El domingo transcurrió de manera rápida pese a que el resto del día estuve estudiando cosas de estadística y practicando como resolver los asientos contables. Ya en la tarde decidí visitar a Isa, pero esta se prolongó y me quedé hasta el día siguiente, que es cuando mi querido tío me deja frente a la sede de clases. Y así es como termino de pie al otro lado de la calle sin saber si es correcto cruzarla para entrar al café al que asisto cada mañana.
¿Debería? Mi seguridad flaquea por un mínimo momento.
Sin ser del todo consciente, ya estoy cruzado la calle y empujando la puerta de vidrio para entrar. Me siento en la mesa del fondo como siempre, pongo mi mochila a un lado y tiro la vista hacia la pequeña barra. No está ahí, que extraño.
¿Dónde está?
Tendré que esperar a que aparezca. Sigo sin entender cómo me terminó gustando. Recuerdo el primer día que entré aquí.
Estaba nerviosa, faltaban quince minutos para iniciar el primer día y Karina no llegaba, no respondía mis llamadas y comenzaba a entrar en pánico. Estaba tan concentrada en mi pánico personal que no noté cuando él se posicionó al lado de la mesa para tomar mi pedido. Carraspea y logra obtener mi atención.
—Buen día, ¿desea ordenar algo?
—Pues... la verdad, espero a una amiga y... ¿tienen café?
—Bueno esto es un café, así que puedo suponer que tenemos café—. Me observa un poco divertido y mis mejillas arden por la vergüenza de la pregunta tan estúpida que acabo de hacer.
Tiene una sonrisa hermosa y se le hacen hoyuelos.
—C-claro, que idiota soy... Un café estará bien—. Él me observa un momento y asiente.
Se retira y cinco minutos después vuelve con el café, lo coloca frente a mí y me observa.
—¿Primer día de clases? —Pregunta con una gran sonrisa.
—¿Es muy evidente?—Hago una mueca apenada.
Toma asiento frente a mí y me dedica una sonrisa cálida que logra relajarme un poco.
—Un poco... Pero creo que todo saldrá bien.
—¿Lo crees? —pregunté dubitativa.
—Aja, te preocupas, eso es una buena señal.
Solo sonreí y sentí curiosidad por él.
—¿Puedo saber tu nombre?
Se lo pensó un momento antes de responder, acto que hizo crecer mi curiosidad hacía él.
—Gabriel. Gabriel Duerto.
Estiró su mano por encima de la mesa y la tomé, era suave el contacto y me puso de los nervios, tanto que comencé a sudar y la aparté rápidamente.
—Olivia. Olivia Plaz.
En ese momento no lo sabía, pero ese chico de mirada tan inocente sería mi perdición.
Mi luz y mi oscuridad.
Mi bien y mi mal.
Mi mentira y mi verdad.
Mis recuerdos fueron interrumpidos por Karina que tomaba asiento en frente de mí. Como siempre, se veía muy fresca. Ella no era de esas que necesitaba maquillaje, su belleza era natural y resplandeciente. Cosa que no me pasaba a mí. De no colocarme nada, ahora mismo parecería un panda con los ojos hundidos por no dormir.
—¿Has pedido algo?
—No, nadie me ha atendidos, ¿Puedes creerlo?
Abrió la boca para responder justo cuando Gabriel se posicionó en frente de nuestra mesa. Posó sus ojos en los míos con demasiada intensidad sin romper el contacto visual, como si todas mis respuestas me las estuviera dando con esa mirada.
—Vale, te espero en clases, Livvie.
Sin decir nada más, Karina tomó su bolso y salió del local. Gabriel tomó asiento donde había estado ella momentos antes. Suspiró y clavó su vista en la mesa. Pese a que no decía una sola palabra decidí romper yo el silencio.
—Y... ¿Qué tal te...?
Lo que sea que iba a decir fue interrumpido por la voz de Gabriel.
—Sal conmigo esta tarde.
Wow.
Cómo si él mismo no fuese capaz de creer lo que acababa de hacer, levanta la cara y abre los ojos como platos, se rasca la parte de atrás de su cuello y desvía la mirada.
—Es decir... Quisieras... No tienes que...— Resopla y habla de nuevo— Olivia, yo...
No es capaz de terminar alguna oración y me causa ternura. Mi cerebro comienza a asimilar sus palabras y mi corazón da un vuelco.
¡Me está invitando a salir!
¡Dios!
Gabriel hace ademán de levantarse para irse en vista de que no respondo, pero se detiene al escuchar mi voz.
—Si.
—¿Eh?
—Si saldré contigo esta tarde, Gabriel.
—De acuerdo—. Esboza una sonrisa gigante. Con un gesto le indico que tome asiento y lo hace.
—¿A dónde planeas llevarme?
Con su mano rasca su barbilla y finge pensar la respuesta—. Eso es un secreto que podrás saber más tarde.
—Eso es trampa— me quejo entre risas.
—A mi me parece justo— sube y baja sus hombros despreocupadamente.
—Eres tan misterioso, Gabriel Duerto— añado con una sonrisa de medio lado.
—¿Qué? Claro que no.
—Oh si, si lo eres.
—Pff— se cruza de brazo—. A ver, ¿por qué soy misterioso?
—Veamos— intento recordar los motivos—, para empezar, siempre huyes cuando se trata de alguna pregunta que te comprometa, intentas mantener todo bajo control con tal de no demostrar debilidad, eso sin contar las veces que has salido huyendo cuando algo te compromete y, solo respondes cuando te conviene.
Suelta una gran carcajada— Por supuesto que no. Primero, no huyo de las preguntas que me comprometen. Segundo, desearía poder controlar todo a mi antojo, no sabes cuantos problemas me ahorraría cada día. Y tercero, pero no menos importante, puedo responder lo que sea que preguntes.
—¿Ah sí?
—Pruébame—. Me reta y yo acepto.
—Vale, ¿por qué te fuiste de la fiesta después de nuestro “casi” beso?
—Eso es porque nuestro “casi” beso me hizo cuestionarme si era correcto.
—¿Por qué no lo sería? —creo que mi indignación es palpable.
—Porque estabas ebria, Olivia. No voy por la vida besando a cuanta chica ebria se me cruza en el camino.
—Buen punto— lo observo con cautela antes de volver a hablar—. Entonces, ¿si querías besarme?
Por un momento parece dudar si responder o no—. Creo que ya he respondido muchas preguntas y aún no te hago ninguna.
—Vaya, bien jugado—. Lo observo con los ojos entrecerrados. Cuando abro la boca con la intención de hacer otra pregunta maliciosa que viene a mi mente, me percato de que todos comienzan a entrar al edificio donde veo clases, así que me pongo de pie rápidamente recogiendo mis cosas—. Mierda, mierda.
—Uh, que boca tan sucia, Plaz.
—Ja, nos vemos, Duerto.
Crucé la calle a toda velocidad para irme a clases. Al entrar tomo asiento al lado de Karina y ésta comenzó a interrogarme.
—¿Y bien? —preguntó con los ojos más abiertos de lo normal.
—Me invitó a salir estar tarde—. Aclaré sonriente.
—Wow, eso es... ¡Vaya! — claramente estaba sorprendida. No la culpo, yo estoy igual.
—Lo sé, también me sorprendió.
En ese momento la profesora entró a clases y no dijimos nada más. Al final del día me despedí de Karina no sin antes prometer que le contaría todo al llegar a casa después de mi cita con Gabriel.
***
Me encontraba frente a mí armario decidiendo que usar. Gabriel me había dicho por un mensaje que iríamos al cine a las 4. Eran las 3:30 y yo aún no sabía que ponerme. Respiré hondo intentado calmar la ansiedad y tomé una falda. Creo que no era buena idea para una primera cita considerando que estaríamos en un lugar un poco oscuro. La dejé de lado y tome un short alto de mezclilla, un suéter corto n***o pegado al cuerpo, y mis converse negras con blanco.
¿Estoy siendo muy descarada?
Me sentía desnuda, así que terminé cambiando el short por un pantalón alto de mezclilla. Me observé al espejo y sonreí satisfecha.
Mucho mejor. Mentalmente palmee mi espalda felicitándome por mi elección.
Me coloqué solo un poco de maquillaje y un rosado que parecía natural en mis labios. Por suerte estaba sola en casa, así no tendría reproche alguno de mi madre por salir con un chico y llevar un suéter corto.
Escuché el pinto del auto afuera, así que me apresuré a tomar mi bolso y guardar mi teléfono en él para salir de casa. Subí con una sonrisa resplandeciente, asimismo me acomodé en el asiento sin mirar a Gabriel, joder, estaba nerviosa.
—Gabriel—. Dije a modo de saludo mientras me abrochaba el cinturón.
—Olivia—. La sonrisa que tenía en su rostro era tan autentica como la felicidad que recorría cada parte de mí.
Ambos reímos como tontos. Puso el auto en marcha y lo observé de reojo, la verdad es que se veía muy lindo de perfil. Mis manos comenzaron a sudar, estaba mucho más nerviosa que un momento atrás. Desvié la mirada a la ventana con el objetivo de permanecer en silencio. Aunque sentía la necesidad de decir algo, no sabía qué. Por suerte, Gabriel habló primero.
—¿Cómo estuvo tu tarde?
—Solitaria, mamá trabaja y Lucas, mi hermano menor, está en clases; así que mis tardes se resumen a una tranquilidad solitaria en mi habitación.
—Eso se oye triste, Olivia.
Me he acostumbrado— es todo lo que digo antes de sumirnos en otro silencio… ¿extraño?
Gabriel carraspea para llamar mi atención y lo consigue, pues de inmediata mi vista se posa en él.
—Puedes poner música, no me molestaría—. Me dedicó una sonrisa cálida y con una seña me indicó que encendiera la radio.
La hice caso y comencé a pasar las estaciones, me detuve en una donde sonaba una canción que me gustaba mucho.
I won't go home without you de Maroon 5.
Comencé a cantan en voz muy baja y a mover mi palma al ritmo de la música en mi regazo.
—Esa canción es buena.
—Lo es—. Le sonreí de lado y volví la vista al frente. Me sentía muy cómoda en ese momento.
—Maroon 5 es un buen grupo—. Añadió. Eso me gustó, al parecer tenía los mismos gustos que yo.
—Lo es—. Respondí de manera automática. Al parecer era lo único que podía decir en ese momento.
Gabriel esbozó una pequeña sonrisa y yo mordí el interior de mi mejilla. Parecía imbécil solo diciendo "lo es" ¿Qué respuesta era esa?
—Mi madre siempre está en casa, ella es muy dulce realmente, es mi fortaleza, ¿sabes? Siempre sabe que decir, incluso encuentra soluciones a casi todo—. Me dedica una mirada rápida acompañada de una sonrisa—. No puedo decir lo mismo de mi padre él es… —puedo notar como su mano aprieta un poco más de lo necesario el volante y su mandíbula se tensa un poco— él vive en su mundo.
Es todo lo que dice, ciertamente ha despertado mi curiosidad, siento que hay algo más, pero no sé qué pueda ser. Tampoco voy a preguntar, aunque me muerda de ganas, no quiero incomodarlo, supongo que si algún día quiere hablar de ello lo hará. El hilo de mis pensamientos fue interrumpido por un carraspeo a mi lado.
—Hemos llegado— alcé la vista y asentí.
—De acuerdo.
Ambos bajamos del auto y entramos al centro comercial, hicimos nuestro camino al cine en silencio. Gabriel compró palomitas, refresco, chocolates y galletas. Sabía cuánto amaba el chocolate y las galletas. Fue un gesto muy lindo de su parte, le agradecí por eso.
Cuando llevábamos media hora de película ya no había que comer. Estábamos ahí uno al lado del otro y no habíamos dicho ni una sola palabra. Cada cierto tiempo Gabriel me miraba de reojo, yo hacía lo mismo; pero ninguno decía nada.
Así no llegaríamos a nada, >.
Vale, espero no arrepentirme de esto. Me recosté un poco más cerca de él y posé mi cabeza en su hombro. Inmediatamente sentí como se tensaba y se mantuvo muy quiero.
Demonios, ya metí la pata.
Hice un ademán de quitarme, pero en ese momento Gabriel pasó su brazo por encima de mi hombro y me abrazó, sonreí más tranquila, acto seguido me dispuse a ver la película.
Rato después tomamos asiento en una mesa de la feria para esperar unos helados. Estábamos uno frente al otro y me sentía muy nerviosa. Como su vista repasaba el lugar distraídamente aproveche para observarlo mejor, resultó que estaba muy guapo, tenía una camisa blanca debajo de otra de cuadros roja con n***o, jean n***o y su cabello un poco alborotado, se veía perfecto así. Parecía tan relajado ante la vida, de alguna manera despedía una esencia muy fresca.
—Olivia—. Interrumpió mis pensamientos y me obligué a fingir tranquilidad.
—Gabriel—. Reímos al mismo tiempo.
—Te ves muy linda—. Me sonrojé al instante y le dediqué una sonrisa.
—G-gracias—. Maldita sea, no gaguées idiota— también te ves muy bien.
Sonrió y asintió para después seguir hablando. Un chico aparece con los dos envases de helado que pedimos y procedo a esperar a que se marche para hablar nuevamente. Curiosamente es él quien lo hace primero.
—Te conozco hace seis meses y hasta ahora me doy cuenta que no sé muchas cosas sobre ti.
—Ni yo sobre ti. Pero nunca es tarde para empezar—. Le sonreí para infundirle confianza y al parecer funcionó.
—Vale... Color favorito
—n***o— respondí sin pensar—, ¿el tuyo?
—Igual.
—¿Cantante preferido o preferida?
—LP—. Respondí sin pensar.
—Ella es genial... o él— ladea la cabeza, se veía tan tierno—. No sé cómo definirla.
—¿Una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre?
—Vale— respondió negando divertido
—¿El tuyo?
—Realmente no tengo un cantante preferido, soy más de bandas.
—Entonces, ¿cuál es tu banda preferida?
—Gloria.
—Curioso— respondo intentando recordar algo, pero no hay nada. No tengo idea de quienes sean o que toquen. —Lo siento, no he escuchado de ellos.
—Es porque son de Brasil, es una banda de metalcore. Sus canciones son ruidosas, me encantan. —No me pierdo detalle de cómo se iluminan sus ojos cuando habla de algo que realmente le gusta, es el mismo brillo que detecté cuando lo oí hablar de su madre y el mismo que se opacó al nombrar a su padre.
—¿Metalcore? —Realmente no he escuchado ese género.
—Si, es una fusión que combina elementos del metal extremo y hardcore punk.
—Sigo sin comprender— confieso con algo de vergüenza. Él ríe como si no le sorprendiera. Yo por mi parte me ruborizo al instante.
—¿Has escuchado heavy metal? —asiento— Bueno, el metalcore es un acrónimo del heavi metal y el hardcore punk. De ahí su nombre.
—Oh, es una fusión pesada entonces, ¿alguna preferida?
—Dos en realidad, te las mostraré algún día. Aunque son muy suaves comparado a lo que cantan usualmente— Creo que me gusta escucharlo hablar, podría volverse un hermoso pasatiempo del que podrías aburrirte.
—Me parece justo— sonrío complacida.
Después de un rato haciendo preguntas sobre cualquier cosa decidí que era el momento. Esta era mi oportunidad. Y Gabriel tendría que responder. Reuní todas las fuerzas que no tenía para sonar firme con la pregunta que planeaba soltar.
—Vale, es mi turno—. Fingí pensármelo un momento y después le sonreí—. ¿Por qué querías besarme en la fiesta?
Claramente lo agarré desprevenido porque dejó la cucharada de helado a medio camino y la devolvió al envase. Sus labios dibujaban una fina línea y su cara denotaba nerviosismo, tragó grueso e hizo ademán de hablar.
—Eso fue un error—. Pronunció de manera perezosa, casi insegura. Su mirada fija en la mía solo me confirmaba que no se encontraba muy seguro de lo que acababa de decir. Sin embargo, no se retractó en ningún momento.
Lo observé sin hacer ningún gesto y traté de buscar en su mirada, arrepentimiento quizá, pero no había nada. Esa era la verdad y al parecer le entristecía que así fuera.
—Un error... — ¿Por qué de repente sentía la boca seca? — ¿Y por qué me has invitado a salir?
—Eso también ha sido un error.
Pero qué mierda.
¿Un error? ¿Por qué carajos estoy aquí?
—¿Y qué hacemos aquí? —pregunté tajante haciendo alusión a nosotros con mi mano. Vale, estaba comenzando a alterarme y él permanecía muy calmado.
Sentía el corazón latiendo a toda velocidad, frotaba mis manos una y otra vez en mi pantalón, incluso las lágrimas picaban detrás de mis ojos, estaba tan confundida, ahora bien, me sentía tan estúpida. Pero no iba a llorar, no podía, al menos no aquí.
Me sentía tan humillada, ¿acaso había algo mal conmigo de lo que no estaba enterada?
—No soy lo que crees, Olivia. No debes quererme en tu vida.
—Eso ya lo decidiré yo, ¿vale? —Comenzó a negar sin decir una sola palabra.
—Vamos, te llevaré a tu casa.
—Si no eres lo que creo, ¿quién eres Gabriel?
—¿Podemos irnos? —Preguntó ignorando lo que yo demandaba saber.
—No. Vamos, responde de una puta vez.
—No quiero. —espetó firme.
—¿Por qué?
No dijo nada, solo resoplo a modo de frustración. Se levantó y me dejó ahí sentada.
Vale, ahora sí estoy molesta.
Lo seguí hasta llegar al estacionamiento y lo tomé de un brazo para que se detuviera. Se dio la vuelta quedando de frente a mí sin mirarme.
—¿Qué sucede, Gabriel? Dime y trataré de entender.
—No. No puedes, nadie puede y no voy a decir nada, Olivia.
Me tomó del brazo y comenzó a arrastrarme al auto. Cuando estuvimos cerca me solté de su agarre.
—Sé caminar sola, imbécil.
—Sube al auto.
—No.
—Olivia, sube.
—Dije que no—. Traté de sonar lo más firme posible. — Dime qué pasa o me voy de una puta vez.
Clavó la vista en el piso y negó con la cabeza. No iba a decirme nada más.
Bien.
—Adiós Gabriel.
Giré sobre mis talones y comencé a caminar sin ver atrás, apenas di tres pasos escuché su voz.
—Al menos déjame llevarte a casa.
Me detuve en seco. La verdad es que no tenía dinero y no sabía cómo iba a volver.
Vale, tenía que aceptar.
Di media vuelta, pase por su lado sin mirarlo para entrar a su auto, me abroché el cinturón y desvíe la mirada a la ventana. Unos segundos después entró él, puso el auto en marcha y en todo el camino hubo un silencio sepulcral, estaba claro que no me apetecía hablar. Cuando estuvimos frente a mi casa abrí la puerta sin decir nada más, pero no pude salir, Gabriel me sujetó de la muñeca ocasionando que mi mirada colisionara con su mirada, esa que suplicaba que no me fuera. Suspiré rendida—no iba a irme, no quería—, tranque la puerta, me acomode de lado en el asiento para verlo mejor, de modo que arquee las cejas mientras me cruzaba de brazos.
—Yo... No soy estable Olivia, nunca lo he sido. Me conozco y sé que voy a terminar lastimándote y no quiero.
Tenía sus manos puestas en el volante, su mirada fija hacia delante y un poco ida.
—Si no quieres no lo harás...
Me miró a los ojos.
—Si lo haré— en sus ojos podía ver pánico—. No sería la primera vez.
—Gabriel— posé mi mano en su antebrazo—. Déjame correr el riesgo. No sé qué pasó antes de mí, pero solo quiero conocer lo que eres ahora, no me importa tu pasado. Déjame conocer esa parte de ti que nadie más conoce, prometo que no voy a irme. Confía en mí, nada puede ser tan malo como para hacer que me aleje.
Nos quedamos en silencio, su mirada recorría todas las facciones de mi cara. Mis mejillas estaban calientes de lo rojas que se habían puesto, pero no desvié la mirada en ningún momento.
—Yo... Prometo contarte todo Olivia, pero necesito tiempo, no es tan fácil.
Sonrió y sentí como mi cuerpo se relajaba, hasta ahora no había notado lo tensa que estaba. Ahí sentado parecía un niño pequeño, tan asustado. Sin ser consciente me estaba acercando y él se había dado la vuelta, ahora nos encontrábamos de frente y a una distancia considerablemente mínima. Mi corazón latía a toda velocidad y mi cara estaba completamente roja, mis manos sudaban y sentía la necesidad de besarlo, de probar sus labios y convertirnos en uno solo por un momento.
Colocó su mano en mi mejilla y con su pulgar dibujaba suaves caricias. Estábamos tan cerca y hoy no había nadie que pudiera arruinarlo. Mi nariz tocó la suya y ladeé solo un poco mi cabeza, entreabrí mis labios y comencé a cerrar los ojos lentamente. Estábamos a un suspiro y nuestros labios se rozaban suavemente.
Y, su móvil comenzó a sonar en su bolsillo, nos separamos al instante, me senté mirando al frente en mi asiento y solté todo el aire de mis pulmones.
—Diga—. Escuchó atentamente y respondió— Si mamá, ya sé que son las 10.
Casi me río, ¿acaso tenía hora de llegaba? Bueno, Karina ni siquiera tenía hora de salida, supongo que él tenía más puntos a su favor.
—De acuerdo, nos vemos en casa.
Colgó y me miró apenado.
—Lo siento, ella es muy nerviosa, cree que pueden secuestrarme o algo así.
—Descuida, así son los padres, después de todo son padres, ¿no?
—Si— ambos reímos.
—Yo... Debo entrar.
—Vale, nos vemos mañana.
—¿Mañana? — ¿Quiere salir de nuevo mañana?
—Si, en el café y todo eso, ¿no?
—Oh, si... Es decir... Vale, nos vemos.
Salí del auto lo más rápido que pude, entré a casa y maldije en voz baja. Soy una imbécil, claro que nos veremos en el café, ¿en qué estaba pensando? Resoplé y me dispuse a entrar en mi habitación.
Cambié mi ropa por un pijama y me metí en la cama viendo el techo.
Joder, no sabía que sentir. ¿A qué se refería con ser inestable? Quería correr el riesgo, pero no quería salir lastimada. Aunque el dolor siempre sería parte del amor, ambos iban de la mano y eran inseparables. Lo había comprobado a lo largo de mi vida y aunque nunca me habían roto el corazón, si había visto a mucha gente sufrir por ello.
Amor.
¿Sentía amor?
No. Claramente no era amor, al menos no por el momento. Lo que si sabía con certeza era, que el que Gabriel rompiera mi corazón sería, sin duda alguna, la mejor decisión. Porque es mejor amar y haber perdido, que haber vivido sin un ápice de emoción.
¿Estaba loca?
Si, lo estaba. Nadie quiere un corazón roto. Y quizá por eso duele tanto, porque nos cerramos a la idea de que esto es inevitable.
Y si, quería vivir con intensidad, amar con intensidad, sufrir con intensidad y aprende de la vida del mismo modo. A lo largo de mi vida solo me había concentrado en mis estudios, el amor siempre había estado en segundo plano para mí. No veía la necesidad de sufrir por amor a tan temprana edad, mejor esperar. Pero ahora, por ese chico de ojos marrón claro, mirada inocente y sonrisa perfecta, estaba dispuesta a sufrir. Tenía ese algo, esa especie de magnetismo que te atraía hacia él casi de manera inconsciente. Algo en sus ojos me decía que todo estaría bien, que cuidaría de mí. Pero también había algo que decía que, así como me cuidaría, también me lastimaría.
Y no hubo nada que no fuese cierto en ese pensamiento que tuve aquella noche.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por mi teléfono sonando. Gabriel estaba llamando. ¿Le había sucedido algo? Él nunca había llamado, me apresuré a contestar.
—¿Estás bien?