habían sacado del país o que estaba preso. En la comodidad de una suite presidencial, aquel ser miraba cagado de la risa, aquella despampanante comedia que nos hizo ver como las personas más imbéciles del mundo. A los tres días,(continuando de esa manera con el teatro) el anciano fue sacado a patadas del palacio de gobierno, y mandado junto con toda su familia al exilio con varias maletas colmadas de dólares debajo del brazo a vivir la dulce vida; como premio a su destacada actuación, digna de un reconocido premio de la academia.
El país se llenó de gente salida de todos los rincones, en demanda de que les regresaran a su presidente. Las banderas ondeaban por todas partes, y el himno nacional era entonado de manera ininterrumpida. La oposición se escondió temerosa de aquella estampida humana, la cual amenazaba con llevarse por delante a quien fuere, sino le devolvían a su salvador. De repente se hizo el milagro. El mago sacaba de su sombrero mágico, la tan esperada sorpresa. Se completó la ridiculez más grande que había contemplado en mi vida. En los cielos de la capital, se observó a un helicóptero sobrevolar despacio. La misma nave en la que se habían llevado detenido a “El Maligno”, para más detalles. Sobrevoló durante al menos media hora. Repentinamente se observó a alguien que se asomaba a la ventanilla mientras el aparato aterrizaba. Era él. El hombre había regresado. Dios había hecho dado respuesta a tantas súplicas. El hombre que tanto bien le había hecho a la patria, regresaba a continuar un trabajo sagrado. En sus manos, el crucifijo heredado de su santificado bisabuelo,se pudo contemplar nuevamente. Al bajar de la nave, su cara colmada de aflicción denotaba un sufrimiento extremo. Nadie se explicaba cómo era posible, que las manos criminales de la oposición hayan llegado tan lejos, deponiendo a un hombre que era prácticamente un santo. Regresó a su silla de terciopelo roja, desde donde continuaría gobernando por los siglos de los siglos.El pueblo creyó nuevamente en ese desgraciado.El pueblo entonces, resultó el principal artífice de su propia desgracia.
Me sentí derrotado al igual que mis compañeros de ideales. Nos parecía una cruel pesadilla todo lo que se estaba viviendo. Aún hoy por hoy, sigo creyendo que no es posible que nos hayan engañado de esa manera tan vil. Quisimos librar al país de semejante bestia, pero mientras ese perverso ente estuviese protegido por el diablo; no existía manera de que el infortunio dejara de perseguirnos. Regresó a su trono diabólico, desde donde continuaría sumiendo al país en la miseria; una miseria que se escudaba tras el antifaz de un movimiento populista, el cual desde un principio, había comprado las conciencias de un pueblo que ávido de pan; el mismoque recibía aquellas limosnas, como un maná venido desde el cielo por obra divina. El hombre había renacido de sus cenizas, cual Ave Fénix, después de soportar estoicamente una arremetida inclemente de la oposición “rancia”. El mismo que había sido víctima de un ataque sistémico fraguado desde los Estados Unidos,en complicidad con la derecha “apátrida” que le adversaba. Había regresado al lugar de donde nunca debió haber partido. Eran esas las exclamaciones que se escuchaban por doquier, desde que por obra y gracia de la divinidad; había sido revertido el golpe de Estado llevado a cabo por quienes aún respiraban por las heridas. Eso significaba la crónica de una desgracia anunciada, emulando un poco a un grande de las letras.
Todo cambió desde entonces. A la luz de un agradecimiento inmenso a aquellos militares que fueron pieza fundamental en aquella añagaza sin precedente; desde entonces se notó unrealce del protagonismo castrense en el ejerciciode la administración pública, sobre todo en los cargos de alta gerencia. Cada vez se afianzaba más, la participación de los uniformados en todo lo referente al funcionamiento de las actividades, hasta ese entonces coordinadas por civiles. Y el pase de factura de los países vecinos que habían dado ciertas orientaciones, no se hizo esperar.A raíz de eso, comenzó a fluir el petróleo de una manera más generosa. El pensamiento socialista dictaminaba que: “había que cooperar con quien lo necesitara, como los hermanos que somos”. Tiempos después, los gobiernos regionales serían ocupados por militares, así como los principales puestos en el tren ministerial. El ingreso de extranjeros a nuestras tierras se multiplicó de manera colosal, no como refugio ni mucho menos; sino para coadyuvar en el “desarrollo” de nuestra patria. Cooperación lo llamarían los aduladores. Intercambio de bienes y servicios, decían los más creídos.Hasta llegaron a pronosticar que íbamos a ser como aquellos seres, los cuales habían sido esclavizados durante décadas, por un viejo dictador acomplejado y enfermo de poder.
Desde que regresó al poder no dejaba de pronunciar a Jesucristo en ningún momento. Muchos creyeron en un verdadero arrepentimiento. Sus programas dominicales, antes utilizados para vilipendiar sin miramientos a sus adversarios; eran desde entonces utilizados para la reflexión. Casi que evangelizaba en sus alocuciones, puesto que la palabra de Dios era una constante. Llevó a cabo una serie de obras de importancia innegable. Pero al mismo tiempo y de manera muy simulada, invertía grandes cantidades de recursos condicionando con ello, campañas electorales y gestiones degobierno de ésta parte del mundo;aupando con ello, sembrar una ideologíaen el continente. Gracias a esa brillante idea, una serie de personeros de la política de esos países comenzaron a idealizarlo, a hacerlo sentir una especie de deidad entre los mandatarios anarquistas que estaban surgiendo. Hacía creer en una rectificación de actuaciones equivocadas y medidas impropias.Continuaba derrochando nuestras riquezas, y afianzando una amistad más allá de lo normal con el viejo líder de una revolución olvidada. Esa amistad rayaba en la idolatría, en la sumisión; en algo que iba más allá de una simple relación de homólogos. Aquella relación entre ambos mandatarios, crecía día a día yendo más allá de la ayudaenergética. Se desbocó hacia infinidades deacuerdos de reciprocidad en numerosas materias como la salud, la instrucción educativa y la seguridad.
Poco después de su regreso, y a pesar de aquella cara de mojigato, quienes fueron sus compañeros de armas en aquel acto sedicioso y que posteriormente habían ocupado cargos de relevancia colocados por agradecimiento o recompensaos; se alejaron de su lado. La razón, el empecinamiento del mandatario de abandonar los planteamientos originales de aquel movimiento, nacido hacía ya muchos años en aquellas reuniones aisladas de un todo; en las cuales se meditaba acerca del futuro que debería corresponderle a la patria. Uno de ellos, religiosos hasta los tuétanos y gobernante de uno de los Estados más habitados del país, se pasó al bando contrario. Se convirtió con esa decisión sabia, en la figura más destacada de una oposición retrógrada, trinchera desde la cual, enfrentaría hasta la muerte a su otrora cómplice. Se batieron a muerte en unas elecciones amañadas. El “salto de talanquera” duró muy poco, ya que tiempo después, cuando se le terminó el dinero mal habido; regresó con el rabo entre las piernas, a doblar rodillas ante la divinidad que significaba para esos desvergonzados el mandatario.
Mientras tanto, la compulsión de viajar a la isla de su ensueño se mostraba ya fuera de lo común. Dejaba el puesto en manos de quien fuera, para ausentarse casi que semanalmente. Y cuando no iba, él barbudo venía a nuestras tierras. Era una especie de embrujo, una loca obsesión por recibir un adoctrinamiento; o por sea lo que fuere. Lo cierto del caso, fue que hasta a la esposa la mandó por un tubo, y nombró a una de sus herederas a cumplir las funciones que otrora cumpliera ella; actividades que por lo general eran llevadas a cabo de manera consuetudinaria por la esposa del primer mandatario nacional. Todo parecía haber dado resultado, pues a la vista de todos, el tipejo parecía redimido por la piedad de Dios, más, su trato con satanás no amainaba; contrario a ello, aumentaba a medida que transcurría el tiempo. Y el tiempo en mi patria en ese momento era prácticamente oro. A diario se extraían del subsuelo más de 3 millones de barriles de petróleo, los cuales se cotizaban cada uno de ellos, en más de 100 dólares americanos. Cifra record, tomando en cuenta que su antecesor manejaba cantidades menores a 10 dólares por barril. La época de una bonanza sin precedentes regresó, y eso significó lastimosamente pan para hoy y mucha hambre para mañana. Llegó con sus regalos millonarios, a convertirse en una especie de protector de los necesitados. Defendía su ideología más allá de nuestras fronteras.
Recordé en ese momento, un instante que había llegado de ese futuro que ya se había convertido en mi presente. En esa visión que en su momento resultó futurista; pero que no dejaba de advertirme de un mañana perverso, se evidenció a un mandatario que en su intrepidez de desmantelarlo que tanto vociferaba, undiseñonorteamericano de "dominio, aprovechamiento y latrocinio a los pueblos", pretendiósuculentosacuerdos comerciales con China, ejecutógrandes adquisiciones de armas a Rusia y fraguó una alborotadora "coalición antiimperialista" con Irán, para lo cual utilizó una alocadareciprocidad de galanterías. No bastándole con eso, nuestrogobernanteasistió a una decisiva reunión con la mayoría de los dictadores del mundo, los mismos que odiaban a Occidente, como el iraquí, el zimbabwo, el sudanés y el bielorruso. Más adelante, apoyaría de manera incondicional al gobernante libio y al sirio. Para nadie resultaba un secreto, que se trataba detiranos sin escrúpulos;autores de cruentas represiones.Lo curioso de aquella ridícula animadversión que sentía ese hombre contra el gigante del norte, era que nunca llegó a dejar de venderle la inmensa cantidad de petróleo que llevaba a cabo diariamente, ni a dejar de comercializar con esa potencia; todo ese caudal de bienes que llegaban desde allá también a diario. Le encantaba la moneda de su enemigo.
Una tras otra su partido de gobierno ganaba elecciones, hasta llegar a teñir con el despreciable color que caracterizaba a esa organización política, el mapa electoral de la nación. Realmente eran unas verdaderas fiestas electorales. La gente salía bien temprano a ejercer el sufragio, pues luego de cumplir con ese sacrosanto derecho; recibirían un exquisito regalo, generalmente en metálico. El día de cualquier elección, en mi país se libaba más aguardiente que de ordinario; producto de aquella compra compulsiva de conciencias. Se portó a la altura de su investidura por un tiempo sumamente breve. Cuando sintió que los problemas de la cotidianidad hacían olvidar todo lo bueno, y también lo malo que habían sucedido; regresó a sus andanzas. Volvió a vilipendiar a quien se le antojara. No medía el alcance de sus actos. Su discurso y sus procederes dividían al país entre moralistas (quienes aplaudían a todos sus idioteces), y corruptos (el resto del pueblo); lo cual reflejaba un malicioso sectarismo, pues el contrincante pasaba a ser un discrepanteun enemigo a muerte a quien no se trataba de convencer sino destruir. Los “deshonestos” constituían la oposición a la cual unificó satanizándola. De allí que siempre hago referencia, cuando recuerdo ese episodio nefasto del oscuro pasado de mi país de que: “cada ladrón juzga por su condición”.
Mientras tantos, continué recibiendo las visitas de mis ya amigos fantasmas. Era tal lo asiduo de aquellas apariciones, que debo confesar sin temor a que alguna vez se me tilde de desequilibrado mental; que hasta me hacían falta aquellos espectros. Me visitaban con mucha frecuencia. Quienes se presentaban con más periodicidad eran por supuesto, mi abuelo; también lo hacía el novelista y el general que pretendió modernizar el país. En ocasiones llegaba quien fuera un férreo dictador en los albores de un siglo que recién había llegado a su final, y el pequeñín que fumaba pipa.En dos oportunidades se presentó ante mí, colmado de una fatiga inmortal; Hermenegildo (Merejo), quien había sido una de las tantas víctimas del Honorable, y que había perecido bajo las torturas de ese dictador. Cada vez que se presentaba, aquella estela de larvas caía incesante desde sus testículos, para mejor decir; desde aquella zona amorfa que debieron contener aquellos órganos nobles, y que él mismo decía que habían sido extirpados a carajazo limpio.
En esa oportunidad me visitó el novelista. Siempre que él se presentaba, lo hacía justamente en el momento en que estaba absorto en mis lecturas. Aquella noche leía:“Las aventuras de Tom Sawyer” de Mark Twain:“Cuando Tom llegó a la casita aislada de madera donde estaba la escuela, entró con apresuramiento, con el aire de uno que había llegado con diligente celo. Colgó el sombrero en una percha y se precipitó en su asiento con afanosa actividad. El maestro, entronizado en su gran butaca, desfondada, dormitaba arrullado por el rumor del estudio. La interrupción lo despabiló:
-¡Thomas Sawyer!
Tom sabía que cuando le llamaban por el nombre y apellido era signo de tormenta.
-¡Servidor!
-Ven.”
Cuando sentí aquella gélida brisa, en medio de una noche extremadamente calurosa, comprendí sin lugar a dudas, que uno de mis visitantes de ultratumba estaba haciendo acto de presencia. Cuando pude observar aquel rostro magno, al cual yo admiraba tanto, mi corazón nuevamente se precipitó y palpitó con más frenesí que de ordinario. Sus miradas se dirigían a mí denotando una ternura que nunca más volví a sentir de nadie que no fuere mi madre y mi hijo. Al principio, no me decía nada con aquellas sabias palabras que pronunciaba con excelsa exactitud. Lo hacía con sus miradas, aunque yo me sintiera tan nervioso, pues esas miradas me intimidaban. Me daba la impresión que con ellas, me reprochaba algo. También me parecía que con ellas me felicitaba por algo. De todos modos, en esa ocasión luego de mirar largamente el libro que ya había colocado sobre la mesa, hizo uso de sus palabras. Con ellas me expresó un hondo pesar que lo embargaba de manera inocultable. En ese momento, pude notar que el brillo poderoso que en otras oportunidades contemplé, y que llegué a admirar y hasta a extrañar, estaba ausente. Sus apagadas miradas dejaron de posarse sobre aquel libro, para dirigirse nuevamente a mí. Luego de ello me dijo tiernamente:
“Muy buen libro. Te felicito muchacho por esa extraordinaria inclinación hacia la buena lectura. Además de felicitarte, te daré un consejo; busca en la constitución hijo. En ella encontraras la única salida que por la vía pacífica, tendrán para salir de ese hombre. Si siguen esos pasos de manera determinante, saldrán de ese demonio, quien de manera despiadada los conducirá hasta la más profunda miseria que se pueda soportar; la miseria moral”. Después de haber expresado aquella especie de acertijo, desapareció dejando una estela de misterio a mí alrededor.
Esa madrugada me desperté agitado.Un llanto lastimero me sacó del mundo de los sueños. Eran aproximadamente las tres de la mañana, y estaba yo en lo más intenso de un merecido descanso. Ese llanto temeroso indujo mi despertar, me invitó a pensar en la gravedad de un suceso. En efecto, ese sollozo era de aflicción, de temor; de impotencia. Era el llanto de una dama que luchaba contra lo que nunca quiso que sucediera, y lo que nunca además, imaginó que ocurriría; aunque por cuestiones de la naturaleza, sabía que habría de ocurrir tarde o temprano, puesto que a todos nos ha de suceder. Me levanté de mi lecho.La luz de la sala llegaba directa a través de la puerta abierta, y pude observar allí a tres damas que conversaban de algo que desde mi óptica, se suponía grave.Identifiqué en medio de mi absorto, y aun confundido a Francelina que conversaba con tres de sus hermanas, a saber: Mervin, Evelin y Glenis. Pude notar un desmedro en sus sempiternos tranquilos procederes, ya que a todas luces se notaba una extensa preocupación en sus gestos, en sus pasos insistentes, en sus palabras, en fin; en todos sus actos. Mi señora procurabacalmarlas; pero ni siquiera ella misma lograba mantener la serenidad. Me extrañó sobremanera ese suceso, y a esa hora del día, por lo que aún con mi mente amodorrada como estaba; pude darme adecuada cuenta de que ciertamente, estaba sucediendo algo extraordinariamente grave.
Me incorporé de la cama, y un leve desvanecimiento me hizo trastabillar; por lo que vacilaron mis pasos. Era la brusquedad de una hora, pensé, lo que hacía titubear mi caminar; por lo tanto decidí quedarme inmóvil e impávido, mientras el leve contratiempo pasaba. Por fortuna, al instante pasó el incómodo malestar y decidí continuar mi andar hacia la sala de baño. A mis oídos aún llegaban las angustiadas voces de las damas que expresaban algún infortunio. Hice en el baño mis necesidades naturales con algo de prisa y al salir, comprobé que las mujeres ya no estaban en la sala. Me vestí y al buscarlas en el resto de la casa, descubrí que la habían abandonado. El desasosiego se apoderó de mí, y traté de orientarme en aquella situación que turbaba mi ser al punto de saturarme de desespero. Corrí hasta la habitación de Alberto y él estaba profundamente dormido; era lógico que estuviese sumido en un sueño placentero a esa hora.
La casa era preciosa. Me senté en mi sillón favorito mirando constantemente el teléfono, en espera de que Francelina me llamase para enterarme de una vez y por todas, de lo que estaba ocurriendo. En virtud de que la noche anterior había permanecido en mi trabajo sin descansar un instante, tal como se lo hice saber; sería por ello que no quiso despertarme cuando mis cuñadas llegaron a casa a comunicarle ese algo que supuse en ese momento que era terrible, puesto que de no haber sido así, no hubiese salido de la casa a esa hora de la madrugada. Era una sala amplia e iluminada, donde lo riguroso de un decorado concordaba con un buen gusto supremo. Varios óleos decoraban las paredes de la estancia, y una lámpara colgante que parecía una lluvia de cristales, regalaba una luz armoniosa que permitía aquella vasta claridad. Transcurrió el tiempo, y en esa espera me sorprendió una mañana llena de sorpresas. No pude hacer nada más que esperar, ya que ella se había llevado nuestro vehículo y no pude trasladarme a casa de mis suegros; puesto que supuse que era en ese sitio, donde estaba sucediendo aquello que supuse trágico.
Al cabo de haber tomado un desayuno improvisado, el repicar del teléfono me sacó de aquel mutismo forzado. Tomé el aparato, y pude escuchar la voz angustiada de Francelina que me comunicaba entre sollozos, que su padre estaba gravemente enfermo. De pronto me tropecé de lleno con una densa estela de recuerdos que traían la figura de un noble anciano. Don Argenis, sí, mi querido viejo, como siempre le dije desde que conocí a quien en ese entonces era mi novia. Llegó a representar una figura paterna, la cual siempre respeté y amé. Aquel anciano algo gordo y de corta estatura, con un cabello ralo y bien blanco; llegaba a mi mente en ese preciso momento de profundo pesar. Me apesadumbró mucho la noticia de la enfermedad de mi querido suegro. Presentó súbitamente un dolor abdominal, y enseguida lo llevaron al médico. Ya en la clínica, la valoración arrojó una obstrucción intestinal. Al momento lo prepararon para ser intervenido quirúrgicamente. Fue después de la decisión quirúrgica, y antes de ser llevada a cabo, cuando se apersonaron mis cuñadas a llevarle la novedad a Francelina, puesto que no quisieron dársela por teléfono, temiéndole a la reacción de ésta.
No pude permanecer estático en la sala ni un segundo más, por lo que caminé sin saber a dónde dirigir mis pasos; como consecuencia de aquella enorme incertidumbre que estaba enfrentando, al no saber que estaba sucediendo con mi viejo. Mi esposa acordó conmigo en buscarme tan pronto le fuese posible.Para tratar de tranquilizarme, me trasladé hasta el pequeño recinto perfectamente decorado. Era mi privado, el mismo estaba ubicado justo frente a nuestro jardín.Antes de entrar a mi trono, aspiré todo el aire que me fue posible. Unespectacular aromame acarició profundamente. El jardín de nuestra casa, significaba más que un edén, todo un orgullo. Cada vez que entraba a mi privado, mi vida se tornaba fascinante. La biblioteca significaba mi tesoro.Había en ese perfecto sitio, un escritorio y un estante de madera pulida. En el escritorio pernoctaba un moderno aparato, hija predilecta de la tecnología;y se presentaba a sí misma, como una dama imponente y reina de un espacio. Mi biblioteca adornadaera de una modestia sin límites.Poseía en su haber, una gran cantidad de esos amigos que nos llenan de sabiduría, eran libros de tapas bellas que contenían en sus corazones; muchas enseñanzas. Tomé por casualidad, mientras miraba a mí alrededor, un ejemplar muy delgado, pero igualmente bello. Dentro el mismo, permanecía una pieza de papel. En ella había un escrito. Recordé que lo había realizado hacía muchos años. Aún no había nacido mi hijo.
Leí en esa página, una composición perfecta que trataba del amor maternal.Me estremecí de tristeza. Aquellas letras vertía sobre mí, extensas toneladas de ternura y amor hacia mi madre. A medida que consumaba aquella lectura, mis ojos se colmaron de sufridas lágrimas que atraían hacia mis recuerdos, la imagen sagrada de mi madre. Ella se presentaba tan bella.Llegaba a mí con su sonrisa eterna, con sus ojos exquisitos color miel. Y con su imagen llegaba su voz de arrullos, sus besos de ternura y su tacto de encanto. Parecía que la presencia repentina de ese recuerdo triste, quería hablarme. No era de extrañar que mi madre me expresara algo, ya que ella estuvo al tanto de lo que estaba yo vivenciando. La lectura de aquel escrito me conmocionó en extremo. Me abrazó de inmediato un amor de gran magnitud, al recordar a mi madre que significó la beldad de un sentimiento perfecto, y que significará por siempre; la viva imagen del amor más sublime y puro que jamás pueda existir. Comprobé con aquella estela de melancólicas evocaciones, que algún episodio funesto se acercaba. Me lo indicaban mis recuerdos.
Alberto despertó, y alno encontrarme en la recámara, se trasladó hasta el sitio mirarme donde acostumbraba pasar buena parte del día.Se me acercó extrañado de que me encontrara allí a esa hora de la mañana, puesto que de ordinario me encerraba a escribir pasadas las dos de la tarde. Se había enterado de lo que estaba pasando con su abuelo, supongo que escuchó la conversación que hacía poco había sostenido con su madre. No me extrañaba ya que mi voz recia, se escuchara desde cualquier sitio de la casa. Al cabo de dos horas aproximadamente, escuché la bocina del carro. Francelina me estaba esperando. Para ese momento, ya nosotros estábamos esperándola desde hacía rato. En vista de su estado nervioso decidí conducir. Poco me gustaba hacerlo, y a ella le encantaba, por esa razón era ella quien por lo general lo hacía. Minutos después llegamos a la clínica, y los pasos apresurados de ella me hicieron prácticamente correr. Subimos una rampa inmensa, en detrimento de mi rodilla enferma y pronto llegábamos a una sala de estar, la cual estaba completamente tomada por integrantes de la familia y muchos amigos. Francelina lloraba en silencio al igual que doña Elina y mis cuñadas. Estaban en ese sitio además, algunos parientes cercanos.
Mi querida suegra se notaba muy abrumada. Caminé hacia ella automáticamente, como impulsado por una fuerza mágica. Una magia que se llama amor, y que siempre condujo mis pasos hacia ella, hacia aquella señora que siempre me había tratado como se trata a un hijo. Todos estábamos aterrados, pues los médicos habían sido muy enfáticos al dar el diagnóstico. Pero no era tanto por el diagnóstico, sino por los antecedentes de mi querido suegro.Era esa maligna cardiopatía la que amenazaba con la complicación mortal que todos temían. Era esa la realidad de aquellas caras con pocas esperanzas. El personal había preparado a mi querido suegro para ser intervenido quirúrgicamente. Nada urgía más en esta vida, que la salud desprotegida de ese hombre que estaba a la orilla de un camino llamado existencia, y era precisamente esa vida la que, tímida y arrogante a la vez; se ubicaba en un rincón difícil de observar, y desde donde partiría en el momento más inesperado para nunca retornar.
Al sentirme cerca, mi suegra me miró tiernamente. Sus ojos acusaban una temeraria insistencia de llantos, a juzgar por el color que demostraban y aunado a ello; una constante obstrucción nasal completaba el triste cuadro. Le respondí yo a su mirada con otra semejante. Mi querida y tierna suegra, sufría atormentada por la desdicha de saber que era muy probable que el hombre a quien se entregó en cuerpo y alma para toda la vida, se marchara físicamente de su lado. Su cabello grisáceo y muy corto, era característico en ella desde que la conocí aquella tarde lejana en la que conversé por vez primera con ambos debajo de un cují. Sus sabios consejos eran determinantes para quienes buscábamos las enseñanzas de sus experiencias sabias, y era ella, con una eterna paciencia y un humor exquisito; quien se encargaba de desear lo mejor de lo mejor y de facilitar los caminos. Frente al sitio que ocupaba mi adorada madre política, pernoctaba su fiel e inseparable compañero; un bastón ligero del que se valía para dar los pasos en la vida, desde que poseía en su rodilla izquierda una prótesis que la rescató de las férreas garras de unaprematura invalidez.
En ese momento su rostro parecía otro.Era un rostro cargando una pena exagerada. Era una tristeza aunada a un miedo, y a una incertidumbre ya insoportable. Me dirigió unas leves palabras temblorosas preguntando por mis cosas.Le respondí con cariño y en baja