La ciudad se deshacía en luces temblorosas cuando Oliver terminó su tercer vaso de whisky. El bar era elegante, discreto, como los lugares que solía frecuentar cuando quería esconderse del mundo. Pero esta vez, no era el mundo lo que intentaba evitar. Era ella. Su Priscila. La imagen de su sonrisa, de esos ojos desafiantes, de su risa burlona cuando hablaba con ese muchacho en los jardines, se había instalado en su mente como una espina venenosa. La escena se repetía una y otra vez, cada vez más distorsionada por el alcohol, por el orgullo herido, por el deseo contenido demasiado tiempo. Ella se había atrevido a reírse con otro. A coquetear con otro. A mirar a otro como alguna vez lo había mirado a él. Aunque jamás lo hubiera dicho en voz alta. Y eso… eso lo estaba volviendo loco. Pag

