Fue así como, aprovechándose de un fenómeno natural, el cual arrojó una inusual precipitación de varios días, quiso atacar a fondo el problema de la destrucción de muchas viviendas. La cantidad de damnificados era insuperable. Por esa razón “ordenó” al poder legislativo, el cual estaba subyugado a sus enteras órdenes, que lo habilitara para crear decretos con fuerza y rango de ley a su total antojo. La explicación dada a toda la nación era que, dada la emergencia provocada por las lluvias, necesitaba por medio de un decreto con visos de ley, resolver toda aquella desgracia. De inmediato los brazos de sus vasallos se elevaron en son de sumisión, aprobando de manera unánime aquella aberrante petición que produciría aún más daños. Se dejaba a un buitre cuidando carroña. Seguidamente

