voz. Le ofrecí mis manos, y se asió de ellas como quien se aferra a una esperanza. Nuestro amor era intenso.Por algo la consideraba como una madre. De repente los recuerdos nuevamente llegaron a mí. Eran recuerdos colmados de la presencia eterna de mi querido suegro. Me pareció estarmirándolo en ese momento. Contemplaba aquel rostro afable. Sus canosos cabellos eran ralos, dejando ver con suprema claridad su cráneo. En ese preciso instante Carlos, un ex – alumno mío, entró al servicio de terapia intensiva, lugar donde laboraba desde hacía un par de años; y donde estaba hospitalizado mi adorado suegro, en espera de la gran cirugía a la que estaba asignado. Cuando observé que la licenciada Minerva y Juan, un afable auxiliar de Enfermería se marchaban, supuse que ya mi colega se había tornado el ocupante del turno.Decidí apearme de aquella postura agradable y triste a la vez, para adentrarme al lugar donde mi amado viejo, colmado de dudas y de un intenso pavor; esperaba mirar el rostro de alguien que le resultara familiar. Sus redondos ojos me miraron, y con enorme dificultad me regaló la última sonrisa que de él recibiría en mi vida.
Me regaló una mirada demasiado triste.Una mirada que era adivina de un futuro cercano. Una mirada que, en el inusual silencio que percibí a pesar de los monitores a nuestro alrededor; me gritaba un horrible adiós. No me habló, sólo me miró fijamente; como queriéndome decir mil cosas en una sola mirada. Era una mirada que me apabulló, a pesar de estar en una cama gravemente enfermo. Le tomé su cálida mano izquierda, longeva como su dueño y cargada de mil toneladas de experiencias, y le otorgué un beso represado en mí desde siempre; como aquel abrazo de mis recuerdos. Una lágrima se deslizó de su ojo izquierdo, y de inmediato otras la imitaron; se convertía así aquel momento, en una de las grandes tragedias de mi vida. Estaba viendo llorar a aquel viejo roble, en quien tantas veces me apoyé en procura de un aliciente a una duda cuando mi padre estaba lejano; y donde me quise reflejar para ser como él: grandioso padre, excelente esposo, un enorme amigo, y para mí; mi eterno suegro, el gran abuelo de mi bebezote. En ese momento sentí una intensa tristeza, y aquella desagradable presencia de la muerte a mí alrededor.
Había llegado el momento de la intervención quirúrgica de don Argenis, y como estaba yo a su lado, le ayudé al camillero a llevar aquel cuerpo sufriente a la sala de quirófanos. Sólo hasta la antesala de dicha área pude estar con él asido de su suave mano. Regresé hacia donde permanecían todos. Me provocó llorar en ese momento, y lo hice. No habría porque ocultar mi pena. No quise hacerlo. Pesaba sobre todos la gran incertidumbre acercadel futuro inmediato de mi querido suegro.Mipesar se quedaba demasiado pequeño, ante el amor a mi querido suegro, y ante la intensa gravedad que representaba la operación a una edad tan avanzada; y con unos antecedentes cardíacos que estaban completamente en su contra. Aquel silencio era espectral.El mismo descendía sobre cada uno de los allí presentes, como queriéndonos verter muchos gritos que se opacaban en sus redes.
Argenis, mi cuñado, permanecía de pié cerca de donde estaba yo, y me dirigí a él para tratar, a sabiendas de que no lo lograría; de calmarle la notoria angustia que le carcomía. A su lado estaba Adrián, también embargado de un dolor inocultable. Sentían que su amado padre se despedía de la vida y ambos no querían, obviamente, que eso sucediera. Platiqué con ellos de las posibles causas que conllevan a un abdomen agudo quirúrgico, que era el diagnóstico que los médicos que se encargaban de su caso habían dado. La intervención a la que sería sometido era una laparotomía exploratoria, que no es más que abrir la cavidad abdominal para determinar la causa de tal afección, y proceder entonces de acuerdo a lo observado. La intervención duró aproximadamente tres horas, y luego de haber salido los galenos del pabellón; me acerqué a uno de ellos, el cual me conocía. Él había operado a mi madre. Al asomarse y mirar al tumulto de personas que estábamos apostados en la pequeña sala, me llamó; quería hablar con algún familiar. Francelina de inmediato se acercó a nosotros.
Todos nos dirigían sus miradas colmadas de dudas y de angustia. Nos dirigimos hasta una pequeña sala en la cual conversamos largamente. Permanecimos varios minutos en aquel sitio exageradamente frío donde el especialista. Nos explicó las causas del padecimiento, y lo que tuvieron que hacer. Aparentemente todo había salido bien. De esa manera se lo hicimos saber a todos.Parecíamos unos ministros, o algo por el estilo, ya que cuando salimos del recinto; la gran multitud se dirigió hacia nosotros en procura de información.Todos preguntaban a la vez. Se alegraron en demasía cuando le dimos la información que recién habíamos recibido del eximio cirujano.Argenis y Adrián me invitaron a comer algo, y con suma diplomacia rechacé su generosa oferta; ya que me pareció más importante estar al lado de Francelina en ese momento. Creo que de todos, era la única que no se cobijaba, al igual que yo; en la supuesta intervención quirúrgica perfecta.
Don Argenis permaneció dos días más en Terapia Intensiva, y pasó posteriormente a una de las habitaciones de la clínica. Al cuarto día comenzó a ingerir líquidos, y había tránsito intestinal, ya que de vez en cuando, expelía una que otra flatulencia. A mí no me convencían mucho los ruidos hidroaéreos, ya que se escuchaban muy deficientes; pero no quería alarmar a nadie con mis dudas. Su coagulación le estaba jugando una pésima jugarreta, y lentamente se oponía a que el generoso caballero retornara a su habitual vida como todos esperábamos. Nunca más volvió a sonreír mi viejo, y su sufrimiento se alargaba cada vez más en aquel desafortunado post – operatorio. Habiéndole sido retirado el catéter central que le habían insertado, necesario era acceder a una vena periférica con un catéter de menor tamaño y calibre, y era allí donde se dificultaba todo. Mis colegas le pinchaban en repetidas oportunidades, sin éxito. Gracias a Dios que mis manos acostumbradas a abordar vías periféricas en niños,detectaban venas donde muchos no las palpaban siquiera.Aunado a ello, el gran amor que por mi viejo sentía, jugaba un papel muy importante. Por ello, conversé con una de las damas de blanco, quien estaba haciendo un nuevo intento y que sólo hacía que mi adorado viejo se quejara de aquel endiablado dolor; y ella me permitió intentarlo. Le tomé rápidamente una vía periférica, a través de la cual recibiría el tratamiento necesario.
Al cabo de una semana fue trasladado a su hogar, y todos celebraron dicho acontecimiento.Nadie se imaginó que la muerte andaba rondado, excepto Francelina y yo. Sus hijas y doña Elina se turnaban para cuidarlo. También lo hacían sus nietos. Nunca olvidaré la tarde de ese amargo día. Cuando me acerque por última vez a mi amado suegro, éste yacía en su cama, acostado sobre su lado izquierdo. Se quejaba en silencio, pero yo pude notar su angustia. Le conminé a pararse, y él me secundó en la idea de tratar de desterrarlo de la cama;pero a cada paso sus lamentos eran emitidos a viva voz, y sus pasos lentos eran cada vez más difíciles. No pudo llegar muy lejos. A duras penas pudo llegar a la sala. Allí se sentóun rato. Al cabo de unos minutos intentó andar nuevamente; pero imploró que lo acostaran, ya que no soportaba el fuerte dolor en su abdomen. Se trató de un dolor generalizado que no cedía por más que adoptara una posición antiálgica. Un maldito coágulo obstruyó sus intestinos, de esa manera no permitía que la irrigación sanguínea completara su camino. En la noche lo trasladaron nuevamente a la clínica. Una vez más, una intervención quirúrgica era anunciada.
Al abrir la cavidad abdominal de mi amado suegro, se percataron los galenos de que la coagulación había hecho un daño irreparable.Los intestinos habían dejado de cumplir sus funciones vitales, ya que la sangre no llevó a ellos el oxígeno que necesitaban para cumplir a cabalidad dichas funciones. Le extirparon gran parte de dichos órganos tratando de remediar el daño.Por ser demasiado el daño ocasionado por la obstrucción, su fallecimiento era inevitable. La mañana del día siguiente, trajo la desgraciada noticia. Mis cuñados, Francelina y yo, al igual que los que trabajaban en la sala donde pernoctaba mi viejo después de la larga operación; fuimos testigos de la separación del mismo, de los aparatos que lo mantenía unido a la existencia.Miré con mi rostro compungido, como mi adorada esposa se quedaba sin su padre. El funeral fue una gran manifestación de pesares de toda la familia y de muchos allegados. Las expresiones de condolencias no se hicieron esperar, y un incontable grupo de coronas florales coparon aquel recinto de la funeraria. Los familiares, vecinos y los tantos amigos de todos,se presentaron de inmediato para procurar una mano amiga y una condolencia triste. Mi querida suegra estaba deshecha por la desgracia que vivíamos todos, y al lado del féretro donde reposaban los restos de mi adorado suegro, permanecía inconsolable. Lo sepultaronal día siguiente durante una tarde exageradamente calurosa.Luego de ello, Francelina quiso quedarse con su madre el resto del día. Yo me dirigí a nuestra residencia junto a mi hijo. Al caer la tarde, el cansancio nos venció. Nos quedamos dormidos temprano.
La vida continuaba su ritmo indetenible. En los días que siguieron a aquella gran tragedia, en nuestra casa se percibía un intenso silencio. Ninguno de nosotros teníamos ánimo de nada que no fuese lo rutinario. Cada cual se entregaba a lo suyo con una seriedad espeluznante. Era una atmósfera de desconsuelo lo que todos sentíamos, y eso nos relegaba de alguna diversión o entretenimiento; puesto que nada nos llamaba la atención. Mi esposa pasaba casi todo el día en su casa materna, acompañando a mi suegra quien estaba devastada.Entre todos sus hijos, trataban de reconfortarla. No lo lograban de manera certera, aún era demasiado pronto para encontrar consuelo alguno. Ya el tiempo se encargaría, si bien no de aceptar de buenas a primera la muerte del deudo; más si resignarse, y adaptarse a vivir sin su bendita presencia. Alberto, por estar de receso escolar,permanecía todo el día en su cuarto mirando la televisión como si fuese un autómata, puesto que ningún programa le llamaba la atención. Francelina y yo regresamos a nuestras rutinas laborales. Además de ello, la lucha por el futuro de la patria volvió a ocupar gran parte de mi tiempo. No había que desfallecer un instante, pensaba constantemente en medio de todo lo que pasaba en nuestras vidas.
Un sino inclemente se cernía sobre toda nuestra patria. Hacía algunos años que se había aprobado un nuevo estamento legal,pecaminoso en extremo; el cual daba luz verde a una de las situaciones que en definitiva; produjo aquel descontento que terminó muy malamente. Una ley que permitía al gobierno, extender aún más sus mezquinas facultades, e inocular el odio desmedido del Presidente de la República por quienes consideraba capitalistas. Una de las promesas hechas, era llevada a cabo con desmedida dedicación. Eran construidas casas y más casas en los sitios más inverosímiles. En cualquier terreno las construían.Aunque esas tierras tuviesen dueños, los respectivos títulos de propiedad importaban un cacahuate. Sin más explicaciones que una serie de palabras ofensivas, esas propiedades eran arrebatadas para usarlas en beneficio del pueblo. Nacía de ese modo, la plaga de las expropiaciones. Con ello lograba “matar dos pájaros de una sola pedrada”: ayudaba a los pobres con una solución habitacional, a la vez que les quitaba sus propiedades a los “ricos”. Sus enemigos, los grandes empresarios, resultabanconstantemente sometidos a graves presiones; sino se sublevaban a sus pies. En una de sus maratónicas alocuciones,expresó a un famoso empresario, dueño de una de las más grandes compañías de producción de alimentos y bebidas, heredada legalmente de sus ancestros: «Para que me digas déspota, Fulanito, yo te voy a expropiartoditita tu empresa, hasta la última planta que posees miserable capitalista».
Cuando le daba la gana, y con cualquier pretexto, aquel anti demócrata demoníaco; arruinaba a cuanto empresario se le antojase. No había cabida para ellos, decía en un tono triunfante en sus discursos, que ya rayaban en lo ridículo por la gran cantidad de disparate que en ellos expresaba. Hablaba y hablaba de todo un poco, desde historia universal y nacional; hasta asuntos de índole familiar, y hasta de sus intimidades. Se burlaba de todos, mofándose como lo hacían los bufones. Delimitaba de esa manera tan vil su poderío. Grandes empresas fueron arrebatadas a sus legítimos duelos, y entregadas a la masa trabajadora. A eso le llamaba justicia. En poco tiempo ellos acababan con todo; puesto que sus capacidades y competencias, no eran gerenciales precisamente. Esas asquerosas confiscaciones se observaban en todo el territorio nacional. Ya no era de extrañar que muchos militares ostentaras grandes fincas, poderosos emporios comerciales o cualquier cosa que él expropiara como castigo a quien se le opusiera. “Expropiado”, “Expropiado”, “Expropiado” se escuchaba como un eco perverso en todos lados, seguido de sus risitas aterradoras; y del aplauso de todos aquellos saltimbanquis quienes le acompañaban a todos lados. También se hacían sentir, los vítores de quienes esperaban “como caimán en boca de caño” alguna dádiva por permanecer como los pendejos que eran; varias horas escuchando aquellas idioteces, mostrando unas sonrisas fingidas; y vociferando vivas hasta casi perder la voz.Todo por unas pocas monedas, las cuales les eran entregadas por supuesto; después de terminado todo aquel show mediático.
El Presidentede la República tomó deliberadamente a su antojo, aquello de las confiscaciones, irrespetando las condiciones que la misma ley imponía para ser decretada dicha medida. Hasta violaba repetidamente la Constitución Nacional que establece que cada persona tiene derecho a poseer lo suyo, es decir, se instituye el derecho a la propiedad. Pero era bien sabido que ninguna ley era respetada por aquel tirano. La inmortal expresión de Montesquieu que resalta aún en tiempos modernos, lo importante de la separación de poderes, lo hacían desternillarse de la risa; puesto que él ejercía el poder supremo. Los titulares de los poderes públicos estaban allí como unos títeres. Resultaban simples fantoches, quienes obedecían como perros falderos, ante la menor exigencia de su señor todopoderoso. Ordenaba a los jueces lo que tenían que hacer, violentando el sagrado principio procesal de la autonomía.
Él era quien imponía el número de años que alguien pagaría en prisión. Ningún juez podía tomar decisión sin antes consultarlo a él, o a cualquiera de sus lacayos. Cada vez que las malditas manos de los politiqueros de oficio entraban a la sala de algún Tribunal, la justicia salía presurosa por alguna ventana. Solamente daba la orden, y ésta de inmediato era cumplida. Lo demás salía sobrando. Atrás había quedado aquella cara de pudibundo que mostró al bajarse de un helicóptero, en la oportunidad del tremendo show con el que hizo creer que lo habían depuesto. Atrás quedaba aquella embaucadora verborrea que apelaba a lo místico, a lo religioso; llevando un crucifijo entre las manos. Su verdadera personalidad diabólica fue mostrada poco tiempo después en todo su esplendor. No perdía oportunidad para despotricar, para vilipendiar y para hacerse la víctima.
Lo más miserable que a mi juicio cometió aquel ser salido de los infiernos, fue lo que hizo reiteradamente contra un productor pecuario, cuyo fundo fue pretendido y expropiado, sin importar para nada que se trataba de una propiedad privada que estaba en plena producción. Una propiedad trabajada con ahínco desde tiempos remotos, y heredada como efecto legal de la sucesión de bienes familiares. Los alegatos dados a conocer por el jurista que representaba al ganadero, fueron subestimados sin miramientos. Nada hacía cambiar de opinión al tirano. Contrario a lo que se quería, crecía aquello que parecía ser un reto, esas tierras pasarían a manos del Estado por la simple voluntad del déspota. Y así sucedió. Sacaron a patadas al productor con todo y su familia. Sólo pudieron llevarse sus cosas personales y no todas. Se repartieron entre los secuaces del mandamás, todos los bienes del legítimo dueño, incluyendo los semovientes. Arrasaron con todo a su paso. Incluso, luego de haber quedado lo que alguna vez fue una hacienda próspera en ruinas, desierta y lastimosamente abandonada; el propietario imploró su devolución; pero dicha petición fue negada de manera categórica, como si se tratara de un capricho del gobernante.
La respuesta del trabajador del campo no se hizo esperar. El productor dio inicio a la huelga de hambre más larga de la cual se tenga noticias, por lo menos en el país. Lo sucedido constituyó una muestra del ejercicio despótico del poder, y los mecanismos colectivos revolucionarios maliciosos que rayaban en lo cruel. Ese hombre no se resignó a perder lo único que su familia había tenido en la vida, y que habían construido a fuerza de trabajo. A su vez, se trataba del futuro de sus hijos y de las generaciones venideras que de seguro, trabajarían de la manera que lo habían hecho sus antepasados para engrandecer un orgullo familiar. No se trataba de perder una propiedad, era una cuestión de dignidad. Aquel hombre trabajador no ejercía una protesta política, puesto que ello no era su fuerte. El productor no era vocero ni componente de ningún movimiento agrario o algo por el estilo.Lo suyo era trabajar y trabajar, como única estrategia para alcanzar el progreso. Se trató entonces de una demanda personal de justicia, por laarbitrariedad dela cual fue víctima.Antes de tomar aquella dramática decisión, el señor acudió a todas las instancias que tenían competencia en la resolución de su problema. En ninguna de ellas encontró el resultado que ambicionaba de manera expedita. Todo lo contrario, en todas las instituciones del Estado a las que acudió, recibió un trato humillante, cruel; excesivamente arbitrario. Además de no darle respuestas convincentes, se burlaron de él de una manera perversa, satírica.
La decisión de utilizar su propio cuerpo como arma de lucha no fue nada fácil. Toda su familia se opuso a lo que consideraron una locura. Pero él estaba dispuesto a llegar hasta lo último, con tal de defender lo que había sido de su familia por tantas generaciones. No se conformará con perderlo todo por un capricho que el dictadorcillo tenía. Todo había empezado por una venganza. Es bien sabido que lo único necesario para ganarse el desprecio de mucha gente, es sencillamente triunfar en la vida. Y eso fue precisamente lo que le sucedió a aquel caballero comprometido con su familia, con su trabajo y con los valores humanos que inculcaba siempre a sus hijos. Él fue un sabio en cuestiones de agricultura. Había logrado una variedad de tubérculo resistente a cierto hongo, el cual estaba haciendo estragos en dicha especie en toda la región. Logró con su ciencia bien estudiada, obtener un producto fuerte, al cual la plaga no le hacía mella. Pronto su idea fue admirada y tratada de imitar. Los productores de la zona habían dejado de sembrar aquel producto excesivamente apetecido en la región, puesto que la única manera de lograr su subsistencia, era aplicando al sembradío un químico excesivamente oneroso; el cual única y exclusivamente, expendía una institución dependiente del Estado.
Ya no resultaba extraño que las manos de los gobernantes, en todos sus niveles, estuviesen comprometidas con los más oscuros procederes. Se trataba de una intensa red de corrupción que cada vez se hacía más grande y más poderosa. El productor había logrado una fórmula, podría decirse que milagrosa, con la cual se lograba un producto que, además de más apetecible al paladar; resultara inmune a esa plaga testaruda que acababa con todo. Había encontrado la solución perfecta, por sólo darle carácter ilustrativo al asunto. Demás está decir que no faltaron los que pretendieron dar con la “fórmula mágica”, sin éxito. Aquella idea milagrosa había logrado importunar de manera tajante al gobierno, puesto que estaban seguros que se les iba a caer el negocio. No convenía que dejara de venderse aquel fungicida que daba tantos dividendos. Había que acabar con ese enemigo cuanto antes más.
La razón de ello no podía ser más mezquina; el caballero en cuestión, había decidido no patentar su idea; sino ofrecerla a sus colegas productores para que progresaran, para que sintieran que Dios está presente en todo. Eso fue la gota que derramó el vaso. Un día se presentó una gran cantidadde “campesinos” sin tierras, con una carta que los autorizaba a invadir la propiedad del ganadero. La ley lo establecía muy claro. Un juez lo ordenó. Una voz autoritaria había hecho la ley, y también había comprado al juez. Cómo venganza sanguinaria, de la noche a la mañana las tierras de ese caballero, fueron tomadas a la fuerza por una serie de facinerosos; las cuales permanentemente secundaban al gobierno en su estela de delitos. Sacrificaronsemovientes por capricho. Los mataron de una manera excesivamente inhumana, con el perverso fin de alimentar un sadismo que nunca sería saciado. La causa de aquella expropiación, fue una desgraciada venganza personal propiciada por un maldito gobernante local, que contempló cómo su negocio se perdía en la nada.
Una mañana apacible el trabajador del campo, cuando intentó acceder a su propiedad después de un fin de semana de sano relax con su familia, se encontró con la desagradable sorpresa. Un vecino con quien había entablado una muy buena relación amistosa desde hacía mucho tiempo, se le acercó despacio. Parecía muy contrariado.Se le notaba ese desencanto,en su expresión poco agradable a la vista. Algo extraño notó el productor en ese momento. Al querer abrir la puerta, comprobó que ciertos implementos que no eran suyos, estaban ubicados en el interior del predio. Antes que hiciera comentario alguno, el vecino le hizo saber que ya eso era de él y de otras personas más.El hombre que de manera arbitraria había violado la privacidad de esas tierras, le indicó al legítimo propietario que él estaba protegido; que él tenía lo que en esos menesteres se denominaba “carta agraria” sobre esas tierras, por lo tanto podría tomarlas para sí, como en efecto ocurrió.
Creyendo que era una extraña broma, el trabajador del campo intentó acceder a lo que hasta ese día había sido su propiedad; pero comprobó muy a su pesar que el cerrojo que llevaba muchos años,posado sobre la gruesa cadena con la que resguardaba la entrada a su finca no era el mismo. Había sido sustituido por otro que lucía muy nuevo. Notó de igual forma, que habían hecho una zanjajusto en la entrada,para que no lograra acceder por esaúnica vía de acceso. Al comprobar que ese fulano estaba hablando más que en serio, el ganadero se indignó, y quiso defender lo suyo. Su esposa y sus tres hijos, contemplaban la escena sin entender nada de lo que sucedía. Cuando él quiso desbaratar todo aquello, para pasar a lo que legalmente era suyo, el vecino lo agredió salvajemente; golpeándolo a mansalva con un grueso leño que tomó del monte cercano, y que había sido colocado en ese lugar de manera deliberada.
Se escucharon gritos que provenían del interior de la camioneta donde, asustados, los familiares del señor se mantenían estáticos. Esa agresiónno amainó su rabia, y quitándose el polvo que había quedado adherido a su ropa y a su piel, se propuso a entrar a su finca. Delmodo más cobarde el ladrónaquel, envalentonado por voluntad macabra del demonio, lo apuntócon una escopeta que también había mantenido oculta;y lo conminó a abandonar lo suyo. Fue en ese momento cuando el mayor de sus hijos, de apenas 17 años de edad, intervino para evitar una tragedia de dimensiones descomunales. A insistencias de toda su familia que le imploraba regresar al vehículo y marcharse, el productor hizo caso y se marchó; no sin antes hacerles ver que regresaría, que no iba a permitir que le arrebataran lo que tanto trabajo le había costado.
Aquel hombre pacífico hasta lo inimaginable y alejado del mundo político, dio inicio a una inmensa batalla para recuperar lo suyo. Acudió a todas las instancias habidas y por haber, en procura de justicia. Nunca sintió encontrarla. Demostraba su excelente educación a cada instante, a pesar de su intenso enfado. Siempre fue razonado en sus reclamos, y se mantuvo en cada una de sus demandas apegado a las leyes.Resultó muchasveces calumniado, tildado de patrañero. En cada una de las dependencias gubernamentales que visitaba a diario,lo llamaban manipulador y maniático.Sentía aquel ciudadano honesto y trabajador,la desidia y la negligente actuación del sistema de justicia. Cada vez que iniciaba una de sus luchas, se sentía aniquilado como ciudadano, al sentir las respuestas obtenidas. Nunca se dio por vencido, y antes de tomar aquella funesta decisión, continuó siendo austero en sus reclamos, muy comedido. Sí cometió ciertos excesos en un principio; pero definitivamente aquellasplétoras fueron ejecutadas contra él mismo, contra su propia humanidad. Nunca llegó a maltratar a nadie. Cuando decidió apartarse de todo y buscar aquel lugar solitario en el cual se encadenó a un grueso árbol, tal como lo hiciera el fundador de la estirpe, personaje principal de una de las mejores novelas que he leído; se le judicializó y fue colocado bajo vigilancia policial, como si se tratara de un individuo peligroso.Con aquella pertinaz vigilancia, tal vez quería alguien cerciorarse de que no hiciera fraude comiendo algo a escondidas.
De esa manera, muy pasiva, llevó a cabo sus protestas; seis huelgas de hambre. Se cosió hasta la boca inclusive. El desespero de ver a su familia en plena calle, puesto que fueron despojados de todo cuanto tenían, incluyendo su casa de habitación; fue clave para tomar tan calamitosamedida. El productor del campo fue excesivamente cruel consigo mismo. Trataba de esa manera, de llamar la atención de los organismos competentes en su lucha desesperada por recuperar lo que tan arbitrariamente le habían despojado. Su desespero crecía con el tiempo. Al ver que sus demandas no obtenían las respuestas que consideraba merecer, actuó con mucha más firmeza contra sí mismo. Fue así como notificó a los medios de comunicación, que se ibaa cercenar uno de sus dedos. De alguna forma lograría captar la atención del ciudadano Presidente de la República, para que este ordenara resarcir,lo que era considerado por la opinión pública como un agravio.
Había convocado a una rueda prensa. Precisamente frente a las cámaras de televisión que se apresuraron a transmitir el hecho a nivel nacional e internacional, procedió a la mutilación.Los medios grabaronaquel show dedesmedido espanto.El agricultor desafió a todo un sistema. Su proceder fue una especie de alerta. Necesitaba verter sobre quien se enterara de su suplicio, una realidad. Y no solamente la vivida por él. Fue una decisión que tomo en nombre de supaís. En nombre de una República actuó, de esa manera fue entendido por gran parte del pueblo; aunque los seguidores del demoníaco gobernante lo tildaran de loco. Su decisión gritaba que bastaba que una élite política decidiera sobre la vida de todo un pueblo. No era posible que el gobiernometiera la mano en todo. Que decidiera, por complacer a un funcionario corrupto, despojar de todo cuanto le daba la gana, a quien le diera la gana. Su caso trascendió a escalas internacionales, y fue elevado por grupos defensores de los derechos humanos; precisamente hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos.