Capítulo 30: Tensión y pasión

1270 Palabras
REBECA Jueves. A pesar de las dudas que me invadían al principio, aquel beso con Elías había disipado todas mis inseguridades. Algo en la forma en que me besó, tan intenso y seguro, me hizo sentir como si todo lo que había temido se desvaneciera. De hecho, sus besos me hacían sentir tan viva, tan deseada, que no pude evitar dejarme llevar. Había algo en su confianza, en la manera en que me miraba, que me daba la seguridad que necesitaba. La verdad, ayer me sentía tan excitada que fue esa necesidad de conexión lo que me impulsó a besarlo de manera tan apasionada. Él respondió con la misma intensidad, y eso me hizo ceder, hacerle caso a esa química que entre nosotros ardía. Es más, eso me había llevado a tomar mi decisión, porque las ansias que me generó ver cómo un hombre me deseaba, y no cualquiera, sino Elías, hicieron que todo mi cuerpo reaccionara. No podía resistirme, la atracción era demasiado fuerte. Acariciarnos y besarnos estaba bien, pero no creía estar lista para dar ese siguiente salto hacia el puro sexo. Quería ir despacio, no forzar las cosas, aunque la verdad, no sabía si sería capaz de seguir pensando así. El deseo y esa necesidad de sentirme deseada, de estar nuevamente con un hombre en la cama, me inquietaban. Quería volver a hacer el amor. Y con Elías… ¡Uf! Las expectativas estaban por las nubes. Tenía en mente que nuestra primera noche juntos sería intensa, inolvidable, algo que quedaría grabado en mi memoria. Y esa idea, alimentaba mis ansias de dejarme llevar, de dar el siguiente paso. No sabía exactamente cuándo sucedería, pero si seguíamos en la misma dirección, no tardaría mucho en llegar. 12:11 a.m. Esta mañana, Elías y yo habíamos acudido a una reunión importante fuera de la oficina. Habíamos ido allí para discutir una posible colaboración con una marca de lujo, y aunque la conversación fue crucial, al final logramos cerrar un trato preliminar. Ahora, íbamos de vuelta a la oficina en el auto de Elías y durante el viaje, no podía evitar mirarlo de vez en cuando, sintiendo esa tensión palpable en el aire, y el silencio entre nosotros se volvía cada vez más abrumador. Cada minuto parecía intensificar la atmósfera, como si ambos estuviéramos esperando el momento adecuado para romperla. Entonces, cuando él notó mi mirada, su reacción fue inmediata. Sin decir palabra alguna, colocó su mano suavemente sobre mi pierna, un gesto que encendió una chispa en mi interior. Elías: — No me mires así, Rebeca — dijo, casi susurrando, con su voz grave y cargada de tensión. — Sabes lo que eso provoca — añadió, mirándome por un segundo antes de volver a centrar su atención en la carretera. — ¿Y qué provoca? — respondí, desafiante, pero llena de curiosidad. Elías: — Me dan ganas de cumplir las fantasías que se pasan por tu mente — dijo, y apretó sutilmente mi pierna con su mano. — Cuando quieras — dije, con una sonrisa provocativa, por lo que Elías sonrió de lado, de esa manera que siempre me volvía loca, como si estuviera aceptando el desafío. Unos minutos después, llegamos al edificio de la empresa. Nos metimos en el parking subterráneo y Elías apagó el motor. Me miró, y en sus ojos noté lo que quería, así que no me resistí. Ambos nos acercamos y nos dimos un beso, uno que empezó suave, pero rápidamente se intensificó, como si todo lo que habíamos reprimido hasta ese momento finalmente saliera a la luz. Elías: — Vamos a la parte de atrás — sugirió, con una voz rasposa, como si la urgencia de lo que sentíamos fuera difícil de contener. Y, aunque al principio dudé, al final me solté. Sentía como si fuéramos dos adolescentes viviendo una experiencia prohibida, disfrutando de la adrenalina de hacerlo en un lugar donde no debíamos. Como pudimos, nos metimos en los asientos traseros del coche, yo encima de él. La cercanía de nuestros cuerpos y el calor, hizo que el tiempo pareciera detenerse. En ese espacio reducido, la tensión creció rápidamente y los besos continuaron, cada vez más intensos y cada toque más urgente. Elías: — ¿Esta noche tienes algo que hacer? — Creo que sí Elías: — Te quería invitar a mi casa. ¿Te gustaría venir? — dijo, acercándose y dándome un beso suave en el cuello, un gesto que me hizo cerrar los ojos por un momento, dejándome llevar por la sensación. — Es que creo que estaré ocupada — respondí, acordándome de que no tenía la noche libre porque tenía que cuidar a mi hijo. Elías: — Vale — Subamos a tu oficina — dije, girando mi cabeza hacia él para darle otro beso, esta vez más profundo. Elías sintió mi beso y, casi al instante, me aparté de él y salí del coche. Agarré mis cosas, y él también salió, siguiéndome al instante. Elía: — Sube tú primero, dame un momento — ¿Y eso? — cuestioné, levantando una ceja con una actitud pícara, sabiendo exactamente a lo que se refería, ya que, hace instantes, había sentido su erección bajo el pantalón, la prueba más clara de lo que había provocado en él. — Aprovechémoslo — añadí y Elías se acercó a mí. Elías: — Me está gustando tu actitud atrevida — dijo con voz rasposa y una sonrisa de complicidad dibujada en su rostro. Subimos a su oficina y entramos sin perder tiempo. Elías se dejó caer en el sofá, y yo, sin dudarlo, me acomodé sobre sus piernas, buscando sus labios en un beso profundo. Sus manos se deslizaron por mis muslos, recorriéndolos con lentitud, provocando escalofríos en mi piel. Pero justo cuando la tensión entre nosotros alcanzaba su punto más alto, el sonido de su teléfono vibrando nos interrumpió. Nos quedamos quietos por un segundo, respirando entrecortadamente. Y con evidente fastidio, Elías buscó su móvil en el bolsillo de su pantalón. Elías: — Maldición… — murmuró con desgana, mientras yo soltaba una risa suave, disfrutando de su frustración. — ¿Sí? ¡Ah! Sí… Vale… Muy bien. ¿Cuándo?… Sí, está bien, no hay ningún problema. Vale En eso que Elías hablaba por teléfono, aproveché ese momento para levantarme de su regazo y acomodarme la ropa. Y fue justo ahí cuando la realidad me golpeó. Estábamos en horario laboral, en su oficina, y por más que el deseo nos envolviera, no era el momento de dejarnos llevar por completo. Elías: — Okay. Nos vemos ahora Elías colgó la llamada y soltó un suspiro antes de mirarme. Elías: — Tengo que reunirme con un cliente. Pero tú y yo aún no hemos terminado — dijo en voz baja, con esa mirada que me desarmaba. — Lo sé, pero eso será otro día. Te dejo trabajar porque yo también tengo cosas que hacer Elías: — Lo dejamos para otro momento, no te olvides — dijo y antes de que me diera la vuelta le lancé una media sonrisa. Sin decir más, salí de su oficina y me dirigí a la mía. Mientras caminaba, aún sentía el calor en mi piel, la tensión en mis músculos y la calentura en mi intimidad. No podía negar que esos momentos con Elías despertaban en mí algo que creía dormido. Me estaba acostumbrando a esa sensación, a la anticipación, a la manera en que su presencia y sus caricias me dejaban deseando más. Y lo peor… es que me encantaba. Pero ahora debía enfocarme en el trabajo. No podía permitirme ceder a la lujuria en cualquier momento, por más tentador que fuera.
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