RECUERDOS
Mientras Mila hacia el café Erick la seguía con la vista prestando atención a cada uno de sus movimientos, le gustaba lo desenvuelta que era en la cocina.
- Listo, aquí tienes tu café - le ofreció la taza colocándola sobre la mesa y acercándola hasta dónde estaba él sentado en la isla de la cocina.
- Gracias - dijo amablemente tomándola con cuidado y procediendo a tomar el café de su taza.
- Te advierto que hacer café no es mi fuerte - comentó sentándose del otro lado mirándolo atentamente para esperar su reacción mientras tenía una sonrisa de incomodidad - Desde que recuerdo solo un par de veces me ha quedado en un punto exacto, ni muy cargado ni con sabor a agua.
- Estás muy nerviosa, deberías calmarte - sugirió sin haberlo probado aún, con una linda sonrisa pintada en su rostro - No voy a condenarte si no me gusta tu café - avisó sacándole una risita - Simplemente no lo volveré a tomar hasta que aprendas a hacerlo.
- Eso fue muy cruel - agregó después arqueando una ceja - Vamos estoy preparada para tus críticas, prueba el café.
- De acuerdo, probaré el café e intentaré no ser cruel - propuso bromean.
- Si, no rompas mi corazón - pidió dramáticamente. Luego Erick callando un momento se llevó la taza de café a la boca y lo probó degustando el buen sabor que tenía, no tenía mucha azúcar lo que era bueno, no contenía leche lo que era un punto más a favor y estaba lo suficientemente concentrado. Mila al ver que él solo se mantenía en silencio esperó unos segundos pero después no pudo aguantar la incertidumbre, ¿por qué no decía nada? ¿lo había matado el mal sabor del café? - Erick - intentó llamar su atención, él la miró y aún así no dijo nada - ¿Y? ¿qué tal está? ¿te maté con lo feo que está? - él sin responder expuso una sonrisa de labios cerrados lo cual la desesperó aún más - ¿Puedes decir algo? - exclamó conteniendo la risa, era ridículo que estuviera tan preocupada por lo que dijera el amigo de su hermano.
- Lo siento - se disculpó - La verdad es que esta excelente, es un muy buen café - dijo - Y no, no matarás a nadie con tu café, solo debes ofrecer un poco de azúcar, pero para mí está bien. Está en su punto.
- ¿O sea que aprobé? - él asintió y tomó un sorbo más.
- Definitivamente si, si algún día necesitas trabajo estoy seguro que te contrataría para prepararme café, solo por eso - bromeó soltándose un poco, provocando que ella riera entre nerviosa y divertida.
- ¿Es en serio? - preguntó divertida, sorprendida por su comentario.
- Por supuesto, si todos te quedan así sí - durante un momento que se la quedó observando fijamente a sus ojos cafés y ella correspondió sin ningún temor. Ambos estaban así, en completo y absoluto silencio, con sus ojos fijos en el otro, comunicándose sin necesidad de emitir palabras - Bueno - interrumpió el trance dando otra probada a su café sacándose y sacando a la joven de su hipnosis, no debía olvidar que ella era primero que todo la hermanita menor de su mejor amigo y segundo una menor de edad, no debía fijarse en ella de otra manera diferente a esa, la hermana de su amigo, ni por muy bella que fuera - ahora debemos seguir esperando al impuntual de tu hermano un rato más - miró su reloj disimulando que no había notado el hecho de que ella bajaba la cabeza, algo incómoda.
- Si, él normalmente siempre llega tarde... - comentó en un tono de voz suave - era algo que a... - pausó - que siempre molesta a la gente - corrigió sin querer mencionar a su padre, no merecía la pena siquiera recordarlo para conversar con alguien.
- No es de extrañar - contestó viendo la forma en la que ella se había atajado para no continuar hablando acerca de ese alguien - Estamos en un siglo donde las personas viven corriendo - añadió.
- Si, pero él dice que no va a adaptarse al tiempo de los demás - suspiró mirando su vaso de jugo de naranja - Es muy loco - lo miró de nuevo con una sonrisa.
- Lo sé, es algo a lo que estoy acostumbrado con él - rodó los ojos, y volvió a verla. Era inevitable, la chiquilla era simplemente hermosa.
- Buenos días - llegó Arturo irrumpiendo en la estancia interrumpiendo el momento. Los dos jóvenes sorprendidos disimularon lo que ocurría sin saber porque y miraron a el otro que entraba. Sin embargo, éste notó que el ambiente estaba algo raro, llegando hacia su hermana dió un beso sobre su frente y habló - Hola, linda.
- Buen día, Arturo - sonrió algo nerviosa y tensa por los segundos anteriores.
- Erick, lamento la demora - dijo después a su amigo quién solo observaba la escena, con un gesto que no sabía cómo describir.
- No te preocupes, como le decía a tu hermana, ya estoy acostumbrado - comentó.
- ¡Oh, ya veo! - abrió los ojos - ¡Que dramático, está acostumbrado! - rodó los mismos causando gracia a su hermana menor.
- Es cierto - se defendió divertido admirando la hermosa sonrisa de Mila.
- Bueno - suspiró - Vámonos, señor costumbre - dijo mirando la taza sobre la mesa.
- De acuerdo - se puso de pie - Mila, un gusto verte de nuevo, gracias por el café, estaba increíble.
- Igualmente Erick, muchas gracias a tí también por tomarte el café - dijo de buen humor.
- ¿Café? - preguntó confundido mirándola. A su hermana no le gustaba preparar café ya que decía que le quedaba espantoso.
- Si, café - contestó ella con un gesto inocente. Arturo asintió con sorpresa y obvio lo que pensaba en ese momento. Su hermanita tenía solo diecisiete años y estaba muy seguro de que su amigo no pensaría en ella de forma inapropiada.
- Está bien, vamos - susurró sin darle mayor importancia.
******************* *************** **************
PRESENTE
Luego de su tarde en el lago, la pareja decidió regresar a la casa ya que, Arturo y el pequeño Diego los debían de estar esperando, preparándose, subieron a uno de los caballos atando el otro y con calma regresaron cuando poco a poco veían caer el sol de manera que les regalaba un hermoso atardecer para disfrutar.
- ¿Estás cómoda? - inquirió él a su esposa quien descansaba la espalda sobre su pecho con cierta expresión de relajo en su rostro, amaba poder pasar tiempo con su marido y amaba aún más el hecho de poder tenerlo cerca, era simplemente increíble estar casada con un hombre tan maravilloso.
- Si, estoy bien - susurró observando todo a su alrededor, viendo a lo lejos la enorme casa que los esperaba para seguir viviendo su realidad - Creo que estoy un poco más preparada para soportar a esa mujer durante la cena - acotó recordando esa absurda ley que tenían en aquella casa, podías tomar todas las comidas por separado, menos la cena, todos durante la cena debían sentarse a la mesa pasara lo que pasara.
- ¿Crees que puedas soportar la cena? - repitió con una sonrisa - Yo estoy seguro de que puedes hacerlo, eres una mujer fuerte y con dominio propio capaz de enfrentar las peores situaciones con la mejor actitud, eres fuerte corazón, no lo olvides.
- Eres el esposo más dulce que jamás haya visto, ¿lo sabías? - susurró encantada por lo tierno que era él en todo momento, sin lugar a dudas había sido recompensada por lo malo que había ocurrido en el pasado.
- Lo sé, pero no me molesta que me lo repitas más seguido - admitió - Sabes que cuentas con todo mi apoyo siempre, cariño. Estamos juntos en todo.
- Estoy conciente de eso, sé que no me vas a dejar sola - susurró sintiendo un brazo protector en un abrazo tierno y un beso sobre su mejilla. Lo que él le hacía sentir, esa protección, ese alivio, esa calma, esa paz era sencillamente inexplicable. Erick durante todos los años 1ue llevaban conociéndose, de amigos, de novios, de matrimonio, como padres, jamás la había dejado sola ni un instante, ni siquiera en los días difíciles, en algunas ocasiones en las que ella había insistido en dar fin a su relación en un periodo que ya casi no recordaba, él le había propuesto seguir siendo amigos y poco a poco logró que confiara en él, cerrara sus ojos por así decirlo y dejar que el amor que había nacido entre ellos fluyera sin angustias ni impedimentos, incluso la había acompañado durante muchas noches tras su matrimonio y etapa de el embarazo de su hijo, dónde la inseguridad la había atacado fuertemente y el temor a una crisis en su matrimonio acabará con este como lo había hecho anteriormente con el de sus padres, no la había dejado ni un solo segundo llorar sola, la acompañaba sin importar la hora y le brindaba la seguridad que le faltaba, obteniendo como otro logro también que desistiera de aquella idea de que algo los separaría, era tanto el amor que era casi imposible pensar que algo como eso ocurriera - Erick - lo llamó captando su atención.
- Dime, cielo - habló él extrañado porque lo llamase por su nombre, eso solo lo hacía o cuando estaba enojada o cuando algo le preocupaba, por lo de hacia tan solo un momento sospechaba que no era enfado, así que debía ser preocupación.
- ¿Recuerdas lo que me dijiste alguna vez en nuestra noche de bodas después de estar juntos? - inquirió con voz suave viendo las imágenes de aquella noche recorrer su mente como si hubiera sido ayer.
- Por supuesto - asíntio, ¿cómo no iba a recordarla? esa noche le había hecho la promesa más importante de su vida, y para su matrimonio.
- Bueno, esas palabras han sido fundamentales para mí, lo sabes - dijo siendo tan sincera con él como siempre que charlaban.
- Lo sé - repitió el asentimiento.
- ¿Podrías repetirlas, por favor? - pidió, eso le daría fortaleza para aguantar cualquier cosa y espantar el miedo a que se repitiera la historia de nuevo.
- Claro que puedo - aceptó con una sonrisa y acercando los labios a su oído dijo lo siguiente:
“Mi amor, te prometo que pasen los días, las semanas, los años, las décadas y los siglos, yo te seguiré amando cada día un poco más y más, sin condiciones, sin importar lo que pase, sin que ninguna dificultad afecte el gran amor que te tengo y te prometo también que siempre, siempre, siempre daré lo mejor de mi para hacerte feliz y pintar una sonrisa en sus labios, porque tú, Mila Dankworth, eres la única mujer que quiero tener en mi vida, quiero que tú seas Mi único amor"
Y al terminar de decir esas palabras, ella sonrió y cerró los ojos por un momento sintiendo aquella paz que su promesa, tras aquella importante noche había representado. Él al ver que ella se relajaba por completo, besó su cabeza y aspiró el aroma de la piel de su cuello, esa niña simplemente lo enloquecía de amor.
- Te amo, ¿lo sabías? - preguntó ella y él solo asíntio.
- Lo sé, tanto como yo a ti - sonrió.
- No tienes idea lo importante que es que recuerdes esas palabras para mi - susurró.
- Si lo sé, por eso las recuerdo, es importante para ambos.
- Si, si lo son - intentó darse media vuelta cuando él detuvo su caballo y así lo observó - ¡Eres lo máximo!
- También lo sé - guiñó un ojo con picardía haciéndola reír - Solo por tí - añadió.
- Ya lo veo - mordió su labio inferior, su marido sin poder evitarlo, encantado por aquel gesto, tomó su rostro con delicadeza entre sus manos y atrajó su cara hacia la suya para plantar un dulce beso sobre sus labios. Ella al sentir como su esposo la besaba, correspondió encantada, con él la magia nunca se iba y eso era fascinante.
- ¡Mila! - escucharon de repente la voz de alguien tras ellos, interrumpiendo su momento, parecía furioso. Al separarse, se encontraron de frente con el padre de Mila y dos hombres más sin saber quiénes eran o qué querían. La pareja solo miró a aquella personas sin saber lo que ocurría... ¿Ahora qué pasaba?