Victoriana
Me había levantado muy temprano para ir a buscar trabajo. Rezaba por poder encontrar algo. Toda la mañana estuve de un lado para el otro y nada parecía que la vida estaba en mi contra. Pero sabía que tenía que solucionar el problema, pues no quería que mi madre se enterara y se preocupara aún más. Ya era suficiente con lo que había sucedido con Jason; ese es otro idiota con el que aún me falta arreglar algunas cuentas. Pero ahora mismo no me preocuparé por eso. La única solución que me queda es hipotecar la casa, así que en lugar de seguir buscando algo que probablemente no voy a encontrar, voy directo al banco. Apenas entro, un hombre muy amable me recibe, me pide que tome asiento y yo lo hago. Saco los documentos y se los entrego.
—¿Qué quiere hacer con estos documentos, señorita?
—Necesito hipotecar la casa donde vivo.
Él asiente y empieza a revisar.
—Está bien, espere un momento, lo revisaré con el gerente.
Yo asiento y hago lo que me pide. Después de tardar cerca de 30 minutos, por fin aparece el hombre, pero con él viene otro hombre un poco más mayor. Él me sonríe y me extiende su mano. Yo, de inmediato, me pongo de pie y lo acepto.
—Buenos días, me acaba de decir Rogelio que quiere hipotecar la casa.
—Así es, señor. Quisiera saber cuánto me podrían dar.
Él borra su sonrisa y niega, y si soy sincera, esto no me gusta.
—Lo lamento, señorita, pero esa propiedad ya tiene una hipoteca y no podemos dar otra hipoteca, ya que la persona que la tramitó se ha atrasado con los pagos seis meses.
Cuando dice esto, yo abro los ojos completamente sorprendida. ¿De qué diablos está hablando? ¿Acaso mi madre ha hipotecado la casa y debe seis cuotas? Dios, no, no puede ser. Yo le sonrío y empiezo a negar porque no es posible.
—Lo siento, pero no sabía acerca de esa hipoteca. ¿Me puede decir quién fue el que hipotecó la propiedad?
El hombre no se ve muy convencido, pero asiente.
—Las hipotecas no se le pueden dar a cualquier persona, así que el dinero se le dio a la dueña de la propiedad y creo que el que venía con ella era su hijo. Si no mal recuerdo, su nombre es... creo que Jason. Sí, eso es, Jason. Lo reconoce.
Yo le sonrío y asiento, extiendo mi mano y ellos me dan mis documentos. Creo que no tengo nada más que hacer aquí.
—Lamento las molestias y agradezco su atención. Tengo que marcharme, con permiso.
Salgo de ahí furiosa. No, furiosa es poco. Juro por Dios que voy a matarlo. Conozco perfectamente a Jason y estoy completamente segura de que convenció a mi madre para que sacara esa hipoteca. Pero, ¿dónde está el maldito dinero? Porque hemos trabajado como locas. Porque justo dinero era lo que no había.
Cuando llego a casa, mi madre está sentada en la mesa. Se ve preocupada, con sus manos entrelazadas. No quisiera decir nada, pero tengo que hacerlo, así que me siento frente a ella y coloco los documentos de la casa encima de la mesa. Ella abre los ojos sorprendida y yo le sonrío.
—Creí que entre tú y yo nunca había habido secretos. Por el contrario, siempre nos hemos apoyado mutuamente, pero creo que me equivoqué. ¿Sabes? Me despidieron de mi trabajo, me entregaron una buena cantidad de liquidación, pero tengo que confesar que no basta para los gastos de la casa. Así que decidí ir al banco y pedir una hipoteca, pero me encontré con la grata sorpresa de que ya se había pedido una hipoteca y no solo eso, sino que se debían seis cuotas de esta. ¿Me podrías explicar qué es lo que sucedió?
Ella me sonríe y limpia algunas lágrimas que bajan por su mejilla. Agacha la cabeza y juega con sus manos.
—Lo lamento, hija. Tuve que pedirla para pagar la universidad de Jason y Jared. Ya no te podía exigir más, pues tú te hacías cargo de los gastos de la casa y de la colegiatura de Alaric. Así que ya Jason, él me dio la idea de hipotecar la casa, pero jamás pensé que no podría cubrir las cuotas. Justo ayer llegó un aviso: si no cubro las cuotas pendientes, perderemos la casa. Y sabes qué es lo peor de todo: soy una tonta. Amo mucho a mis hijos, creo que ese es mi problema. He dado todo por ellos y nunca he pensado en mí. ¿Por qué no me hablaron de la universidad? ¿Por qué no me lo dijiste? Tú misma acabas de mencionar que entre nosotros no había secretos. ¿Por qué no me dijiste que Jason dejó la universidad cuando yo me metí en ese problema, Por qué él siguió estudiando? Para qué el tuviera una carrera y un futuro ¿Por qué hay tantos secretos en nuestra familia?
Yo trago el nudo de mi garganta porque se ve bastante afectada y, en cierta forma, tiene razón en reclamarme, pero no me pertenecía a mí informarle que Jason no estaba en la universidad, que había decidido dejarla. Eso le pertenecía a él. Pero ahora mismo ya no hay nada que hacer, así que tomo sus manos encima de la mesa y le sonrío.
—Ese secreto no era mío, así que no podía decirte absolutamente nada. Jason es un hombre adulto y tiene que aprender que cada decisión que tome tiene una consecuencia. No te culpes, madre. Eres una muy buena madre, eres una excelente mujer y, como bien dijiste, amas mucho a tus hijos. Así que no te recrimines por las acciones de alguien más. Ahora no hay que buscar culpables, simplemente buscaremos soluciones, ¿vale? Tendremos que cubrir esas cuotas si no, nos quedaremos en la calle. Y, sinceramente, no podemos darnos ese lujo.
Ella de inmediato se pone de pie, se acerca a mí y me abraza.
—Eres la mejor hija que cualquiera pudiera tener. Te amo, Triana, y sé que saldremos adelante.
Yo asiento y le sonrío. Ella se da la vuelta y empieza a subir las escaleras. Yo me quedo ahí pensando qué diablos vamos a hacer. No tengo ni la menor idea. Parece que nuestra suerte nos ha dado la espalda. Estoy tan concentrada pensando en la manera de cómo salir de todo esto porque cada vez se hace más grande cuando Alaric entra un poco agitado. Camina hacia la silla donde antes se encontraba mi madre, toma asiento y toma mis manos entre las suyas.
—Tenemos que hablar, es algo muy importante.
Yo lo miro asustada y creo que él se da cuenta, pues empieza a negar.
—No, no, espera, no es lo que tú piensas. Bueno, sí es lo que tú piensas, pero no de esa manera.
Yo lo miro confundida, pues no sé a qué se refiere y de qué manera.
—Alaric, ¿estás bien? ¿Qué sucede?
—El rey me mandó llamar.
Yo de inmediato me pongo de pie y suelto sus manos. Lo miro con los ojos entrecerrados y él solo suspira.
—Dime que no te hizo daño, dime que no te amenazó o algo por el estilo.
—No, por supuesto que no. Si tomas asiento y me escuchas, te puedo explicar todo lo que sucedió.
Yo lo miro no muy convencida, pero acepto, así que tomo asiento y respiro profundo para tranquilizarme. Con ese hombre se puede esperar cualquier cosa.
—El señor Leonel, el que nos recibió cuando fuimos a la mansión, me llamó. Me dijo que el rey quería hablar conmigo. Así que por la mañana, antes de ir al colegio, fui a la mansión. Y antes de que me regañes, tenía que saber qué era lo que quería de nosotros. Así que, por el contrario de lo que tú puedas pensar, me hizo una proposición. El problema es que no es conmigo.
Yo lo miro con una ceja alzada. ¿De qué está hablando? ¿Qué proposición?
—La proposición no es contigo, entonces, ¿con quién es? ¿Qué es lo que quiere ese hombre? Alaric, sabes que ese hombre es muy peligroso.
Él se pone de pie y camina de un lado a otro. Yo me cruzo de brazos, esperando a que se decida a hablar. Cuando lo hace, me sorprende.
—No, él no pretende nada conmigo. Él pretende algo contigo. La proposición es que trabajes con él 24 horas al día, pero estarás dispuesta a todo.
Yo de inmediato me levanto y golpeo la mesa. Le sonrío de lado, pues creo que mi hermano pequeño no sabe a qué se refería el rey cuando dice que tengo que estar dispuesta a todo.
—Alaric, yo con ese hombre no pretendo ni siquiera dirigirle una palabra. ¿Por qué trabajaría para él y estaría dispuesta a todo? ¿Acaso te has vuelto loco? ¿No sabes que ese hombre está demente? Por Dios, no se toca el corazón para cobrar su deuda. Él mismo lo dijo. Escucha, Alaric, no sé qué te dijo, pero por supuesto que no, no voy a aceptar algo así.
Él se detiene y suspira. Me mira a los ojos y dice las palabras que hacen que de inmediato yo cambie de opinión.
—Yo le dije que sabía que no aceptarías. Estaba completamente seguro. Te conozco perfectamente. Así que le hice otra proposición. Tri, yo ya no soy un niño, puedo tomar mis propias decisiones. Y como he cometido muchos errores y las metí en un problema muy grande, yo tengo que ayudarlas a salir de este. Así que le dije que si tú no aceptabas, yo podía tomar tu lugar. Y como no quiero secretos entre nosotros ni ocultarte absolutamente nada, esto es lo que sucederá: voy a trabajar para él, voy a hacer lo que él me pida, pero con eso voy a saldar la deuda. Él pagará mi colegio, ayudará en casa, prácticamente tendremos la vida resuelta. Y si soy sincero, prefiero eso a que seas tú la que vayas y trabajes con él, porque aunque pienses que soy inocente, te conozco perfecto. Él te devoraba con la mirada y sé que busca tenerte cerca para poder conquistarte o llevarte a la cama. No lo sé, pero sí puedo ver sus intenciones. Así que no te preocupes, voy a aceptar ese trabajo para que tú estés tranquila.
Él me sonríe, se acerca a mí y besa mi frente. Yo cierro los ojos y empiezo a negar, así que antes de que se marche, lo detengo.
—No, tú no vas a aceptar ese trato. Lo haré yo. Y no soy tonta, sé perfectamente lo que él pretende, pero no lo logrará. Te prometo que no lo hará. Mañana mismo iré a la mansión y hablaré con él, y si es preciso, empezaré a trabajar de inmediato. Tenemos más problemas de los que tú te puedas imaginar, Alaric, y necesitamos el dinero. Necesitamos mucho dinero.
Él me mira con los ojos muy abiertos, pero ya he tomado una decisión. Solo espero no arrepentirme de lo que estoy haciendo. Y si el rey piensa que podrá conmigo, está muy equivocado. Le voy a demostrar quién soy en realidad.