La brisa matutina acariciaba suavemente los jardines de la mansión, arrastrando el aroma fresco de la hierba recién cortada. El sol, tímido aún, comenzaba a asomar en el horizonte, tiñendo el cielo con tonos dorados, naranjas y malva. Dentro de la mansión, el silencio reinaba como un velo sagrado, solo roto por el lejano canto de los pájaros. Sin previo aviso, el rugido grave de un motor cortó la quietud. Un automóvil de cristales oscuros se detuvo frente a la entrada principal, levantando una pequeña nube de polvo. Elijah y Ailani descendieron con elegancia contenida, sus rostros tranquilos, ajenos al caos que estaba a punto de envolverlos. James, el mayordomo, los recibió con una mezcla de alivio y preocupación en su mirada. —¡Señor Elijah, señora Ailani! —exclamó con una reverencia l

