Las crónicas de Spaywer Hills parte 1

3154 Palabras
“Todos los días mueren y nacen personas, no siempre hay días felices, y eso es lo que hace a muchas personas, no hallarle sentido a la vida. Durante muchos años, la ciencia y la religión han hecho aportes sobre la palabra reencarnación; sin embargo, no se ha comprobado seriamente, que volvemos a nacer o sí hay vida después de la muerte”. SPAYWER HILS La siguiente historia que estás por leer, es basada en hechos reales. DOS LUCES: El dolor en su vientre la hizo gritar más fuerte que nunca, Digna se encontraba totalmente sola en casa. En unos segundos de angustia, pensó apenada de que tal vez perdería a su bebé. Y justo cuando pensó que todo estaba perdido, el vecino de al lado acababa de llagar cansado de trabajar, sus pasos llegaron hasta sus odios, y fue así como gritó ayuda y el vecino fue hasta ella, rescatándola no solo a ella , sino también al bebé. En el hospital, la recibieron rápidamente llevándola a la habitación para el delicado parto, pero en otro lugar no muy lejano, una vieja mujer, también estaba a punto de sufrir un accidente, solo que ahora no había vecino alguno que corriera a su auxilio. La mujer llamada Débora, de cincuenta y ocho años de edad, madre de Manuel, esposo de Digna y por lo tanto, su suegra, era ya una mujer sin energías, apenas y caminaba muy lentamente, a pesar de cargar consigo, una amargura que le transmitió a su nieto aún no nacido, unas semanas antes del parto. Esa tarde silenciosa, la señora Débora se encontraba totalmente sola al igual que Digna hace unos minutos. La tarde no solo estaba silenciosa, sino calurosa, y aunque fue para ella de gran esfuerzo ponerse de pie para ir al baño y refrescarse en la ducha, no pudo sentir el agua. Tan solo entró y como cosas de la vida, resbaló y cayó al piso golpeándose fuertemente la cabeza, manchando al piso del baño, completamente de su sangre espesa. Digna continuaba empujando fuertemente, dando todo de ella para traer al mundo a su bebé. Pero había un problema, y es que el doctor se percató de que el pequeño, tenía en su cuello, enredado el cordón umbilical. Con calma tomó la noticia para no sentir miedo y estrés, pero realmente estaba delicado y grave el caso. Siete minutos y fuera de la casa, pasaban las personas sin saber nada de lo que había sucedido. Sin embargo, una vecina, quien era una bella joven, se le hizo extraño no ver por primera vez a la señora Débora en la terraza, pues tenía la manía de ver cada tarde, como se ocultaba el sol. —¿Dónde andará la señora Débora? —se preguntó Lastimosamente no prestó atención y entró a su casa, mientras que el cuerpo de la señora Débora continuaba allí, tirada como si estuviese medio muerta. Pero no todo parecía estar perdido, pues llegó Mingo, su tercer hijo y con quién vivía. Él era quien la ayudaba ir al baño, aunque ya estaba harto de mantener a su propia madre. No la quería grandemente. —¿Mamá? ¿Dónde está mamá? —se preguntó sin entender. Tiró la mochila cargada de herramientas de trabajo y un balde n***o repleto de brea Entró entonces a la casa y no la veía por ninguna parte, hasta que fue al baño y vio toda la desgracia en pañuelo sangriento. Gritaba mamá, la tomó entre sus brazos y salió de prisa por la calle, ahora sí había demasiada gente cerca de la casa, estos vieron el trágico caso y no podían creerlo. La noticia se propagó hasta la otra calle donde vivía Digna por la boca de su hermano Jacinto, quien se topó con Mingo. Al salir del barrio, uno de los tantos moto taxistas del parqueadero, fue hasta él, llevándolos al hospital, justo en el que estaba Digna a punto de dar a luz. Jacinto se quedó con la multitud preguntando detalladamente cómo ocurrió el accidente, al cabo de dos minutos regresó el moto taxista, diciendo que Mingo la encontró en el baño. Jacinto preguntó en qué hospital estaban y le respondieron que en el hospital de la Manga, el cual era el más cercano. Jacinto fue de inmediato a la otra calle, informando a todos sobre la señora Débora. Pero cuando fue a contárselo a sus padres y a su hermana Digna, se dio cuenta que no había nadie. La casa estaba sola. Pensó que habían entrado a robar, pues la puerta estaba abierta, pero tras ver el piso mojado del agua cuando Digna rompió fuente, supo que estaba en el hospital. —¡Oh demonios! ¡Digna! —gritó Al salir de la casa llegaron sus papás, quienes habían estado visitando un viejo familiar de la familia, dejando sola en casa, a su hija Digna, sin saber que ese cinco de Mayo del año dos mil tres nacería su nieto. —¿Qué ocurre Jacinto? ¿Por qué tienes esa cara? —le preguntó su madre, la señora María —¿Qué ocurre hijo? —le preguntó su padre también llamado Jacinto —Digna —¿Qué ocurre con Digna? —preguntó la señora María preocupada —Parece que…parece que se la han llevado al hospital —¡¿Qué?! ¿Cómo? ¿Quién? —No lo sé, no está en la casa, pero el piso tiene agua, creo que es porque rompió fuente —¡Dios santo! ¿Dónde estará? Los tres estaban realmente preocupados, en ese instante timbró un celular. El señor Jacinto entró y fue corriendo hasta él, recordando que lo había dejado, que había olvidado tomarlo antes de marchar con su esposa. Al contestar, le habló un doctor, diciendo que lo llamaban desde el hospital la Manga, y que tenían a su hija Digna que estaba por dar a luz, pero que por alguna razón tenían que tener el consentimiento de sus padres para rajarla, es decir, hacerle cesaría, pues Digna tenía tan solo diecisiete años de edad. Ya que al bebé, no pudieron quitarle el cordón umbilical de su frágil cuello. El señor Jacinto agradeció al doctor, colgó y luego dijo que debían ir al hospital la Manga. —¿Por qué el hospital la Manga? —preguntó su hijo Jacinto —Tu hermana está allá —¿Qué? —reaccionó sorprendido —¿Qué te dijeron? —le preguntó su esposa —Le van a hacer cesaría, el bebé tiene el cordón umbilical enredado en su cuello —Dios mío —Tenemos que ir a dar el permiso para que le hagan la cesaría cuanto antes, ¿Dónde carajos está Manuel? Manuel era el esposo de Digna. —Deben sacará Digna de ese hospital —¿De qué estás hablando Jacinto? —le preguntó su mamá —Tu hermana está allá sola, está a punto de dar a luz, así que deja tus bromas para otro día, Jacinto, ¡Respeta caramba! —le dijo su padre y tomó por la mano a su esposa, sacándola de casa para ir cuanto antes al hospital. —¡Ustedes no entienden! En ese hospital se encuentra la señora Débora, la madre de Manuel, tuvo un accidente en su casa, se resbaló en el baño y la llevaron a ese hospital, está gravemente mal, ¡Deben sacar a Digna de ese hospital! Para ellos el caso era de malo, pues el señor Jacinto y su esposa María, eran de pueblo y de ese mismo pueblo donde provenían, decían que era de mala hora un nacimiento y un fallecimiento el mismo día. Los dos se quedaron mirando sin saber qué hacer o qué decir, mientras que, en el hospital, las cosas no iban muy bien. Mingo esperó en la sala, su madre estaba siendo atendida aunque no le hallaban recuperación inmediata, los medios tenían poca fe en que podía vivir. En el caso de Digna, ella rogó le hicieran cuanto antes la cesaría, el médico le dijo que no podía, que necesitaba el consentimiento de sus padres, pero fue la enfermera quien lo convenció, diciéndole que debían salvar al bebé y que hace un año, tuvo el mismo problema, que siendo menor de edad necesitaba el consentimiento de sus padres, pero que ella consiguió que el médico le hiciera la cesaría. El doctor se convenció aunque no del todo y llevó acabo todo. Débora en su interior, sentía que se iba, mientras que Digna al intentar rajarla, el doctor se percató de que el bebé ya no tenía el cordón umbilical en su cuello, por lo que le pidió empujar fuertemente. El bebé sentía venir, pero también que algo que se iba. Y así sucedió todo. La señora Débora falleció, y justo nació el pequeño. Digna estaba realmente muy feliz, por otro lado, a Mingo le informaron que su madre había muerto. Se escucharon llantos, los del bebé y las del Mingo en el piso. Digna acarrazaba a su hijo tiernamente, llorando de alegría por tener a su hijo salvo y gozando de salud. El doctor y la enfermera la felicitaron por su bebé. Era un niño de gran cabellera negra, ojos marrones y muy hermoso. Al cabo de media hora, llegaron los padres de Digna acompañados de su hijo, felicitando a su hija y felices de ver al bebé, pero también tristes, pues ya sabían del fallecimiento de Débora. Digna preguntó por qué tenían tristeza en sus miradas, sus padres sin poder mentirle, le dijeron que su suegra había muerto, ahí, en ese mismo hospital. La noticia fue tan grande para ella, que rompió en llanto de dolor, recordando unas palabras un día antes de verla por última vez, es decir, el día de ayer: UN DÍA ANTES DEL NACIMIENTO Y DEL FALLECIMIENTO: Allí estaban Manuel y su madre Débora discutiendo, ¿La razón? Pues su hijo Manuel le reclamó por haberle dado dinero a Mingo en vez de a él, quien andaba más pendiente de ella aunque no vivía con ella, a diferencia de su hermano Mingo que la trataba mal. En ese instante llegó Digna sobando su estómago, pues el bebé estaba pateando, y en medio de la discusión, preguntó qué pasaba, y fue allí donde lo sucedido se volvió realidad. —¿Quién te llamo Digna? Estoy hablando con mi hijo —le dijo la señora Débora toda grosera —Mamá, a Digna me la respetas, ¿Okey? A ella me la respetas —¿Respetar? ¿A quién? Ja, ja, ja, ja, ¿A esta mujer? Siempre te dije que esta mujer no valía la pena —¡Ya basta mamá! Ella está embarazada de mí —Sí, desgraciadamente sí —Lárgate de mí casa mamá, vete para donde Mingo para que te siga tratando como a una reina —No puedo creer que mi propio hijo me esté echando de su casa —Tú misma te lo has buscado —Okey, eso está bien. Me iré, pero, ¿Sabes qué? —¿Qué? —Cuando nazca ese niño no voltearé ni a verle la cara, ¿Me escuchaste? Nunca conoceré a ese hijo tuyo, nunca lo conoceré —dijo ella con odio, causando un gran dolor a su hijo y un miedo profundo a Digna, dándole un fuerte dolor en la parte trasera. EN EL PRESENTE: Se dice que a veces las palabras tiene poder, y en esta ocasión no fue la excepción las palabras de la señora Débora, quien no mantenía una buena relación con su hijo Manuel, siendo él, el que más se preocupaba por su bienestar, pero que era más que obvio porque lo rechazaba, pues nunca estuvo de acuerdo en que se su Manuel se haya casado con Digna, quien luego de recordar todo, sacó de ella hasta la última lágrima, sintiendo miedo desde ese momento, en que a su hijo le sucediera algo. Pasaron entonces las horas, anocheció y Digna pasó la noche en el hospital, sus padres se fueron a casa al igual que su hijo, esperando que Manuel se presentara, para darle las dos noticias que habían sucedido en su ausencia. Manuel se encontraba trabajando, no sabía nada aún, hasta que llegó el amanecer, a la luz del ocaso, su presencia en el barrio fue de temer. Todos lo miraban, no entendía el por qué, cuando llegó a cada de sus suegros y vio sus rostros tristes, les preguntó el porqué. Sin remedio, le dijeron que había nacido su hijo, lo cual lo llenó de mucha alegría, pero al escuchar que su madre había muerto, borró esa alegría de su rostro rápidamente. Pasaron los días y ya no eran como antes para Manuel, escuchar que su madre había muerto pero que hijo había nacido, fue para él la peor noticia que pudo haber escuchado en su vida. Era demasiado para él asimilar esto, y aunque sentía se desvanecía por completo, su esposa Digna siempre estuvo allí para escucharlo y ser ese hombro en donde reposar, para derramar cuántas lágrimas hasta superar la triste partida de su madre. Digna, se encontraba totalmente feliz por la llegada de su hijo. Ella y su esposo buscaban el nombre perfecto para el bebé. —¿Qué nombre le pondremos? —preguntó ella —No lo sé, ¿Qué tal Tomás? —¿Tomás? No, no me gusta, en, ¿Qué tal Luis? —¿Luis? Hoy en día hay muchos Luis, hasta tu cuñado se llamaba Luis, el esposo de tu hermana menor, Regina —Me gusta mucho ese nombre —Eh, ¡Ya sé! ¿Y si lo llamamos “Luis Manuel “? —¡Claro! Tu segundo nombre, eso estaría más que perfecto. Así se llamará: Luis Manuel —Ahora debemos pensar quién será la madrina y el padrino —No —¿No? —Luis Manuel no será bautizado, Manuel —¿Qué? ¿Por qué? —La muerte de tu madre —¿Qué tienen que ver la muerte de mi madre? —Me da miedo, Manuel. No puedo creer que murió el mismo día en que di a luz y en el mismo hospital, a la misma hora —Son cosas que pasan —Todos los días muerte y nacen personas, eso lo sé, pero mi caso, nuestro caso, es diferente —A ver dime, ¿Qué lo hace diferente? —Que ella es tu madre, que somos familia. ¿Recuerdas cuándo te dijo groseramente que no conocería a nuestro hijo cuando naciese? —Sí, sí lo recuerdo —Eso fue justo lo que pasó ese cinco de Mayo —¡Ay no sé Digna! Escúchate, suenas igual a una loca —¿Ahora crees que estoy loca? —Es que me parece estúpido no querer bautizar a nuestro hijo solo porque el día de su nacimiento falleció su abuela, ¿Qué acaso hay de que asustarse? —Sí, sí lo hay, ¿Qué tal y si viene por él? ¿Qué tal y si se lo lleva? —¿Te estás escuchando Digna? ¿Te estás volviendo loca? No lo puedo creer, no lo puedo creer —Manuel, por favor, —Está bien, Digna. No bautizaremos a Luis Manuel Digna se puso feliz, lo besó y los dos abrazaron a su hijo con amor. Al cabo de un año, Digna quedó nuevamente embarazada de amado esposo Manuel, y aunque se encontraban en un momento de crisis económicamente, e intentaron abortar, tomaron la decisión de tenerlo. Este a diferencia de Luis nació como un día cualquiera, de hecho en el mes de las fiestas de diciembre, un dieciocho de diciembre para ser exactos. Al nacer le colocaron de nombre “Jesús Manuel”, por haber nacido en el mes de diciembre, teniendo como segundo nombre el de su padre al igual que su hermano mayor Luis. Ahora eran cuatro en la familia, una familia humilde pero honrada. DIEZ AÑOS DESPUÉS Pasaron entonces diez años de aquel trágico suceso, Luis Manuel era un ángel de Dios, la belleza de su persona era inigualable que todos sus amigos del barrio querían ser como él. Sus risas de día a día, bromas y juegos con los niños, lo hacían un chico realmente divertido. Sin embargo, desde el día de su nacimiento, quedó marcado para siempre con cosas extrañas que le sucedían todos los días, aunque las ignoraba sin gran importancia. Cómo por ejemplo esos sueños en los que vestía de blanco sobre una nube, y que nubes del cielo se abrían para hablarle un ser. Siempre olvidaba las palabras de aquella persona en su sueño, nunca pudo ver su rostro, pues era solo una voz entre nubes como la que él montaba. Era obviamente la fe una mujer ya mayor, y es que, no solo la veía en esos sueños blancos, sino también en la realidad, en cada lugar al que iba. ¿Quién podría ser? Pues era obvio que podría ser su abuela, ya que, cada vez que le contaba a su madre, Digna ponía cara de asustada. Él aún no sabía lo que había subido el día, mes y año de su nacimiento. Digna así lo quiso. —¡Noooo! —gritó respetando de una pesadilla Su gritó hizo la llegada de su madre. —¿Qué sucede mi amor? ¿Qué te ha pasado? —le preguntó ella —Mamá, ¿Yo iré al cielo? — le preguntó asustado —¿Qué? ¿De qué estás hablando? ¿Por qué dices eso hijo? —Una mujer dijo que en el infierno reinaré —¿Cómo era esa mujer? —le preguntó su mamá alarmada y preocupada —No he podido ver su rostro mamá, pero me da miedo —Tranquilo mi amor, aquí estoy yo para ayudarte, ¿Okey? —le dijo dándole un beso en la cabeza y abrazándolo con todas fuerzas Jesús a diferencia de su hermano, era un chico desordenado, pero también divertido, y aunque era más atrevido que su hermano, los dos eran amados por igual de parte de su madre, pues Manuel siempre prefirió más a Luis, por su orden y disciplina y por ser el mayor, aunque no se parecía absolutamente nada a él, a diferencia de Jesús que era idéntico a él, y aunque a él le constaba que así será, pues sus compañeros de trabajo se lo decían, él solo ignoraba. Entre los dos nunca había competencia alguna, se querían como hermanos, aunque a veces había alguna que u otra pelea por ahí por algún juguete o algo relacionado a la diversión. Los días de sus vidas eran de lo más normales. Aunque todo estaba por cambiar en la vida de cada uno, no solo desgracias, penas, necesidades y peleas es lo que se aproximaba, sino también secretos entre ellos, que pensaban nunca saldrían a la luz. Digna y Manuel, parecían ser la familia perfecta, exactamente era todo lo contrario.
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