La jaula del lobo La caminata por el bosque parecía interminable. Viviana sentía cada paso como una lucha interna: por un lado, quería despegarse de Leonid y respirar, ser libre. Pero, por otro, el magnetismo de él era tan aplastante que cualquier intento de alejarse parecía inútil. Leonid caminaba a su lado, su mirada fija en los alrededores, pero su mente evidentemente anclada en ella. Cada vez que una rama crujía o el viento soplaba demasiado fuerte, él extendía un brazo para protegerla, como si el mundo entero fuera una amenaza que solo él podía enfrentar por ella. —¿Qué piensas? —preguntó Viviana finalmente, rompiendo el silencio. Leonid la miró de reojo, sus ojos oscuros y enigmáticos. —Pienso que deberías estar más cerca de mí. Aquí fuera hay demasiados peligros —respondió, su

