Capítulo 28: Una probada

1403 Palabras
REBECA Miércoles, 8:45 a.m. Esta mañana, tenía una tutoría con la maestra de Benjamín. Me habían citado para hablar sobre su adaptación a la escuela y su progreso en el aula. No era la primera vez que asistía a una reunión así, pero cada vez que escuchaba sobre cómo evolucionaba en su aprendizaje, sentía una mezcla de orgullo y alivio. Benjamín y yo llegamos a la escuela y su maestra nos recibió. Marta: — Buenos días, soy Marta la tutora de Benjamín — dijo con una sonrisa mientras tomábamos asiento. — Buenos días, yo soy Rebeca Marta: — Es un gusto conocerla. Será una charla muy rápida. Solo le comentaré algunas cosas de Benjamín y de cómo lleva el curso — Vale Marta: — Verá, Benjamín es un niño muy dulce. Participa mucho en las actividades del aula y se está adaptando muy bien, aunque sigue siendo un poco reservado con los niños que no conoce tanto — Okay Marta: — Pero no es nada de lo que preocuparse. Al final, entendemos que los niños a veces suelen ser un poco tímidos. Pero en clase estamos trabajando para que se sienta más cómodo y poco a poco, va tomando más confianza — Me alegra escuchar eso Marta: — Sí, a todos los niños les lleva un tiempo, pero Benjamín está en el camino correcto. Tiene un buen grupo de compañeros que lo apoyan también, y eso hace toda la diferencia — Vale. ¿Y hay algo en lo que deba poner más atención? Marta: — No, por ahora todo va bien. De hecho, me sorprendió lo bien que trabajó en la actividad de la semana pasada. Lo que más destaca es su creatividad — Qué bien. Eso es muy bueno Marta: — Sí, además es muy observador y, cuando se siente seguro, da lo mejor de sí. En general, va muy bien. Solo le diría que sigamos trabajando en su confianza social, pero va en la dirección correcta — Está bien Marta: — Bueno, de momento eso era todo lo que le quería comentar — Muy bien Marta: — Que tenga un buen día y gracias por venir — Igualmente, gracias por su tiempo Marta: — Yo y Benjamín nos iremos a clase ahora — De acuerdo. Adiós, cariño Benjamín: — Adiós Me despedí de Benjamín con un beso en la frente, y lo dejé en buenas manos con su maestra, que ya lo acompañó al aula. Miré la hora en mi teléfono y me di cuenta de que se me estaba haciendo tarde. Ya casi eran las nueve de la mañana, la hora en la que normalmente empezaría mi jornada laboral. Así que salí casi corriendo de la escuela. Me preocupaba llegar tarde porque no había podido comunicarle a Elías que tenía una reunión en la escuela. No quería que supiera que tenía un hijo, y pensaba que podría llegar a tiempo a la oficina, ya que la reunión no iba a durar mucho. Sin embargo, al ver que el tiempo se me escapaba, empecé a apresurarme. Cuando llegué al auto, saqué las llaves del bolso y me dispuse a encender el motor, pero en ese momento, mi móvil vibró. Miré la pantalla y vi que Elías me estaba llamando. Respiré hondo y contesté la llamada. — ¿Sí? Elías: — ¿Dónde estás? ¿No vendrás a trabajar? — preguntó, con un tono serio, directo. — Es que… Tuve que atender algo de urgencia por la mañana, pero ya estoy por salir. ¿Ocurrió algo? Elías: — Quiero que vengas lo antes posible. Necesito tu ayuda en algunos asuntos — Entiendo. Estoy en camino, no se preocupe Corté la llamada y solté un suspiro. Por un momento, me sentí culpable por ocultarle la verdad de dónde en realidad me encontraba, pero al mismo tiempo, no estaba lista para compartir esa parte de mi vida con él. Así que de momento, seguiría siendo un secreto. Encendí el coche y me puse en marcha, intentando llegar lo más rápido posible a la empresa. Sabía que Elías necesitaba mi ayuda con algunos asuntos urgentes, y no quería hacerle esperar más de lo necesario. Al llegar al edificio, estacioné rápido y me dirigí hacia su oficina. 9:31 a.m. Llegué a la empresa y lo primero que hice fue ir a la oficina de Elías. Y ahí lo encontré sentado en su escritorio, mirando su laptop. Al verme, levantó la vista y me miró con una sonrisa que, aunque parecía amable, había algo en ella que no supe identificar en ese momento. — Buenos días, señor Monteiro Elías: — Te tardaste un poco — Sí Elías: — Ve a dejar tus cosas y luego ven a mi oficina. Hay asuntos que resolver — dijo y algo en su actitud me hizo pensar que quizás quería hacer algo más que solo trabajar, pero decidí no hacer suposiciones. — Vale Unos minutos después, entré en su oficina, y lo vi de pie sosteniendo unos papeles en sus manos. Elías: — Primero de todo, cierra la puerta y después, sígueme — dijo, e hice lo que pidió. Se alejó del escritorio y se dirigió a la derecha, hacia el fondo de la oficina, donde había un espacio con un sofá grande y dos individuales. Lo seguí y él se sentó en el sofá, y yo hice lo mismo, acomodándome a su lado. — ¿Qué sucede? ¿Hay algún problema con esos documentos? — pregunté, viendo que él los ponía encima de una mesita cercana. Elías: — No, estos papeles no importan — respondió, y sin previo aviso, tiró hacia mí, haciendo que me recostara hacia atrás en el sofá. — Espere… ¿Qué…? Elías: — Sé que todavía no me has dicho cuándo quieres empezar con mi propuesta y que querías ir lento, pero no me estoy aguantando las ganas de tenerte — dijo, y justo después, me dio un pequeño beso en los labios. — Elías… esto es… No sé si es el momento adecuado para esto — dije y él se fue alejando. Elías: — ¿Quieres un lugar más privado? — E… Bueno, lo digo porque estamos en el trabajo y hay que trabajar — respondí, sintiendo mis nervios a flor de piel. No esperaba que Elías me deseara tanto, pero por lo que se veía, sí. Elías: — Hoy no hay demasiado trabajo. De hecho, soy yo quien te pone los quehaceres — dijo con una sonrisa y con un tono cargado de ironía. — Ah, sí… — respondí con una risa nerviosa. Elías: — ¿Te niegas a empezar porque tienes dudas? — Es que… Elías: — Dijiste que querías ir lento, y puedo respetarlo. Pero si el problema es la incertidumbre… hay una forma de despejar dudas — ¿Cuál? Elías: — Podemos intentarlo… darte una probada de lo que es este acuerdo. No tiene que ser todo de golpe, solo lo suficiente para que sepas si realmente lo quieres — contestó volviéndose a acercar a mí. — Quizás, puede funcionar — comenté y él sonrió de lado. Acercó su rostro a mi cuello y me dio un beso en él. Luego, buscó mis labios y me dio un beso tan lento que, al separarse, un leve sonido se hizo presente, haciéndome estremecer. Elías: — Después de acabar tu jornada de trabajo, quédate y ven a mi oficina — dijo, alejándose de mí con aparente tranquilidad. Así pues, lo miré con una mezcla de desconcierto y deseo. — ¿Eso es todo? — pregunté, sintiendo un pequeño ardor de frustración por lo breve que había sido esa “probada”. Elías: — Más tarde habrá más — dijo, con una sonrisa llena de picardía. Finalmente, Elías se puso de pie y yo hice lo mismo. Arreglé mi ropa y él me guio hasta la salida de su oficina. Me había quedado desconcertada por lo que acababa de pasar. ¿Solo unos segundos había durado y ya? Quizás ese era su plan… ir despacio, provocándome de a poco hasta que, cuando menos lo esperara, todo se desatara de una vez y fuera mucho más intenso. Y solo pensar en esa posibilidad me ponía nerviosa. Pero por ahora, tenía que concentrarme en trabajar. Volví a mi oficina intentando enfocarme en mis pendientes, aunque no podía evitar que mi mente regresara a ese beso. Un beso tan corto, pero que me había dejado ardiendo.
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