Capitulo 12

1899 Palabras
Alexandros CONTENIDO +18 MAL VOCABULARIO ESCENAS EXPLÍCITAS Por fin la tenía en la mansión. Si, había aceptado el contrato, ya no había vuelta atrás, pero tenía que aceptar que cuando la encontré hablando por teléfono, sentí algo en mi abdomen que no sabía cómo explicar. Mi cabeza daba vueltas preguntándome si acaso era su hermano quien se encontraba detrás de la línea o si Leonel se había equivocado y tenía novio. Eso podría ser, pero era obvio que no le preguntaría. Lo que sí estaba seguro era que ese teléfono lo tendría en mis manos, cuando por fin me lo entregara. Cierra la puerta en mi cara. Dios, es que esta mujer está completamente loca y no tiene una pizca de miedo. Es tan desesperante. Cuando llego a mi habitación, de inmediato lo coloco en la mesita de noche y me siento en la cama, pensando si sería buena idea revisar quién la ha llamado. Empiezo a negar como un maldito loco, pues sé que revisarlo sería invadir su privacidad. No, no debo dejar de pensar en estupideces, pero ¿y si estaba hablando con alguien que es mi enemigo? Me pongo de pie y suspiro. Dios, ¿cómo sabría ella quiénes son mis enemigos si ni siquiera me conocía? Basta, Alexandros, deja de pensar tonterías. Estoy por acostarme cuando comienza a timbrar, así que de inmediato me vuelvo a acercar y lo tomo entre mis manos. Cuando un mensaje en la pantalla aparece: "Jason está mal". Ahora recuerdo que justo ese hermano de Victoriana fue al que le prometí ayudar. Mierda, el mensaje no se lee completo y no sé la maldita contraseña. De inmediato me doy la vuelta y camino hacia la puerta. Creo que haré una excepción y se lo prestaré un momento. Sí, eso haré, pero estoy tan cerca de la puerta cuando esta se abre sin previo aviso y el maldito teléfono sale volando. Yo volteo a ver a Leonel molesto, mientras él está con la boca abierta, completamente sorprendido. —Mierda. —Lo lamento, señor. Pensé que estaría en la ducha. Yo recojo el teléfono y este se ha dañado completamente. Él de inmediato se disculpa y yo suspiro y tomo asiento en la cama. —Mil disculpas, Alex. De verdad pensé que te estarías duchando, pero no te preocupes, tengo un teléfono de repuesto, como siempre. Ahora lo traigo. Él se da la vuelta para salir de la habitación, pero yo de inmediato lo detengo. —No es mío. Él voltea y me mira con el ceño fruncido. Yo solo suspiro porque aquí viene el sermón. —¿Cómo? —Sí, sí, no es mío. Es el de Victoriana. Él pellizca el puente de su nariz y se ve bastante molesto. —Y yo quisiera saber, solo por curiosidad, ¿por qué diablos tienes tú el teléfono de esa chica? Mira ahora lo que ha pasado. ¿Qué le dirás si lo has estropeado? Yo lo miro con una sonrisa en mi rostro y empiezo a negar. —Yo, yo lo estropeé. No, aquí el que entró sin tocar a mi habitación fuiste tú, así que el que lo estropeó eres tú. Ya mañana le dirás que eres el responsable de esto y cómprale uno nuevo y mejor que esta baratija. Ahora déjame dormir, que estoy agotado. Él suspira y asiente. Se da la vuelta y yo coloco el viejo teléfono, ya estrellado e inservible, en la mesita de noche. Me acuesto y cierro los ojos, pero de inmediato viene esa chica a mi mente. Mierda, creo que no me dejará dormir. Y así fue, justo a las 5 de la mañana, yo estaba bajando las escaleras cuando Leonel me ve, sonríe y niega. —Se está haciendo costumbre. Yo lo veo confundido, no entiendo a qué se refiere. —¿De qué hablas? —De que últimamente te levantas demasiado temprano. ¿Acaso no te deja dormir tu conciencia por todo lo que estás haciendo con esa chica? Yo me acerco a él y lo miro molesto. —¿De qué hablas, Leonel? Si lo único que estoy haciendo con esa chica es ayudarle a que salga de sus problemas. ¿O acaso no te has dado cuenta de que estás hasta el cuello de deudas y su hermano necesita entrar al asilo? Tú armaste su expediente, sabes perfectamente de qué te estoy hablando. Él asiente, pero me mira con los ojos entrecerrados. —Sí, pero te conozco mejor que eso y lo sabes perfectamente. Algo te produce esa chica, y a mí no me puedes mentir. Si tú quieres repetir tantas veces en tu cabeza que no te interesa, está bien, pero tus acciones dicen algo más. Yo me doy la vuelta sin decir nada más, pues a él no le puedo mentir. Tiene razón, esa chica produce algo en mí que no sé qué es. Mejor dejo de pensar en tonterías, camino hacia el despacho, pero antes de entrar le digo: —Prepara el desayuno para dos personas. Lo quiero antes de que llegue y, por favor, no quiero que llegue tarde a su primer día. Él no dice absolutamente nada y yo ingreso de inmediato. Voy detrás de mi escritorio y enciendo mi laptop. De inmediato me doy cuenta de que tengo correos de Tadeo, así que los abro. Pensé que serían de trabajo, pero no es así. Es sobre sus hijos y se ve bastante molesto. Yo vuelvo los ojos con fastidio, pues me da la grandísima noticia de que regresará, pues necesita aclarar lo que sucedió con sus hijos. Dios, ahora mismo no estoy para dramas, así que simplemente ignoro sus correos. Veo el reloj y suspiro. Son las 6:05 de la mañana. Si hay algo que no soporto es la impuntualidad, pero le daré una oportunidad, solo eso. Diez minutos después, ahí estaba, de pie frente a mí. Parecía una chica completamente diferente a la que había visto un día antes. Ese precioso traje sastre y esas zapatillas la hacen ver elegante y refinada, y tengo que decir que mucho más sexy, pues el traje le queda como un guante, perfectamente ajustado. Dios, esto será una maldita tortura. Trato de no prestar mucha atención a sus hermosas curvas, pues se daría cuenta, así que simplemente me concentro en la computadora y le doy indicaciones de buscar algunos archivos. Cuando ella se da cuenta de qué se trata, está confundida. Yo trato de explicar un poco de qué se trata el asilo, obviamente sin decir la verdad, pero eso hace que ella me mire con ternura y un poco de lástima. Y no, eso jamás. Así que sonrío, tomo un cigarrillo y lo enciendo. Doy una calada y ella empieza a toser. Yo suelto una carcajada y ella parece bastante molesta, pero es algo que no me importa, pues tengo que mostrarle que no soy una buena persona, como ella está pensando. —Jajaja, no digas estupideces, pero te voy a explicar a qué me refiero. Me miras de una manera como si fuera la persona más tierna y noble. No, Victoriana, no te equivoques conmigo. Soy una persona que no tiene sentimientos. Soy una persona que no le tiembla la mano para matar a quien me hace daño. En pocas palabras, soy un monstruo. El asilo es solamente una fachada para lavar dinero y quitar un poco de sangre de mis manos. Así que deja de verme de esa manera. Si estoy ayudando a tu hermano es porque está en nuestro contrato. No te hagas ideas que no son. Ahora deja eso ahí, ve con Leonel y pídele que prepare mi comida. Después vas a tu habitación y te quedas ahí el resto del día. No quiero volverte a ver por la mansión, ¿entiendes? Ella se pone de pie, lanza los archivos encima del escritorio, me mira bastante molesta y me sonríe. —Por supuesto que entiendo, no soy idiota. Y respecto a qué es un monstruo, desde la primera vez que lo vi, me di cuenta de eso. Usted tampoco se haga ideas que no son, porque no puede leer mi mente, así que no sabe lo que estaba pensando. Ella se da la vuelta, completamente furiosa, y sale del despacho. Yo lanzo el maldito cigarrillo y me pongo de pie, camino hacia el ventanal, tomo mi teléfono y llamo para pedir lo que necesito en este momento. Ella, al segundo tono, me contesta. —Hola, señor Lombardo. Nos ha tenido muy abandonadas. Yo pellizco el puente de mi nariz, pues no sé ni qué diablos estoy haciendo. Quisiera tenerla a ella ahí, recostada en mi escritorio, y darle un par de nalgadas mientras la penetro tan duro que grite hasta desgarrar su garganta. Pero sé bien que no puedo hacer eso, o al menos no a un. Salgo de mis pensamientos cuando la madam me llama. —Señor Lombardo, ¿sigue ahí? ¿Necesita que mande a una de mis chicas? Yo carraspeo y suspiro. —Sí, pero ahora quiero un pedido especial. Y aquí está ella, parada frente a mí, con su cabellera tan negra como la noche, su piel blanca como la porcelana, justo con el mismo traje que Victoriana tenía esta mañana, las mismas zapatillas y en su cabello una cola de caballo. Mierda, son tan parecidas que tengo que ajustar un poco mi pantalón. Ella me sonríe y camina a paso lento hasta llegar a un lado mío. Con sus delgados dedos acaricia mi pecho y yo cierro mis ojos. Cuando los abro, tomo su mano y la jalo para que caiga sentada en mis piernas. Sin esperar más tiempo, la tomo por la nuca y, con un hambre que jamás había sentido, la beso. Ella ingresa su lengua en mi boca y un maldito gemido sale de mi garganta. Ella baja por mi cuello, pero en estos momentos no estoy para esto, así que la tomo por el cabello y la recuesto en el escritorio. Mi voz es bastante ronca, pues estoy a punto de estallar y aún ni siquiera estoy cerca de su v****a. Levanto su falda y doy un azote en su redondo trasero. Ella gime, pero no de dolor, sino de puro placer. —Mierda, Victoriana, ¿por qué eres tan terca y tan desobediente? Tendré que castigarte, y esto es solo el comienzo. Yo coloco mis dedos dentro de su v****a y ella pega un grito. Dios, ya quisiera estar dentro de ella. Tomo su cabello y lo jalo hasta que su rostro queda tan cerca del mío. Sonrío, pues su rostro es de puro placer. —Dime que quieres, mi reina. De ahora en adelante, Victoriana, tú serás mi reina y yo te complaceré en todo. Ella sonríe y asiente. —Quiero que me penetres tan duro hasta que ya no pueda más. Yo sonrío como el maldito Guasón y saco mi m*****o, que ya está más que listo. Lo coloco en su entrada y, sin que lo espere, la penetro tan duro que esto es la maldita gloria. Dios, es tan perfecto que mi corazón empieza a latir tan fuerte que pareciera que fuera a salir de mi pecho. Respiro hondo para controlar mis pulsaciones, pero es que el tenerla así me volverá completamente loco. Mierda, ¿qué diablos está haciendo esta mujer conmigo que no puedo sacarla de mi cabeza?
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