Habían pasado unos días desde que me acosté con Franciszka en su clínica de la muerte. Estaba enfermo como un perro y no mostraba ningún signo de mejora. Me subió la fiebre, vomité todo lo que me metí en el cuerpo y apenas pude arrastrarme de la cama a la puerta para tomar la entrega de comida a domicilio que me dejaron allí. Era la primera vez que estaba gravemente enfermo desde que tenia nueve años. No me permitía el lujo de ser débil y dependiente. De hecho, no había faltado ni un solo día a la escuela o al trabajo por enfermedad desde que me mudé con los Grochowska. Siempre me esforcé por ser digno de su asombro y admiración, un medio hombre, medio dios. Irrompible y más fuerte que el acero. Por eso nunca dejé entrar a mis padres adoptivos. No del todo, al menos. No en mi apart

