Capítulo 24: Algo extraño

2277 Palabras
REBECA Sábado, 14:32 p.m. Era el último día del evento, y el almuerzo se celebraba en el sofisticado salón de un restaurante exclusivo, donde los amplios ventanales ofrecían una impresionante vista panorámica de la ciudad. El ambiente combinaba elegancia y calidez, con mesas adornadas con delicados centros de flores frescas que añadían un toque de distinción. La disposición de las mesas estaba cuidadosamente diseñada para fomentar la interacción entre los asistentes, reflejando el objetivo principal del almuerzo: cerrar el evento con un tono positivo, crear un espacio relajado para consolidar acuerdos y entablar conversaciones informales. Todas las empresas con sus tres o cuatro representantes que habían participado en el evento estaban presentes, algunas compartiendo mesa con socios estratégicos o inversores interesados que habían conseguido atraer durante las jornadas previas. Había una sensación de logro en el aire, combinada con la expectativa de que las conexiones forjadas en esos días dieran frutos en el futuro. Nosotros, al menos, habíamos conseguido atraer a tres inversores. Dos de ellos estaban convencidos de apostar por nuestra propuesta, mientras que el tercero todavía estaba indeciso, pero parecía dispuesto a considerarlo seriamente. Y eso, era un avance prometedor, y sabíamos que, con paciencia y estrategia, podríamos convertir esa duda en un sí. Luis Vásquez: — Lo que me llamó la atención de LuxorMark es su capacidad para ver más allá de lo convencional. En un mercado tan saturado, encontrar una estrategia que realmente destaque y conecte a nivel emocional con el consumidor es algo poco común — comentó unos de los inversores antes de tomar un bocado de su comida. Elías: — Me alegra escuchar eso, Luis. Creo que la clave está en cómo logramos transmitir la esencia de cada marca, no solo el producto. Cada estrategia está pensada para conectar de forma única con el cliente Luis Vázquez: — A mí y a mis socios nos ha convencido vuestra propuesta y lo que hemos visto hasta ahora. Así que mi palabra de formar parte de vosotros sigue en pie Carlos: — Eso es genial, Luis. Sabemos que podemos seguir creciendo juntos, y tener inversores como vosotros solo fortalecerá aún más nuestra visión Carlos y Luis se sumergieron rápidamente en una conversación paralela, analizando detalles específicos de la propuesta, mientras yo seguía comiendo, ya que no formaba parte de su charla. Entonces, de reojo, miré a Elías, que estaba a mi lado izquierdo. Su cercanía me generaba inquietud; podía sentir su rico perfume y su presencia tan cerca. Al instante, noté que me miraba, y eso me incomodó aún más, puesto que estábamos en silencio mientras Carlos y Luis conversaban animadamente entre ellos. El ambiente se sentía un poco tenso, pero para cortar ese silencio incómodo entre ambos, decidí hablar. — ¿Cree que el tercer inversor siga interesado en nosotros? — pregunté, mirando a Elías. Elías: — No lo sé, pero creo que no — respondió con tono serio mientras se terminaba de limpiar la boca con una servilleta. — No se presentó al almuerzo, pero tampoco lo hizo la segunda inversora, Ana, aunque sigue interesada Elías: — Sí, pero al tercero no lo vi muy convencido. Creo que al final no cederá. Pero bueno, al menos tenemos a Luis y a Ana confirmados, eso ya es un buen comienzo — Claro Elías: — Hoy a las siete sale el vuelo de vuelta a España. Ya he pedido que uno de mis choferes te lleve a casa. Seguramente llegarás cansada y no podrás manejar — ¡Ah! Muchas gracias — respondí, sorprendida por el detalle. Elías: — No es nada, solo quiero que estés cómoda — Pues se lo agradezco mucho, de verdad — comenté, sonriendo ligeramente, mientras Elías me miraba por un segundo a los ojos. Luego, su mirada bajó rápidamente hacia mis labios, antes de volver a centrarse en su plato. Elías: — ¿Qué te ha parecido Portugal? — preguntó, sacándome un poco de mis cabales, pues no era común que Elías hiciera este tipo de preguntas, mucho menos sobre mi opinión personal o cómo me sentía. En realidad, me sorprendió, pero también me pareció curioso. Parecía que, por alguna razón, quería hablar, así que decidí seguirle la corriente. — La ciudad es muy linda. ¿Usted creció en Lisboa, según recuerdo? Elías: — Sí. ¿Cómo lo sabes? — preguntó, mirándome con una expresión que me hizo sentir que había metido la pata. Me dio la impresión de que mi interés por su vida había quedado un poco más expuesto de lo que quería, como si mi curiosidad por saber de él fuera demasiado obvia. — Em… Quizás porque en algún momento lo mencionó — mentí. La verdad era que lo sabía porque, tiempo atrás, había investigado su biografía. No por una obsesión de indagar en su pasado sino simplemente por querer conocerlo mejor y estar informada. Elías: — ¡Ah! Pues sí. Mi casa está cerca de aquí, a unos treinta minutos. Otro día vendré a visitar a mi madre, porque ahora ya se nos hará muy tarde — ¿Ella vive aquí? Elías: — Sí — ¡Ah! Qué bien. Por cierto, me ha gustado estar aquí, ha sido una bonita experiencia. Y además, usted hizo muy bien la presentación, nadie lo hubiera hecho igual. Ni siquiera yo. Si lo hubiera hecho, seguro me habría quedado en blanco y habría hecho el ridículo — comenté, con un toque cómico, lo que hizo que Elías soltase una pequeña risa. Y me sorprendió lo lindo que se veía cuando sonreía, algo que casi nunca había presenciado. Su risa era genuina, y, de repente, sentí algo en el estómago, como si el ambiente se hubiera vuelto más cálido, incluso íntimo, de repente. Elías: — No es para tanto, pero te agradezco — dijo, aun sonriendo. — Claro que sí. Tiene mérito. Algún día me tiene que enseñar a hacerlo así — dije con un tono normal, aunque mi voz pudo haber dado la impresión de algo más. Elías: — Sería un placer, cuando quieras te lo enseño — dijo mirándome de una manera tan intensa que sentí que sus palabras tenían otro significado. Sin embargo, dejé de pensar en eso inmediatamente. No era momento para eso. De modo que, con esa idea en mente, me puse a terminar de comer en silencio. Aunque seguíamos compartiendo la mesa, no volvimos a hablar durante el resto de la comida. 16:11 p.m. Después de que el almuerzo terminó, regresamos al hotel. Durante el evento habíamos conseguido que los inversores se interesaran en nuestra propuesta, pero no sentíamos que fuera el momento para celebrar, al menos Elías ni yo, porque todavía quedaba mucho camino por recorrer. Pero, Carlos, en su entusiasmo, decidió que ese era un logro digno de conmemorar. Por ende, nos acompañó a nuestra suite con dos botellas de champán, listo para brindar. Carlos: — ¡Esto hay que celebrarlo, aunque sea con un brindis rápido! — dijo con una sonrisa amplia, colocando las botellas sobre la mesa de la sala. Carlos se acomodó en un sillón individual frente a nosotros, mientras Elías y yo terminamos sentados juntos en el único sofá grande disponible. Y no era por elección, simplemente no había otra opción. Carlos: — Ese tipo, Luis, es un genio — dijo mientras llenaba las tres copas con champán. — Pero más que eso, es una gran persona. Nos cayó del cielo Elías: — Tienes razón. ¿Ana te ha contactado? Carlos: — Sí, y también por eso celebraremos. Me dijo que lamentaba no haber podido asistir al almuerzo, pero que la próxima semana se pasará por la empresa para tener una charla con nosotros Elías: — Muy bien — respondió con calma, mientras Carlos le entregaba una copa llena de champán, haciendo lo mismo conmigo. Carlos: — Esto va más allá del almuerzo o de una reunión con inversores. Estamos dando pasos importantes, y no importa si el camino es largo, hoy merecemos al menos un brindis por lo que hemos logrado hasta ahora — comentó, notablemente animado, y no supe si su entusiasmo se debía verdaderamente al logro que habíamos conseguido o a que tenía una excusa para seguir bebiendo. Durante el almuerzo ya se había tomado dos copas de vino, y ahora parecía disfrutar de cada sorbo de champán. Aunque no daba la impresión de ser alguien que perdiera el control fácilmente, si seguía a ese ritmo, era cuestión de tiempo para que terminara borracho. En cambio, yo no era muy fanática del alcohol, pero hice un esfuerzo por tomar una copa para acompañar la celebración. Elías, sentado a mi lado, estaba igual de reservado. Sostenía su copa con calma, tomando pequeños sorbos de vez en cuando, como si solo estuviera cumpliendo con el gesto. Carlos: — Ya veréis que LuxorMark conseguirá sus objetivos. Somos grandes, exclusivos… Juntos somos un equipo. La mejor empresa en la que he estado — mencionó con entusiasmo, como si hablara más para sí mismo que para nosotros. Su tono tenía un deje de fascinación, como si estuviera reflexionando en voz alta sobre lo lejos que habíamos llegado. Mientras tanto, yo observaba mi copa de champán, girándola ligeramente entre mis dedos, dejando que las burbujas se disiparan lentamente. Elías, a mi lado, permanecía en silencio, mirando a Carlos con una leve sonrisa, como si estuviera entretenido con la efusividad de nuestro compañero. Entonces, en un segundo, noté que Elías relajaba su postura. Cruzó una pierna sobre la otra y estiró sus brazos hacia atrás, apoyando uno en el respaldo del sofá, justo donde yo estaba. Al principio no le di importancia, pero luego sentí que su brazo, de forma casi natural, me rodeaba ligeramente. Al instante, mi cuerpo se tensó, y por eso miré de reojo a Elías, como si temiera confirmar lo que estaba sucediendo. Cuando finalmente levanté la mirada hacia él, me encontré con su expresión tranquila, como si el gesto no tuviera mayor importancia para él. Pero para mí sí lo tenía. Ese aire casual suyo, combinado con el ambiente cálido y relajado de la sala, hizo que mi mente empezara a divagar. Me sentía vulnerable, como si todo a nuestro alrededor desapareciera, dejando solo la cercanía entre nosotros. Quién sabe, podía perder la cabeza fácilmente. Y la verdad, no sabía si era el champán o el hecho de haber estado los últimos días en un entorno tan cercano a él, pero en lugar de apartarme o parecer incómoda, hice justo lo contrario. Era como si mi cuerpo tomara el control, enviándole un mensaje silencioso: si él quería acercarse, no iba a encontrar resistencia. De repente, el teléfono de Carlos sonó, rompiendo la burbuja que parecía haberse creado entre nosotros. Carlos: — ¡Ah, es mi esposa! — dijo, mirando el teléfono con una sonrisa. — No te imaginas lo que pasó, cariño. ¡Tienes que escucharlo todo! — añadió felizmente, mientras se levantaba del sofá y se alejaba hacia el balcón para hablar tranquilamente. En consecuencia, Elías y yo nos quedamos solos. El silencio se sentía más pesado ahora, cargado de una tensión que ninguno de los dos parecía dispuesto a romper. Así que, me atreví a mirarlo de nuevo, y esta vez sus ojos estaban fijos en mí. Elías: — ¿No crees que tu novio te habrá extrañado estos días que estuviste fuera? — No tengo novio Elías: — Ah, es verdad, no lo recordaba — ¿Y… usted? ¿Tiene novia? — cuestioné, sintiéndome un poco intrusiva, pero si él quería responder, estaba dispuesta a escuchar. Si no, tampoco insistiría. Elías: — No — ¿Pero le gustaría algún día conocer a alguien? — pregunté, más curiosa de lo que pretendía. Elías: — Tal vez, pero ahora me interesa otro tipo de cosas… Más físicas — dijo, bajando el tono, como si sus palabras tuvieran un matiz diferente. — Ah… Elías: — ¿Te interesa eso? — No sé, tal vez… depende — respondí, tratando de sonar despreocupada, pero mi voz tembló ligeramente. Elías: — ¿Y si te lo propusiera? ¿Estarías dispuesta, si es conmigo? — preguntó, con un tono grave, casi susurrado. Así pues, me quedé en silencio, completamente sorprendida. Por un momento, pensé que lo había imaginado, que tal vez era un sueño extraño provocado por el champán o por el ambiente íntimo en el que estábamos. Pero no, era real. Sus palabras seguían resonando en mi mente mientras su mirada permanecía fija en la mía, esperando una respuesta. — No sé qué decir… — murmuré finalmente, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello hasta mis mejillas. La idea de que fuera él quien lo hubiera propuesto hacía que todo pareciera aún más irreal. — ¿Habla en serio? — añadí, intentando procesar lo que acababa de escuchar, pero justo en ese momento vimos que Carlos regresaba, todavía sonriente, con el teléfono en la mano. Luego, Elías recogió sus manos y se inclinó ligeramente hacia atrás, adoptando de inmediato una postura neutral, como si nuestra conversación nunca hubiera tenido lugar, y no dijo nada más, pero el cambio en su expresión lo decía todo: prefería no continuar con el tema. En realidad, fue extraño, algo que jamás habría esperado. Imaginado, tal vez, porque no iba a negar que alguna que otra fantasía con él ya había cruzado por mi mente. Pero ¿que algo así sucediera de verdad? Nunca lo habría pensado. Y, sin embargo, ahí estaba yo, atrapada en un torbellino de emociones y esa pregunta sin respuesta. Me había quedado con la duda, con las palabras de Elías resonando en mi cabeza y el ambiente entre nosotros cargado de una tensión que ninguno se atrevió a mencionar.
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