Alexandros
Cuando era pequeño y vivía en las calles de Nueva York, me di cuenta de que estaba completamente loco, que no tenía corazón, que no podía amar a nadie y que no quería amar a nadie. Era muy simple: crecí en un orfanato donde era castigado, maltratado y humillado. Así que, junto a Tadeo, decidí escapar. Aquella noche fue la peor noche de nuestras vidas. El porqué es una historia que no me gusta recordar, así que simplemente diré que esa noche marcó mi vida completamente. Me di cuenta que las personas nunca son lo que parecen, que siempre mienten y engañan, que solo buscan su propio beneficio; incluso podrían hacerte daño para salir beneficiados.
Y justo en este momento, corroboré lo que ya sabía: estoy completamente loco, pero algo está sucediendo conmigo que jamás había pasado, o al menos no en más de 20 años. Una mujer me está robando el sueño y la tranquilidad, y está haciendo que haga cosas que jamás en mi vida me había imaginado.
Cierro los ojos y tallo mi rostro con frustración. Había discutido con Victoriana, había corrido a la mujer que la madame me había mandado y le pedí a Leonel que jamás volviera, pero había algo que sentía en mi pecho que no me dejaba tranquilo. Así que tomo de un solo trago el whisky que tengo en mi mano, doy una calada a mi cigarro y, de inmediato, me levanto y salgo del despacho, de camino hacia la cocina buscando a Leonel. Cuando por fin lo encuentro, lo miro directo a los ojos y le pregunto:
—¿Te devolvió el teléfono?
Él me mira confundido y yo cruzo mis brazos, bastante molesto.
—No me veas como si no supieras de lo que te estoy hablando. Ella dijo que no lo quería, te lo regresó, rechazó el regalo.
Él sonríe y niega, sigue en su labor mientras me dice:
—Al principio sí, pero después de que salió del despacho, se lo volví a entregar.
Yo asiento, me doy la vuelta y camino hacia las escaleras. Creo que, de cierta forma, ella tiene razón. Jamás debí meterme en su vida privada, pero es que tantas cosas bombardean mi cabeza. Lo principal es que pueda traicionarme. Estoy por subir las escaleras cuando Leonel me llama.
—Alex, ¿a dónde vas?
Yo señalo las escaleras, mostrándole lo más obvio: a hablar con esa chica loca y terca.
—Necesito hablar con ella y aclarar varias cosas, y agradecería que no te metas.
Cuando me giro, él me vuelve a detener. Yo volteo y lo miro con fastidio.
—Alex, yo creo que no sería una buena idea. Los dos están molestos en este momento. Creo que deberías dejarla descansar. Mañana, más tranquilos, los dos ya hablarán y aclararán las cosas.
Yo pellizco el puente de mi nariz y empiezo a negar.
—Leonel, ¿qué parte de que no te metas no entiendes? A mí no me interesa si está enojada. Puede estar furiosa y es algo que no me importa, así que solo haz tu trabajo.
Pero cuando coloco el pie en el primer escalón, él dice algo que hace que lo quiera matar.
—Ella no está.
Yo lo miro con los ojos muy abiertos y doy un paso hacia él.
—¿De qué estás hablando?
—Lo siento. Te lo juro que traté de convencerla, pero no pude. Estaba demasiado preocupada por su familia. Al parecer, su hermano se descontroló, trató de lastimar a su mamá, algo así me explicó. No estoy completamente seguro, pero te lo juro que la vi muy mal, así que decidió escaparse. Y obvio, le ayudé para que tú no te dieras cuenta, pero es que tienes que entender....
Yo empiezo a caminar de un lado a otro, jugando con mi cabello, cuando él dice que quiere que entienda. ¿Qué se supone que voy a entender? Creo que los que no terminan de entender son ellos. Están en peligro. Además, ella tiene un contrato conmigo. No puedo permitirle que siempre rompa las reglas. Tiene que respetar y, sobre todo, obedecer.
—¿Qué quieres que entienda, Leonel? ¿Que jamás hará lo que yo diga? ¿Por qué la apoyas en ese tipo de decisiones? Sabes que al salir de la mansión le puede suceder algo.
Él me mira sorprendido y me sonríe.
—Lo sé, pero también a su familia y a ella le preocupa eso. Además, no sé qué te sucede con esa chica, pero la quieres tener encarcelada. Lo lamento, Alex, pero ella no fue la que cometió el delito de robarte. No se te olvide que estuvieron involucrados también los hijos de Tadeo, y yo no veo que los estés castigando. Por el contrario, el asilo es un lugar de descanso, diversión, relajación, mientras que la señorita Victoriana tiene que trabajar para ti y para pagarte un dinero que ellos regalaron. Pues di lo que quieras y haz lo que quieras conmigo, pero en lo personal se me hace algo injusto.
Yo cierro mis manos en puño. Si simplemente pudiera explicarle que no es precisamente el maldito dinero lo que me preocupa, pero si se lo digo, él pensará algo muy diferente a lo que realmente es. O no. De igual manera, no tengo por qué darle explicaciones.
—No me importa lo que pienses, Leonel. Si vuelves a hacer algo como esto, lo vas a lamentar mucho, pero te irás de aquí. Sabes que te aprecio porque has estado conmigo demasiado tiempo, pero no puedes desobedecer mis órdenes, y lo sabes perfectamente. Ahora dime, ¿dónde está?
Él agacha la cabeza. Y asiente. Tengo que decir que me duele hablarle de esa manera, pero si no lo hago, seguirá pasando por encima de mí.
—En casa de su familia. Fue a ver a sus hermanos y a su madre.
Yo, de inmediato, subo las escaleras y voy hacia mi habitación. Tomo el teléfono y le pido al chofer que tenga una camioneta lista. Coloco mi chaqueta negra y tomo mi arma. ¿Será acaso que ella está en peligro y por eso me sentía de esa manera? No, los chicos tenían órdenes de seguirla. Si ella estuviera en peligro, de inmediato me habrían avisado. Cuando salgo de la habitación, Leonel está de pie ahí, esperando. Yo lo miro molesto y con una ceja alzada.
—¿Y ahora qué?
—Yo iré con usted, señor Lombardo.
Yo no le digo absolutamente nada y empiezo a caminar con paso rápido hacia fuera de la mansión. De inmediato, nos subimos a las camionetas y, en poco tiempo, ya estamos fuera de la casa de Victoriana. Pero parece que algo está sucediendo, pues cerca de tres de las camionetas que me pertenecen están ahí. Apenas el chofer se estaciona, yo me bajo de la camioneta, me dirijo hacia una de ellas y, fuera de esta, está uno de los chicos que trabaja para mí con un cigarrillo en su mano. Él me mira con los ojos muy abiertos, se ve bastante asustado, pero no me importa. De inmediato, lo tomo de su camisa y lo acerco a mi rostro, y con los dientes muy apretados le digo:
—¿Me quieres decir qué estás haciendo aquí, idiota? Les pedí que la siguieran, no que la acorralaran.
Él se ha puesto pálido completamente y empieza a hablar mientras tiembla.
—Sí, si, señor, lo lamento, pero el señor Tadeo nos dio otras órdenes. Por eso es que todos estamos aquí.
Yo frunzo el ceño, confundido, pero ahora recuerdo que Tadeo me informó que regresaría, pero no me dijo que tan rápido. ¿Y habla de todos?
—¿De qué hablas? ¿Quiénes son todos? ¡Habla, maldita sea!
Él asiente, pero puedo ver cómo sigue temblando.
—El usurero. Él también está dentro con el señor Tadeo y algunos guardas.
Yo lo miro furioso. Quisiera meterle una maldita bala en la cabeza, pero sería muy estúpido de mi parte si lo hiciera, pues todos se darían cuenta. Así que simplemente me acerco a su oído y le digo:
—Aquí el rey soy yo, y mis órdenes son las únicas que se siguen. No me importa si Tadeo te mete una bala en la cabeza. Hasta ese momento, tú y todos los demás seguirán mis órdenes. ¿Entiendes?
Él asiente, bastante asustado. Yo me doy la vuelta y volteo a ver a Leonel. Él solo suspira y yo empiezo a caminar hacia la entrada de la casa. La puerta se encuentra abierta. La escena que veo es algo que comúnmente siempre he visto e incluso lo he hecho, pero no sé por qué en estos momentos me parece asquerosamente ridícula, pues Tadeo está encima de Victoriana, mientras que uno de los guardas apunta a la cabeza de Alaric. Pues no deja de moverse. Quiero pensar que está haciendo todo lo posible por soltarse para defender a su hermana de la bajeza que Tadeo está a punto de cometer. Así que, sin pensarlo dos veces, levanto mi arma y apunto a su cabeza. Un solo disparo es lo que se escucha y justo hace que Tadeo se detenga. Cuando él voltea a verme, yo lo miro furioso y con una ceja alzada, queriendo que sea él quien estuviera en la mira de mi arma.
Él, de inmediato, voltea hacia mí con una enorme sonrisa en su rostro. ¿Acaso no se da cuenta de lo que estuvo a punto de hacer? Pero parece que a él no le importa. No quiero pensar que esta no es la primera vez que hace eso, porque si es así, ha quebrado muchas reglas de nuestra organización y yo no puedo permitir eso.
—Hermano, qué bueno que has llegado. He encontrado a los responsables del malentendido que sucedió con Marcos y Michael, y los voy a hacer pagar. Pero, ¿por qué has matado al guarda?
Yo lo miro con ganas de matarlo. Él poco a poco empieza a ponerse de pie, mientras yo quisiera alejarlo tan rápido y molerlo a golpes solo por tocarla. Pero él se ve completamente sorprendido por mi acción, pero no me importa. Soy el rey y hago lo que se me pegue en gana.
—Tadeo, dale gracias a Dios que fue al guarda al que maté y no a ti. Eres un completo idiota. Aléjate de esa chica porque la siguiente bala irá directo a tu cabeza.
Él voltea a ver a Victoriana de una forma que no me gusta. Yo doy un paso hacia él, mientras ella de inmediato se levanta y coloca su blusa rasgada en su pecho para cubrirse.
—¿Qué te sucede, Alex? ¿Qué se supone que estás haciendo? Siempre hemos trabajado de esta manera, sin tentarnos el corazón a quien nos roba o a quien le hace daño a nuestra familia, y estos idiotas trataron de hacerle daño a mis hijos. ¿Por qué ahora es diferente?
Yo camino hacia Victoriana, tomo su rostro entre mis manos, levanto su barbilla para que me mire directo a los ojos y le digo:
—Tú y yo tenemos una cuenta que arreglar. Ahora ve con Leonel, directo a la mansión, Victoriana.
Ella empieza a negar y voltea hacia su familia, pero yo mismo me encargaré de ellos.
—Yo me voy a encargar. Ahora haz lo que te digo, por una maldita vez en tu vida.
Ella asiente y camina hacia Leonel, que aún se mantiene de pie en el mismo lugar desde que llegamos. Cuando ellos salen, yo suspiro y pellizco el puente de mi nariz. Definitivamente, este es un problema que yo tengo que arreglar.