Con gran agrado recordé el partido del fin de semana. Nunca había jugado a la pelota con un niño, con mi hijo, y tuve que controlar mi fuerza al lanzar el balón y esas cosas. No estaba acostumbrado a un juego suave, más bien todo lo contrario, las pocas veces que jugaba, lo hacía con gente de mi edad, lo que incluía patear el balón lo más fuerte, para que llegara al otro extremo de la cancha. También me sorprendió ver a Melissa jugando a la pelota. De todas formas, más me molestó que me sorprendió, el echo de que ella ni se dignara a dirigirme una mirada. Era verdad, había sido un c*****o, pero igual, se suponía que yo debía estar molesto, sin embargo, eso no me debía dar carta blanca para tratarla mal. Quería conocer los motivos que la habían llevado a hacer lo que hizo, aunque eso no

