RECUERDOS
Días más tarde, luego del episodio del café, fueron varios los días en los que Mila no había vuelto a ver a Erick, éste no había regresado por su casa y su hermano no había mencionado nada con respecto a él, simplemente parecía haberse desaparecido, esfumado por completo sin dejar rastro, y eso en cierta forma afectó a Mila, sin saber porqué, en ocasiones se sorprendía pensando en aquel atractivo joven, además también en sus increíbles ojos azul marino, en su maravillosa sonrisa, en su increíble cabello color café y en esa impresionante mirada que tenía y eso la desconcertaba bastante, ya que, lo había conocido hacía tan solo unas semanas. Para ser sincera, no tenía recuerdos de ellos jugando cuando eran niños, no recordaba haber visto a Erick en ningún momento por su casa o por los alrededores de la hacienda, simplemente dudaba de haberlo conocido cuando era solo un pequeño dada su diferencia de edad, quizás por eso, le sorprendió tanto conocerlo aquella noche y saber que era tan amigo de su hermano, en fin, para ella no había existido hasta aquella noche.
Sentada en el sofá, decidió seguir plasmando aquellas locas ideas que surgían en su cabeza dentro de uno de los tantos archivos de su portátil de dónde seguramente nunca saldrían. Era loco aquello, ella tras la situación con sus padres se había cerrado a creer en el amor y todo lo que a él se refería, no imaginaba una vida junto a alguien y mucho menos confiando en alguna persona durante el trayecto de su vida, pero, aún así allí estaba, escribiendo libros y más exactamente libros cursis con historias llenas de romance, ternura y pasión, con respecto a esta última una pasión bastante inocente dada su poca experiencia, pero que al final de cuentas se incluía en el amor de parejas, en una relación. Estos tres factores para ella eran fundamentales y siempre lo tuvo muy claro, tanto que incluso hacía tres años cuando apenas comenzaba la aventura de escribir, esos tres factores habían estado muy presentes en su primera obra.
Distraída y concentrada con lo que hacía en el portátil con aquella increíble historia que escribía, Mila no se percató de dos personas que hacía tan solo unos minutos habían entrado a la casa y ahora la observaban con bastante atención.
Erick y Arturo, habían llegado a casa de este último unos minutos atrás para poder comer y luego irse a la reunión a la que habían acordado ir esa noche para divertirse un poco y salir de la estresante rutina que, tanto su amigo como él tenían. Se habrían ido de una vez a comer en otra parte y toda la cosa, pero había un pequeño factor que había afectado su operación perfecta, ¿qué era?, la respuesta era bastante evidente: Mila. Sí, la pequeña jovencita que en ese momento se encontraba sentada en posición de indio con aquella computadora que su hermano bien conocía, tan concentrada en lo que hacía que ni siquiera había notado la intrusión de ellos a la enorme casa.
Resulta que su madre había tenido una urgente reunión de trabajo por la cual le tocó viajar y fue entonces que le avisó que debía cuidar de Mila, su hermanita menor, ¡Y cómo no! esa niña era lo que ellos más cuidaban en el mundo entero. Así que, con cierto pesar, informó a su amigo que antes de irse de fiesta debía ir a ver cómo estaba su hermanita, verificar que comiera y no lo olvidara metiéndose de cabeza en aquel computador y luego de dejarla bien encerrada irse de fiesta con Erick y las amigas que encontró para ellos. Lo bueno de todo aquel asunto era que, Mila era una buena chica, era una niña de su casa dedicada a su soledad cuando estaba dentro de cualquiera de sus locas actividades y no era dada a la vida social ni a los alborotos de la “juventud actual" tal y como le decía, siempre que podía se olvidaba del mundo y se centraba en el de ella sin importarle quedarse en absoluta soledad y silencio en aquella gran mansión, cosa que él no podría hacer con facilidad, pese a ello y a qué no la entendía, daba gracias a Dios por su manera de ser, le aliviaba bastante la cosa cuando se encontraba en situaciones como esas.
Al estar frente a ella y notar que ella no pretendía levantar la cabeza, intentó llamarla por su nombre.
- Mila - dijo y fue entonces que ella se dió cuenta que su hermano y su amigo estaban frente a ella observandola con bastante atención, uno con cierto reproche mirando de pasada su portátil y el otro con curiosidad, de forma correspondiente.
- ¡Oh, hola! - dejó el aparato a un lado para ponerse de pie y acercarse a ellos con una linda sonrisa - No los escuché llegar, no sabía que vendrían hoy - besó la mejilla de su hermano para alivianar su expresión de enojo por su descuido y luego miró a Erick dando un leve asentimiento que él correspondió a modo de saludo, lucia sumamente guapo ese día.
- Tranquila, pudimos darnos cuenta - dijo él con cierto reproche en la voz - Ya veo porque mamá me pidió que viniera a verte.
- ¡Ay Arturo, deberías relajarte un poco! No seas tan histérico hermano, ni que fuera una niña pequeña - rodó los ojos, siempre era lo mismo con él. Ante ese gesto y el precioso gesto de enfado que tenía su hermana, Arturo no pudo sino sonreír, ella era una debilidad para él.
- Pues para mí si lo eres y yo creo que ni una niña pequeña es tan despistada como tú - recriminó.
- Bueno, para ya de regañarme - pidió haciendo puchero y luego con una sonrisita añadió - mejor dime, ¿qué hacen por aquí? ¿no ibas de fiesta está noche?
- Pues sí, pensaba ir de fiesta está noche con el señor aquí presente - señaló a Erick quién solo miraba la escena con un gesto entre divertido y confundido - pero mamá me llamó y me avisó que estabas aquí y entonces vine a ver cómo estabas antes de irme, pero ahora con tu imprudencia no sé si sea sensato dejarte sola.
- ¡Ay, Arturo! ¡Por Dios, no seas así! - dijo la jovencita disgustada - Yo no soy ninguna imprudente, solo estaba un poco distraída.
- Ajá, lo notamos, corazón - miró a su amigo quién solo sonrió sin poder creer lo que veía - ¿ya comiste? - inquirió con curiosidad ante lo que ella negó, tampoco había preparado la comida.
- No, pero eso tiene justificación - intentó explicar a su hermano.
- Si, claro - rodó los ojos - Supongo que sí - negó - ¡Eres el colmo, Mila Harper!
- No me digas eso, es solo que aún no tenía hambre y como ustedes no estaban, ¿para qué iba a preparar comida en ese momento? - dijo con lógica en sus palabras, mirándolo a la espera de lo que diría.
- Tiene sentido su explicación - escucharon en ese momento la voz de Erick ayudado a la jovencita a salir del rollo en el que estaba metida con su hermano, sabía lo sobreprotector que este podía llegar a ser en ciertas ocasiones.
- ¿Viste? Incluso Erick me apoya - señaló. Arturo mirando a Mila quién intercambió una mirada agradecida con su amigo, luego mirándolo a él que le guiñó un ojo cómplice y correspondió a su mirada y volviendo la vista a la chiquilla, suspiró.
- De acuerdo, jovencita - ella mostró una sonrisa triunfal en su rostro - Vamos a comer fuera - decidió sin ánimos de esperar a que ella preparara la comida.
- Pero... ¿y tú salida? - inquirió igual - ¿No debías irte? - preguntó después.
- Si, iba a salir después de haber comido contigo, pero dado que aún no está la comida y que se va a hacer tarde si espero más, mejor vamos a comer fuera, luego te dejo aquí y nos vamos - indicó a lo que Erick asíntio, él no tenía ningún problema.
- Pero, si quieren pueden irse de una vez y yo... - está vez fue a ella a quien Erick sorprendió.
- Mila, hazle caso a tu hermano, ven a comer con nosotros y luego te dejamos aquí y nos vamos - insistió mirándola atentamente. Sin estar muy convencida todavía asíntio sin despegar sus ojos de los de él y suspiró.
- De acuerdo - susurró cómo niña pequeña en un evidente tono de resignación - Vamos a McDonald's entonces - apuntó a los jóvenes con gracia - Vámonos - comenzó a caminar hacia la salida no sin antes buscar en el armario su cartera y un abrigo ligero. Su hermano la miró sonriendo orgulloso de su hermana, pero al volver la vista hacía su amigo se dió cuenta de que esté también la veía con una bonita sonrisa, pero su mirada no representaba solo ternura tenía algo más como una mezcla de inocente picardía y fascinación por ella, claro que no llegaba a ser ofensivo aunque sí se sentía extraño.
- Bueno - dijo mirando a otra parte fijando la vista después en su hermana que también miraba por momento a Erick con cierto brillo en sus ojos que no lograba describir - Vamonos entonces.
Y luego de decir eso, los tres salieron de la casa, rumbo a el dichoso McDonald's para comer.
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PRESENTE
Cuando la pareja llegó hasta donde estaba el padre de la joven, con mucho cuidado su esposo la bajó del caballo y luego bajó él, pasando una mano por su cintura sin importarle la mirada asesina que le fijó el padre de ella.
- Buenos días - habló Mila entrelazando la mano con la de su esposo mientras se dirigía a su padre.
- Buenos días - respondió él - ¿Puedo saber quién autorizó la salida de esos caballos del establo? - preguntó con enojo ante lo que ella arqueó una ceja.
- ¿Perdón? - inquirió ella sin entender muy bien el punto de su pregunta - Disculpa, pero creo que no estoy comprendiendo muy bien eso que me dices - se excuso sin importar que esos dos hombres desconocidos estuvieran tras su padre, ella era tan dueña de esa hacienda como él, cómo su hermano y cómo su madre, no iba a permitir que dijera algo como eso.
- No es difícil de comprender, ¿por qué esos caballos están fuera del establo? - repitió. Erick observaba cómo su suegro intentaba por todos los medios hacerlo sentir intimidado, cómo intentaba causar una impresión que si no fuera el esposo de su hija y un hombre seguro de si mismo y de su posición quizás lo hubiese logrado. No entendía porqué tanto enfado al verla con él, ¿qué tenía que no lo aceptaba o al menos intentaba darle la oportunidad? no lo entendía, pero aquella renuencia a aceptarlo en su familia no era normal.
- Pues yo creo que es obvio - dijo ella sin inmutarse por su mala cara - Mi esposo y yo salimos a dar una vuelta por los alrededores y nos llevamos los caballos para revisar las tierras, ¿hay algún problema con eso?
- Claro que lo hay, esos caballos no pueden salir de aquí sin mi autorización - en ese momento ella rió divertida y con cierto sarcasmo por su alegato - ¿qué es lo divertido? - preguntó apreciando la belleza de su hija, sin duda alguna esa niña era hermosa. Erick, mientras tanto sabía que esa risa no era buen indicio, por ende solo la observaba con atención prediciendo cuál sería su próximo movimiento.
- Mira, Augusto - respiró profundo - Te recuerdo que tengo de parte de mi madre un poder absoluto en donde dice que puedo disponer a mi gusto de todo cuanto hay en la hacienda, incluyendo mi caballo y uno que pueda utilizar mi esposo, ¿tienes algún problema con eso? - cuando iba a responder ella se anticipó - Como no hay problema con eso en ámbitos legales, mi marido y yo les pedimos un permiso para retirarnos, nuestro hijo nos está esperando.
- ¿Así que tienes un hijo también? - dijo de repente uno de los hombres que estaban allí dirigiéndose a ella llamando la atención de todos los presentes, en especial de Erick, no tenía idea de quién era y del porqué se dirigía a su mujer con aquella confianza, mucho menos porqué le sorprendía que tuviera un hijo. Ella, sin embargo, no parecía sorprendida sino confundida.
- Si, tengo un hijo - dijo con cierto recelo - Ahora, me gustaría saber, ¿quién eres tú y por qué eso te importa? - preguntó sin soltar la mano de Erick que estaba envuelta en su cintura.
- ¡Oh, claro! Lamento eso - sonrió con coquetería - Soy Mauricio, Mauricio O'Braillen - se presentó - Somos vecinos, ¿lo recuerdas?
- ¡Ah, Mauricio! - asíntio sin ningún entusiasmo reconociendo al chico que en algún momento de su adolescencia la había pretendido - Amor, él es Mauricio O'Braillen un conocido de la infancia, hijo del dueño de la hacienda vecina - lo presentó al darse cuenta de la mirada de su marido sobre ellos dos.
- Un gusto - dijo el otro chico notando la posición de protección que tenía el esposo de la joven.
- Mauricio, él es mi esposo Erick Dankworth - dijo y ambos estrecharon sus manos.
- ¿De los Dankworth de Moscú? ¿la familia petrolera? - inquirió con curiosidad y sorpresa.
- Si, de esos Dankworth - asíntio con orgullo de llevar aquel apellido junto a su nombre.
- ¿Lo conoces? - preguntó Augusto a Mauricio.
- No, solo había escuchado de su familia y una que otra vez ese apellido - dijo restándole importancia sin conocer realmente el alcance y trascendencia de ese apellido en el mundo y todo lo que el mismo acarreaba.
- Bueno - dijo Erick viendo que en realidad no lo conocían ni tenía una mínima de quién era y de lo que podía lograr con solo abrir la boca y decir su nombre, incluso su esposa y su mejor amigo, tan solo con hablar de él podían conseguir cualquier cosa - Mi vida, Diego nos debe estar esperando, ¿vamos?
- Por supuesto - asíntio - Luego terminaré de solucionar el asunto de los caballos - dijo en voz alta para que su padre la escuchará - Hasta luego Mauricio.
- Hasta luego - repitió Erick y tomando firmemente su mano caminó con ella hasta la mansión.
No entendía qué pretendía Augusto con traer a aquel hombre a la hacienda, mucho menos tenía una idea clara de quién era o qué idea tenía al hablarle de ese modo a su esposa, pero si pudo notar que su comentario fue con una voz de aparente sorpresa y por la forma como la miraba y sabía quién era él fue algo falsa, él era bueno acertando a la hora de ver las intenciones con las que una persona decía o hacía algo, y ese encuentro con aquella excusa tan barata no le parecía en lo más mínimo inocente e inofensiva, estaba muy conciente de que al padre de su mujer no le agradaba y por lo poco que podía ver era un hombre que siempre quería imponer su voluntad a costa de lo que fuera, si algo quería Erick era no confiarse de su suegro, algo debía tener entre manos.
En la noche, luego de una incómoda cena familiar en la que su esposa no hizo más que defender su posición como dueña y representante legal de su madre en aquel sitio, en la que casualmente surgió un intercambio ligero de palabras entre ambas mujeres, la pareja subió a su habitación dispuestos a descansar tras aquel largo día.
- Estoy exhausta, mi amor - se quejó ella sobando superficialmente su hombro mientras se sentaba en la cama y lo observaba con una expresión de agotamiento.
- Se te nota - sonrió él con ternura tomando su rostro entre sus manos para acercarla al suyo y robarle un dulce beso en los labios, simplemente no podía evitarlo, era irresistible para él, con cuidado para facilitar el beso se colocó en cuclillas entre sus piernas y fue entonces que ella logró pasar los brazos entre su cuello.
- Ti amo, Erick Dankworth - dijo en italiano, su idioma natal con una pícara sonrisita.
(Te amo, Erick Dankworth)
- Io ti amo dì più - contestó en el mismo idioma con una sonrisa.
(Yo te amo más)
- Eres el esposo más maravilloso del mundo - dijo viendo sus ojos azules.
- Eso es gracias a tí - aseguró quitando el cabello de su cara - No sería quién soy hoy sino fuera por tí.
- ¿Cómo esposo? - inquirió.
- Y como hombre, como padre, como novio y también como amigo y compañero - indicó entrelazando sus manos y besando los foros de estás - Mi niña, hiciste un hombre por todas las de la ley.
- Y tú a una mujer - expresó - Todo gracias a tu apoyo durante todo el tiempo, incluyendo está locura.
- Es un trabajo en equipo - asumió por último - Amor, ¿quién es Mauricio? - preguntó mirándola con curiosidad esperando una respuesta por su parte. Ella ante esa pregunta, frunció el ceño y lo miró ahora extrañada.
- Es un hijo de nuestro vecino amigo de mi padre - dijo lo mismo una vez más extrañada de aquella pregunta por parte de su marido, regularmente no le prestaba atención a las personas y era bastante raro que preguntara por una en particular.
- Humm, ¿y tienen muchos años de conocidos? - inquirió sin saber porqué aquel hombre le había parecido tan intrigante, había algo en él además de la manera de mirar a su esposa y de referirse a ella, que no llegaba a cuadrarle por completo.
- Pues, sí, de toda la vida a decir verdad - asíntio respondiendo sin rechistar a casa cosa que él le preguntaba, sabía que siempre tenía un motivo - Augusto lo ve como si fuera su hijo y desde que éramos niños siempre venía a visitarnos a casa.
- O sea que es muy apreciado por tu padre - dijo más para si mismo que para ella - otra pregunta, amor - dijo y se detuvo a pensar en la mejor manera de decirlo.
- Dime - aceptó ella sin ningún problema, intentando captar por dónde venía ese hilo.
- ¿Él y tú... alguna vez... quizás? - hizo una expresión con sus manos que indicaba algo que Mila entendió al instante, ¡Su esposo creía que Mauricio había estado interesado en ella! ¡Ya se decía! Su esposo era demaciado perspicaz para pasar ese mínimo detalle por alto. Mirándola con atención aguardó a su respuesta.
- No, claro que no - negó rotundamente sin darle paso a alguna confusión por parte de este, ella estaba muy conciente que siempre le había gustado a aquel chico, sin embargo, nunca le dió entrada y luego de salir de allí encontró al único hombre que podía hacerla suspirar, al amor de su vida, su único amor... a él - Él en algún momento de nuestra adolescencia si insinuó algo, también mi padre lo hizo... pero no - negó segura de lo que decía. Erick solo asíntio más pensativo aún, pero una pregunta en específico por parte de su mujer lo devolvió al mundo real - Ahora dime tú a mí - comenzó a sonreír con cierta picardía pintada en su rostro, él solo la observó atento - ¿por qué esas preguntas? - abrazó su cuello y besó sus labios - ¿Es por algo en particular? - lo miró a los ojos con devoción - ¿Estás celoso? - él la miró de la misma forma y con una ligera sonrisita con la que le correspondió negó.
- No para nada, ¿por qué iba a estar celoso? - preguntó haciéndose el inocente - Simplemente quería saber, eso es todo. Hasta donde sé eres mi esposa y él es solo un conocido de infancia.
- ¡Ay, si estás celoso! - dijo divertida abrazándolo con ternura - ¡Erick Dankworth, hace tiempo que no veía esos celos! ¡Ya me estaba comenzando a inquietar! - bromeó con cierta verdad tras de todo eso.
- Ya te dije que no estoy celoso - siguió negandolo queriendo evitar que ella fuera a crear un mal concepto de sus pensamientos, entonces la tomó cargada de la cintura y se sentó sobre la cama con ella a horcadas sobre su regazo - No tengo porque estarlo.
- Claro que lo estás - volvió a besar sus labios y acarició su cabello dulcemente sintiendo las sedosas hebras entre sus dedos - Pero bueno, no te voy a presionar para que me lo reconozcas, me confirmó con saber que tengo razón - rozó sus narices y lo miró a los ojos - Solo te digo esposo mío, que no, nunca tuve nada con él, yo nunca quise aventurarme a cosas como esas, no me parecía el momento apropiado y luego me fuí y... pues, ya conoces el resto de la historia, esa parte en la que llegaste tú y entonces me pareció el momento apropiado para enamorarme así fuera en secreto - terminó diciendo mientras su esposo solo la observaba admirado transmitiendo todo lo que sentía por ella con esa simple forma de verla, era indescriptible la forma en la que sus ojos azules brillaban y su sonrisa aparecía de la nada, algo que solo ella podía lograr - Eres y siempre serás el único hombre en mi vida aparte de nuestro hijo, por supuesto, no debes preocuparte por nada - aseguró.
- Me convenciste - bromeó igual sacándole una leve carcajada a ella que siempre disfrutaba su lado egocéntrico y poco modesto - Ahora solo quiero que sepas que también eres la única dueña de mi corazón, preciosa mía, y he de reconocer que sí, odio pensar que otra persona pueda llegar a mirarte o a tenerte de la misma forma en la que yo lo he hecho, y que tenga o tuviera alguna cosa de tí cómo lo he tenido yo.
- Nadie, escucha bien, nadie se podrá comparar contigo en mi vida, jamás, nadie podrá ocupar tu lugar - sonrió como toda una tonta enamorada - Te amo, Erick Dankworth.
- Yo también te amo, Mila Dankworth - besó sus labios - Muchísimo.
- ¿Mucho, mucho, mucho? - preguntó.
- Muchísimo - asíntio, entonces ella lo abrazó con fuerza y él correspondió acariciando su espalda tiernamente.
- Entonces no debes estar celoso - siguió con su juego de niña chiquita, él captando la idea le siguió también el juego.
- Ya te dije que no estoy celoso - rodó los ojos.
- Si, lo estabas - se rió y comenzó a repartir besos por todo su rostro sin parar - Estás muy muy celosito - llegó hasta sus labios.
- Ya te dije que no - aseguró de nuevo girando con ella entre sus brazos para dejarla bajo su cuerpo - Eres mía y eso nadie puede quitarmelo - ella lo miraba con reto en sus ojos.
- ¡Ah, si! - exclamó - No sabía eso, ¿quién lo
dice?
- Te corazón, tus ojos, tú cuerpo, este anillo que llevas en tu mano... todo - besó su boca de nuevo dejando un pequeño caminito por su mandíbula a su cuello.
- Vas a tener que probarlo - lo retó ella sin más.
- De acuerdo - aceptó - Así será - y sonriendo volvió a besarla en sus labios para pasar juntos un linda, romántica y apasionada noche juntos... más juntos que nunca.