ELÍAS
Lunes, 16:00 p.m.
Estaba en mi oficina, ocupado revisando un informe financiero en mi laptop cuando, de repente, levanté la vista y me encontré con Rebeca mirándome. La puerta de su oficina estaba abierta, casi como siempre, y por eso logré verla perfectamente.
No era la primera vez que lo hacía de esa manera tan discreta. Siempre encontraba el momento justo, cuando yo no estaba atento, para observarme en silencio. Su mirada era curiosa y llena de secretos, pero nunca se atrevía a sostenerla por mucho tiempo. En las pocas ocasiones en que nuestras miradas se habían cruzado, ella desviaba la suya con rapidez, como si la hubieran atrapado en medio de un pensamiento prohibido.
De modo que me quedé viéndola, esperando a que reuniera el valor para volver a mirarme. Pero no lo hizo. En su lugar, fingió concentrarse en la pantalla de su computadora, tecleando con aparente dedicación.
Cruzó una pierna sobre la otra y, aunque estábamos lejos, noté su inquietud en los pequeños gestos que la delataban. Se tocó el cabello, poniendo un mechón detrás de su oreja, un hábito que siempre había tenido cuando estaba nerviosa. Pero aun así, se negó a mirarme. Y verla así, incómoda por mi presencia, por mi simple mirada, me provocó una mezcla de diversión y anhelo. Me gustaba saber que había algo en mí que la desarmaba.
Al instante, agarré el interfono y marqué hacia su oficina.
Entonces, vi que Rebeca contestó la llamada.
— Ven a mi oficina — pedí, con un tono relajado, pero con la firmeza de quien esperaba ser escuchado.
Rebeca: — ¿Ahora? — cuestionó, pero sin mirarme.
— Sí
Rebeca: — Terminaré de hacer unas cosas y luego iré donde usted, ¿le parece bien?
— No tardes
Vi a Rebeca colgar. Me lanzó una mirada rápida y volvió a concentrarse en su computadora.
Mi petición de hablar con ella tenía un motivo claro: quería retomar la conversación pendiente de hace días. Aquella en la que le había preguntado directamente si tenía interés en hacer algo físico conmigo. Y necesitaba una respuesta ya, porque no aguantaba más.
Cada vez que ella me miraba, despertaba en mí un deseo intenso. Porque aunque sus miradas tenían un matiz de recelo, también había en ellas un destello de anhelo que la traicionaba. Y eso me encendía.
Quería dejar atrás ese juego de miradas furtivas y silencios prolongados. Quería que dejara de imaginarlo y empezara a vivirlo. Porque, aunque intentara ocultarlo, su cuerpo ya había dado la respuesta que su boca se negaba a pronunciar.
¿Y por qué tenía ganas de iniciar algo físico con ella? Fácil, porque Rebeca me parecía una mujer atractiva. Su cuerpo era llamativo, sin exageraciones, pero bien cuidado. Y, aunque aún no la conocía del todo, lo poco que había descubierto de su personalidad me resultaba intrigante. Tenía carácter, eso era evidente, y eso me llamaba la atención.
Por alguna razón, también tenía el presentimiento de que, detrás de su apariencia reservada, había una faceta extrovertida esperando salir. Y eso me interesaba aún más. Tenía la sensación de que ella y yo íbamos a entendernos bien, como si, de alguna manera, ya supiera que encajaría perfectamente con mis gustos en la intimidad.
De hecho, había algo en su forma de mirarme, en la manera en que evitaba sostenerme la mirada por mucho tiempo, que me lo confirmaba. Como si ella también lo supiera. Como si, en el fondo, estuviera esperando que yo diera el siguiente paso. Por eso, no quería esperar más.
Y sí, sabía que era mi empleada y, sobre todo, mi asistente personal, pero ¿y qué? No dejaba de ser una mujer, y por lo tanto, no la descartaba para mis intereses.
En pocas palabras, me valía mierda la relación laboral que teníamos. Lo único que realmente me importaba era ella, no el hecho de que trabajáramos en el mismo lugar ni el cargo que ocupaba.
Unos minutos después.
Rebeca se puso de pie, rodeó su escritorio y salió de su oficina. El único sonido que rompía el silencio era el de sus tacones resonando contra el suelo. Mientras se acercaba a la mía, no dejé de observarla. Más que eso, recorrí su cuerpo con la mirada, disfrutando cada detalle. No solo para hacerle notar mis intenciones, sino porque era algo que simplemente no podía perderme. Nunca lo hacía. Y menos con ella.
Rebeca: — ¿Qué necesita, señor Monteiro? — preguntó al llegar frente a mi escritorio.
— Cierra la puerta. Hablaremos de un asunto… importante — respondí, observándola con calma.
Ella titubeó un segundo antes de obedecer. No dijo nada, pero la vi humedecerse los labios, un gesto involuntario que delataba su nerviosismo. Luego, giró y cerró la puerta con suavidad, como si en el fondo supiera que, una vez dentro, ya no habría vuelta atrás.
— Toma asiento — pedí y ella lo hizo.
Me miró y esta vez, si me aguantó la mirada.
Rebeca: — ¿De qué se trata el asunto?
— Bien, primero de todo quiero dejarte claro que no es nada relacionado con el trabajo
Rebeca: — Okay… ¿Entonces de qué trata?
— De lo que hablamos la última vez. De aquello que quedó pendiente
REBECA
Elías me había invitado a su oficina para hablar de no sé qué, pero cuando mencionó que se trataba de la conversación que habíamos tenido días atrás, sentí un nudo en el estómago.
— De…
Elías: — Sí, de lo que te dije el sábado
— dijo, y tragué saliva.
— ¿Lo recuerdas?
— Sí, sí. De hecho, lo pensé — respondí, un poco inquieta. Recordar sus palabras me ponía nerviosa, porque nunca hubiera imaginado que hablaba en serio.
Elías: — Verás, quiero ser sincero y claro contigo desde ahora, porque no quiero que tengas una mala impresión de mí. No quiero que pienses que quiero sobrepasarme contigo, que soy un pervertido o que mi propuesta te haya parecido fuera de lugar, inapropiada…
— No, no, lo entiendo, no se preocupe
— interrumpí rápidamente, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
Elías: — Me alegra escuchar eso. Pero dime, cuando dijiste que lo pensaste… ¿Qué conclusión sacaste? — cuestionó tirándose hacia delante, poniendo los codos sobre la mesa. Entonces, mi respiración se agitó apenas un poco, ya que no esperaba que fuera tan directo. Es más, yo había pensado en que esa conversación que tuvimos había sido causada por un pensamiento calenturiento que había tenido él, pero no que hablara en serio. Sin embargo, era real. No era broma.
— Bueno… — empecé a decir, desviando la mirada por un instante, sin saber exactamente qué decir.
— No sé, creo que simplemente me sorprendió
Elías: — ¿Te sorprendió para bien o para mal?
— No lo sé… — respondí en un susurro, sintiéndome atrapada en su mirada tan intensa.
«Dios santo, ¿en dónde me he metido? Y todo por andar de curiosa mirándole porque me gustaba», pensé.
Elías esbozó una leve sonrisa, como si su paciencia estuviera jugando conmigo.
Elías: — Creo que sí lo sabes. Solo no quieres decirlo
— La verdad, no pensé que hablaba en serio cuando dijo que buscaba algo físico
Elías: — Sí, hablo en serio. Y lo propuse a ti porque eres quien me interesa para eso
— No pensé que pasaría esto… No creía que le pareciera atractiva
Elías: — Créeme, Rebeca, lo eres. Y mucho más de lo que imaginas
— mencionó firmemente, sin titubeos.
Por lo que mi corazón latió con fuerza, pero no sabía si era por el miedo a cruzar una línea peligrosa o por la emoción de saber que él realmente me deseaba.
— Pues… qué halago — comenté, lanzando una pequeña risa nerviosa para controlarme.
Elías: — ¿Y bien? ¿Vas a considerar mi propuesta o no te interesa?
— Bueno… sí, me interesa, pero tal vez necesito pensarlo un poco más. No me malinterprete, no es que no quiera, porque sí quiero, pero no sé… Con esto del trabajo y que usted sea mi jefe… No quisiera perder el empleo o causar algún inconveniente
Elías: — Para nada. El trabajo y esto no estarán relacionados. Te lo prometo. Si quieres tomarte tu tiempo para pensarlo, hazlo. Y cuando tengas una respuesta definitiva, dímelo
— Está bien
Así pues, hubo un silencio entre los dos mientras nuestras miradas se mantenían, cargadas de tensión. Pero al instante, Elías volvió a hablar.
Elías: — Muy bien, eso era todo. Ya puedes irte
Se levantó lentamente de su escritorio y yo le seguí. Caminó hacia la puerta y la abrió por mí.
Elías: — Nos vemos mañana
— Hasta luego — mencioné y salí de su oficina, dirigiéndome a la mía, intentando escapar de la intensidad de esa conversación. Por suerte, mi jornada laboral había acabado hace instantes, así que no tenía que ver a Elías hasta el día siguiente, porque, sino, quién sabe cómo acabaría, mucho más después de lo hablado.