Capítulo 3: Interés

1257 Palabras
Desde aquella noche en el bosque, Ryker no había sido el mismo. La imagen de Aria se había grabado en su mente con una claridad inusual. Sus ojos, grandes y expresivos, parecían contener secretos que ni siquiera ella conocía. Había algo en su presencia que lo perturbaba… y al mismo tiempo, lo apaciguaba. Como si el caos en su interior encontrara una tregua breve cuando ella estaba cerca. No era normal. No era lógico. Pero era real. A la distancia, comenzó a observarla. No por control. No por vigilancia. Era simple... atracción. Fascinación. Una necesidad primitiva de entenderla. Se escondía entre los árboles cuando ella paseaba por los caminos, o la veía desde las sombras mientras recogía hierbas con una delicadeza que contrastaba con su espíritu determinado. Ella no era una simple humana. Había algo en ella que lo llamaba como el aullido de un lobo lejano llama a su manada. Un día, la siguió hasta el mercado del pueblo. No por caza, sino por impulso. Allí estaba ella, rodeada de aromas de pan recién horneado, cestas de frutas y risas humanas. Aria se movía entre la gente con naturalidad, saludando a los comerciantes, haciendo preguntas, riéndose de pequeños comentarios. Una criatura completamente distinta al mundo salvaje que Ryker conocía… y, sin embargo, encajaba perfectamente en ambos. No pudo evitarlo. Se acercó. Ella lo notó enseguida. —Ah, el hombre lobo del bosque —dijo con una sonrisa descarada, sin el menor temor—. No sabía que también visitabas el mercado. Ryker parpadeó. Pocas veces lo tomaban por sorpresa. Aún menos, lo hacían sonreír. —Me llamo Ryker —dijo, estirando la mano—. Aunque parece que ya me tenías fichado. —Aria —respondió ella, estrechando su mano con firmeza—. Encantada de conocerte oficialmente… sin árboles de por medio. Él soltó una risa baja. Era extraño. Relajante. Hablaron. Del clima, de hierbas medicinales, de cómo ciertos pueblos antiguos veían los bosques como seres vivos. Aria tenía una mente rápida y una lengua aún más ágil. Le gustaba aprender. Preguntaba sin miedo. Y cuando Ryker respondía, lo hacía mirándolo directo a los ojos, como si lo estudiara desde adentro. Era desconcertante. Y fascinante. Cada minuto a su lado lo enredaba más. —Sabes mucho de plantas —comentó Ryker mientras ella elegía hojas de salvia con destreza—. ¿Alguien te enseñó? —Mi abuela —respondió Aria—. Era sanadora. Creía en las propiedades del bosque, en la conexión entre el cuerpo y la tierra. Decía que las plantas susurran, si sabes cómo escucharlas. Ryker la miró con nueva admiración. —Tu abuela sonaba como alguien sabia. —O completamente loca —rió Aria—. A veces no se distinguía. Él volvió a reír. Se sorprendió de cuánto disfrutaba ese sonido. Hacía tiempo que no se sentía tan liviano. Cuando terminó de ayudarla a cargar su bolsa, dudó unos segundos antes de hablar. No era un hombre que pidiera compañía. No estaba hecho para eso. Y sin embargo... —¿Te gustaría tomar un té conmigo? —preguntó, mirando un punto invisible más allá de su hombro—. Conozco un lugar tranquilo, cerca del río. Aria no respondió enseguida. Lo miró, midiendo algo en su interior. Pero su sonrisa fue clara. —Me encantaría. --- El camino hacia el río era estrecho y rodeado de árboles antiguos. El sol se colaba entre las ramas, filtrando la luz en haces dorados que parecían vigilar sus pasos. Ryker caminaba a su lado sin hablar demasiado. No por falta de interés, sino porque en su mundo, el silencio decía más que las palabras. Aria tampoco parecía incómoda. Observaba todo con ojos despiertos, como si cada hoja tuviera un secreto. Cuando llegaron a la ribera, el sonido del agua les dio la bienvenida. Ryker había preparado ese lugar años atrás. Una pequeña cabaña de madera, escondida entre los sauces, con una mesa de piedra y dos bancos rústicos tallados a mano. Nadie más de la manada lo conocía. Era su refugio. Su rincón del mundo. Encendió una pequeña hoguera y colocó un recipiente sobre ella con agua. Mientras hervía, comenzó a preparar una infusión con hojas de menta y pétalos de flor de luna. Aria lo observaba con curiosidad. —Nunca imaginé que un alfa sabría preparar té. Ryker alzó una ceja. —¿Y qué imaginaste? —No sé… —rió ella—. Algo más salvaje. Más de gruñidos y colmillos. Menos de pétalos flotando. Él la miró con una expresión entre divertida y grave. —Puedo ser ambas cosas. —¿Y cuál eres ahora? —Eso depende de ti. Aria se quedó en silencio. Las palabras de Ryker no eran coqueteo. Eran... reales. Directas. Como si cada frase que pronunciaba tuviera peso, intención, consecuencia. El té estuvo listo. Bebieron en silencio por unos minutos. Luego, Aria alzó la vista. —¿Por qué me invitaste aquí? Ryker sostuvo su mirada. No iba a mentir. —Porque no puedo dejar de pensar en ti. Aria parpadeó. La franqueza la tomó desprevenida. —¿Por qué? —Porque eres diferente. Porque no tienes miedo. Porque me haces preguntas en lugar de correr. Porque... cuando estoy contigo, el bosque parece más tranquilo. Y mi mente, menos salvaje. Ella lo miró con intensidad. No con romanticismo ingenuo. Sino con una mezcla de interés, desconfianza y algo parecido al reconocimiento. —Eso es mucho para decirle a una extraña. —Tú no eres una extraña —dijo él—. No lo fuiste desde el primer momento. Aria bajó la vista. Sus dedos jugaban con el borde de la taza. —Tú también estás en mi cabeza —confesó, en voz baja—. Y no sé si eso es bueno o malo. —Quizá no tiene que ser ninguna de las dos cosas. Quizá solo es. El viento sopló con suavidad, como si el bosque aprobara. El río cantaba a sus pies, testigo de algo que comenzaba a tomar forma. No era amor todavía. Era algo más primitivo. Más verdadero. Un lazo invisible, nacido de la tierra, del silencio compartido, de las preguntas que aún no tenían respuesta. Ryker se levantó y caminó hasta el borde del agua. —Este lugar... no se lo muestro a nadie —dijo, sin girarse—. Pero contigo es diferente. Como si... como si el bosque no te rechazara. Aria se acercó, de pie junto a él. —Quizá no lo hago yo tampoco. Ryker la miró. Por un instante, la tensión entre ellos se volvió densa. Como si el mundo contuviera el aliento. Y cuando sus miradas se cruzaron otra vez, algo se quebró. No era un beso. No era un contacto físico. Pero el espacio entre ellos se cargó de una energía tan potente que ni siquiera los árboles se atrevieron a interrumpirla. Finalmente, Aria rompió el momento. —Debo irme —murmuró—. Antes de que el pueblo empiece a inventar historias. Ryker asintió, aunque no quería verla partir. —¿Volverás? Ella dudó. Sonrió. —¿Y si no me invitas? —Entonces te buscaré. Aria se alejó entre los árboles, dejando atrás la taza, el té, y el corazón de Ryker latiendo como hacía mucho no lo hacía. Cuando ella desapareció entre las sombras, Ryker cerró los ojos. Lo que había comenzado como una simple curiosidad, ahora lo envolvía como una tormenta silenciosa. No sabía qué era exactamente lo que sentía. Pero sabía que estaba demasiado tarde para huir.
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