía arrepentido por actos catastróficos, sin embargo, extrañaba a la que fue su esposa. No sabía que Digna estaba muerta. Aunque pasaron en su momento de desaparición las noticias por televisión nunca las vio, pues se mantenía alejado de radios, celulares y televisores. Luis continuaba viendo a aquella mujer en sus sueños, solo que ahora no tenía a quien decírselo, pues sentía que su padre no era de escucharlo, al igual que su pequeño hermano, quien lloraba todas las noches el cariño de su madre. Pobres niños sin saber la verdad, viviendo con un hombre que por desgracia era su padre, y es que, el cambio de Manuel no era des esperarse, siempre se le conoció como a un hombre trabajador que velaba por el bienestar de su familia, pero todo tieme un por qué y el de él, era su misma esposa, tras meterse con un hombre y descubrirla esa noche que le quemó toda su ropa. Lo real de todo aquel pasado, es que ellos pasaban por un momento de crisis económica muy grave, y solo acostarse con una mujer para obtener dinedo y darke de comer a su familia, fue lo que se le ocurrió a a Manuel y así fue. Solo que no tuvo la oportunidad de contarle todo a su esposa, no lo hizo por maldad o porque dejó de amarla, sino porque quería lo mejor para ellos. Lamentablemente la historia ahora sería distinta. Ahora debería ocultarse lo antes posible, antes de que viera el nuevo rostro de su esposa y el nuevo renacer de Luis.
“Todo se desborona en un abrir y cerrar de ojos, las coas no pasan por nada, todo tieme un por qué, y hay que ser comprensivo a la hora de escucharlo”.
SPAYWER HILS