Capítulo 23: ¿Indicarctas?

1054 Palabras
REBECA Viernes, 11:22 a.m. Me encontraba en la sala de la suite, un espacio amplio y elegante, con una calma que solo interrumpía el suave murmullo de las teclas mientras trabajaba en mi laptop. Revisaba un informe crucial que Elías necesitaría para una reunión importante de la próxima semana, y de repente, escuché unos pasos acercarse desde detrás de mi espalda. Cuando pasó a mi lado alcé la vista y vi que era Elías, pero para mi sorpresa, no andaba como lo esperaba. Elías estaba vestido solo con un pantalón de chándal n***o, sin camiseta y una botella de agua en una mano y en la otra llevaba una toalla blanca. Sin decir nada, se dirigió a una esquina de la sala, justo donde las ventanas de piso a techo dejaban entrar la luz de la mañana, iluminando un pequeño espacio vacío que parecía diseñado para relajarse o realizar actividades personales. Y para mi deleite... Mejor dicho, INCOMODIDAD, ese rincón quedaba justo en mi línea de visión, imposible de ignorar mientras intentaba concentrarme en mi trabajo. Así pues, Elías estiró la toalla en el suelo y empezó a hacer algunos estiramientos dinámicos para preparar su cuerpo, como si nada. ¿A caso no se daba cuenta de que yo estaba ahí? ¿O simplemente no le importaba? Qué confianza la suya, andar así, enseñando todo sin pudor... ¿Cómo podía ser tan desconsiderado? No eran horas de andar provocando de esa manera. Además, ¿qué se suponía que debía hacer yo? Solo quedaba observarlo, deleitarme con su cuerpo esculpido, con esa espalda tan bien definida que parecía hecha a mano, y esos brazos fuertes. Todo eso, mientras yo solo podía sufrir en silencio, atrapada entre el disfrute de su presencia y el deseo de no mirarlo, pero sin poder evitarlo. Qué descarado... Y qué guapo, maldita sea. Pero ni modo, a buena mañana tuve que estar aguantado eso, mientras trataba de cumplir con mi trabajo. Entonces, antes de bajar la vista para mirar el teclado, no pude evitar echarle otro vistazo a su cuerpo. Aunque no era la primera vez que lo veía, siempre me impactaba y, francamente, me seguía pareciendo sexi. Elías: — ¿Te importa si estoy aquí? ¿Te molesta? — preguntó, mientras estiraba los brazos por encima de su cabeza, y rápidamente levanté la vista para encontrarme con sus ojos. — ¿Eh? ¡No! No importa. Siga, siga, no hay problema — respondí, tratando de sonar indiferente, ya que no quería que se fuera. Aunque era una tortura tenerlo tan cerca y no poder tocarlo, al menos lo podía ver, así que no iba a ponerme quisquillosa por un detalle tan insignificante. Elías: — ¿Estás segura? — Sí, no se preocupe. Yo estoy aquí haciendo mis cosas. Usted siga haciendo lo suyo Elías: — Bien, pero si te molesto, solo dímelo Por supuesto, no tenía intención de decirle que me molestaba. ¿Cómo podría? ¿Molestarme? Claro que no. Más bien era una distracción... una distracción muy atractiva, pero una que no planeaba perder de vista. En definitiva, seguí revisando y corrigiendo algunos detalles del informe que tenía delante. Ajustaba datos, verificaba cifras y pulía pequeños errores en la redacción. Pero, entre cada línea y número que revisaba, mi mirada se escapaba inevitablemente hacia Elías. Curiosamente, quería saber qué ejercicio hacía, como si esa fuera la excusa perfecta para observarlo sin culpa. Era casi hipnótico; sus movimientos tenían algo que capturaba mi atención sin remedio, como si estuviera viendo algo destinado únicamente a ser admirado. Cada flexión de su torso bien definido, el brillo de su piel bajo la luz de la mañana, y cómo sus brazos se tensaban con cada movimiento, dejando claro lo fuertes que eran, todo componía una especie de tortura visual. Finalmente, cambió de posición y ahora de pie comenzó a hacer saltos de tijera. Con cada salto, algo llamativo bajo su pantalón también parecía brincar, y ahí fue cuando ya no pude más. Miré fijamente mi pantalla, intentando desesperadamente concentrarme al cien por ciento en lo que leía, pero era inútil. No podía seguir viendo aquello sin que mi cuerpo reaccionara. Me estaba excitando solo con verlo ejercitarse, y sabía que debía hacer algo antes de que la situación se saliera de control. Así que tomé mi laptop y me levanté con determinación. Elías, al notar mi movimiento, se detuvo en seco, colocando los brazos en jarra mientras me observaba con curiosidad. Elías: — ¿Qué pasó? ¿Te molesto? — preguntó, con un tono despreocupado, pero al mismo tiempo lleno de interés. — ¿Eh? No, no, es solo que ya terminé de hacer lo que hacía — mentí, mientras le lanzaba una última mirada, recorriendo su cuerpo rápidamente antes de mirarlo a los ojos. Su expresión parecía analizarme, como siempre hacía, con esa mezcla de curiosidad e intensidad que me desarmaba. Sin añadir más, me di la vuelta y me dirigí a mi habitación. Cerré la puerta detrás de mí con un suspiro de alivio. Terminaría mi trabajo allí porque esa tremenda distracción no me lo estaba permitiendo. Sí, compartíamos la suite, y él tenía todo el derecho de hacer lo que quisiera, como quisiera, pero eso no significaba que yo pudiera mantener la compostura mientras tanto. De hecho, parecía que últimamente le daba igual andar sin camiseta frente a mí, como si fuera lo más normal del mundo. Quizás estaba exagerando, pero no podía evitar pensarlo. Desde que se mostró solo en bóxer frente a mí, sin ningún pudor, y luego entró en mi habitación justo después de que yo había salido de la ducha, comportándose como si ese encuentro no hubiera significado nada, todo me llevaba a preguntarme si había una razón detrás de esa actitud. Y ahora, al verlo sin camiseta otra vez, con esa confianza descarada, no podía evitar sentir que lo hacía a propósito. ¿Quizás me estaba mandando indirectas de que quería algo de mí? ¿Alguna aprobación de que su cuerpo me atraía? Porque además de esas dos veces, también estaba esa tercera vez en su oficina, cuando se le manchó la camisa y se cambió delante de mí, lo que parecía otra prueba. ¿O solo era mi mente traicionándome? No sé, pero fuera como fuera, debía recuperar el control de mis pensamientos.
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