Victoriana
Desde que me desperté, sabía que este día estaría complicado, pero cuando Alejandro me cargó en su hombro y me llevó hasta la camioneta, estuvo tan cerca de mí y esa loca amenaza de llevarme a su habitación, quitarme el vestido y azotarme, que hizo muchos estragos en mi cuerpo. Aunque no quiera aceptar que es así, traté de ignorarlo, y mientras él hablaba por teléfono, yo solo veía por la ventanilla. Sabía que lo que estaba sintiendo no era nada bueno; simplemente, el hombre no era bueno, aunque estuviera muy bueno. Empiezo a negar, pues estoy pensando en estupideces, hasta que siento que alguien toca mi mano. Yo volteo y miro su mano sobre la mía, así que de inmediato la retiri. Escucho cómo él suspira y empieza a hablar.
—Lo lamento.
Yo volteo y lo miro con el ceño fruncido, completamente confundida, pues realmente no sé qué es lo que lamento de tantas cosas que suceden.
—¿Exactamente qué es lo que lamentas? Lo que acaba de suceder. No debiste hacerlo.
Él se ve molesto y pellizca el puente de su nariz.
—No me dejaste otra opción, pero no solamente eso, sino todo lo que ha sucedido. Creo que no empezamos bien. Escucha, lo único que quiero es que comencemos de nuevo, ¿vale?
Yo lo miro con los ojos entrecerrados, pues no creo lo que me está diciendo, pero cuando extiende su mano y me sonríe, montones de mariposas revolotean en mi estómago.
—Acepta mi mano. Me presento: Alexandros Lombardo. Muchos me conocen como el rey, otros como Alex y otros como un mafioso sin sentimientos ni corazón, pero yo prefiero que tú solo me digas Alex.
Yo suspiro con resignación y tomo su mano, y algo extraño sucede en ese momento. Creo que no solamente yo lo sentí, pues su sonrisa se hace aún más grande. Eso es lo ignoro y retiro mi mano.
—Creo que si vamos a trabajar juntos, es una buena idea empezar de cero. Como sabes, me llamo Victoriana, pero mi familia me dice Try, a veces Triana. Tú puedes decirme como más te guste.
Él suelta una risita burlona y yo lo miro molesta. Él alza sus manos en rendición y niega.
—Lo lamento. Desde que te conozco, he querido preguntar: ¿qué clase de nombre es Victoriana? ¿Acaso tus padres no te querían?
Yo me cruzo de brazos y lo miro con una ceja alzada.
—Mira quién lo dice. ¿Qué clase de nombre es Alexandros? ¿Acaso tus padres no te querían?
Su sonrisa de inmediato se borra. Después me mira a los ojos y sonríe con sarcasmo.
—Por supuesto que no. Si me hubieran querido, aunque fuera un poco, no me hubieran abandonado en un orfanato. Además, ni siquiera estoy seguro de que ellos hubieran puesto ese nombre.
Cuando él dice eso, yo abro la boca, completamente sorprendida y a la vez avergonzada. No sabía que era huérfano. Realmente me doy cuenta de que no sé absolutamente nada de él. Yo trato de acercar mi mano hacia la suya, pero él de inmediato la retira. Yo traigo un nudo en la garganta y trato de disculparme, pero obviamente él no me deja.
—Lo lamento. No debí haber dicho eso, solo que no...
—Obviamente tú no lo sabías, pero no te preocupes, tampoco me molesta que sepas que soy huérfano. Crecí en las calles, tuve que aprender a sobrevivir en ellas, así que por eso soy lo que soy. Aunque tengo que agradecerle a esos bastardos que no me quisieron, creo que en este momento no sé qué sería de mi vida. Y aunque mi vida es un constante peligro, soy uno de los más ricos de la ciudad, así que ¿qué más podría pedir? Lo tengo todo, pero si hay algo que no me gusta es que me miren con lástima. No lo hagas, Triana, no sientas lástima por mí. Mejor dime, ¿por qué Victoriana? ¿Por qué ese nombre tan extraño?
Yo le sonrío y asiento. Aunque no me gustan sus palabras, el cómo se expresa de sus padres, pues no sabe realmente la situación que tuvieron que vivir para que lo abandonaran, pero yo no tengo por qué decirle eso. Incluso se podría molestar, así que simplemente me encojo de hombros.
—Mi madre pensó que era buena idea juntar los nombres de mis abuelos. Mi abuelo se llamaba Víctor y mi abuela Ana, por eso Victoriana. Ya sé que es una completa locura, pero creo que es bonito recordar a tus padres de esa manera.
Mientras decía esto, yo veía por la ventanilla el paisaje. Cuando volteo a verlo, me mira de una manera muy extraña y me sonríe.
—Supongo que sí. De igual manera, aunque es curioso, me gusta tu nombre. Así que de ahora en adelante tratemos de llevarnos bien. Igual podemos ser amigos.
Yo vuelvo a voltear hacia la ventanilla y suspiro. No creo que sea una muy buena idea ser amigos. Este hombre mueve cosas en mí que no me gustan y que jamás alguien me había hecho sentir, pero también tengo que pensar que es peligroso y eso es aún peor. Mi familia está primero y no los voy a exponer simplemente por esas estúpidas cosas que empiezo a sentir.
Estaba tan perdida en mis pensamientos que ni siquiera me di cuenta en qué momento llegamos, hasta que él me vuelve a llamar. Se baja de la camioneta, da la vuelta y abre mi puerta. Me extiende su mano y yo la tomo, y esa estúpida sensación vuelve, así que de inmediato retiro mi mano. Él me mira con el ceño fruncido, pero no dice absolutamente nada. Empezamos a caminar dentro del lugar y el sonido de máquinas y montones de luces es lo único que se percibe. Las personas juegan, algunos pelean con las máquinas, otros ríen y beben sin cesar. Tengo que reconocer que jamás había estado en un lugar como este. Es hermoso, pero demasiado ruidoso para mi gusto. Caminamos por un enorme pasillo alfombrado. Las paredes parecen de madera. Dinero es lo único que grita este lugar. Cuando llegamos a unas enormes puertas, de inmediato el chofer las abre, así que entramos, pero la oficina no está sola. Hay cerca de tres hombres, aunque dos de ellos parecen guardias, mientras que uno ya se encuentra sentado en el escritorio con un trago de whisky. Cuando Alexandros se acerca a él, el hombre voltea a verlo con una sonrisa en su rostro y se pone de pie, extiende su mano y se la estrechan.
—¿Cómo estás, muchacho? Hace tiempo que no te veía. Pensé que el negocio lo cerraría con Tadeo, como es costumbre. ¿Acaso ha pasado algo?
Alexandros empieza a negar y sonríe, camina detrás de su escritorio y se sienta en su silla. Le hace una seña para que él tome asiento, y así lo hace.
—Tú siempre suponiendo lo peor. Por supuesto que no, solo que Tadeo ha tenido un largo viaje. No olvides que tiene una familia, así que ha tomado unas vacaciones con sus hijos, que tengo que reconocer que las merece. Mejor dejémonos de protocolos y dime, ¿leíste el contrato? Todo está en orden.
El hombre asiente y abre una carpeta. Le sonríe y suspira.
—Hay algunos precios que se me hacen un poco elevados. Pensaba tratarlo con Tadeo. Tengo que aceptar que es más accesible que tú, aunque podríamos negociarlo.
La sonrisa de Alexandros se borra. Abre un cajón de su escritorio y saca un cigarrillo, lo enciende y da una calada. Cuando lo señala, se ve un poco molesto.
—Pues tengo que decir que soy un buen negociante. Por eso es que Tadeo es un poco más accesible, pero en este caso no va a haber cambio de precio. Si quieres la mercancía, esas son las condiciones. Sabes que esta mercancía tardó demasiado en llegar y hubo muchas complicaciones. Tuvimos que pagar más dinero, pero sabes que es la mejor. Así que si quieres firmar el contrato, hazlo ahora. Si no, consíguela con alguien más. Quiero ver que te den la misma calidad que yo te estoy dando.
El hombre masajea un poco sus sienes y por un momento pensé que esto se pondría mal, pero de pronto toma un bolígrafo y firma.
—Confías en que tienes el mejor producto. Yo solo espero que sea verdad, porque si no es así, tú y yo tendremos problemas. Sabes que no me gusta que jueguen conmigo.
—Y sabes que a mí no me gusta jugar, así que no tienes nada de qué preocuparte. Ahora mismo está la mitad del producto en el puerto y en un mes llegará la otra mitad. Puedes confiar en mí, soy un hombre de negocios y tengo palabra.
El hombre levanta su vaso de whisky como si estuviera brindando y de un trago lo toma todo. Completamente, cuando lo deja en la mesa, se pone de pie y le dice a Alexandros:
—Ahora que ya hemos cerrado este trato, creo que es momento de festejar. ¿Qué te parece con unas chicas?
Creo que ni siquiera se ha dado cuenta de mi presencia, hasta que se da la vuelta, me mira de arriba a abajo y da un paso hacia mí.
—Pero mira qué tenemos aquí. Qué belleza. Aunque esa ropa te hace ver un poco gorda. No lo sé, podría ser un engaño.
Yo frunzo el ceño, confundida. Él voltea a ver a Alexandros, que ya se ha puesto de pie, y le dice:
—Lo lamento, Aurelio. Tengo otros contratos que firmar, así que esta vez no habrá celebración, pero te prometo que la próxima vez yo invito a las chicas.
El hombre me rodea hasta que se para frente a mí con una sonrisa bastante asquerosa. Yo doy un paso para alejarme, pero él trata de acercarse. Ni siquiera me doy cuenta en qué momento Alexandros llegó hasta nosotros, pero lo toma del brazo sin que el hombre se lo espere y le sonríe.
—Lo lamento, Aurelio. Ella no está en el catálogo, es mi asistente, así que olvídalo. Ve al bar, tómate una copa y la cuenta va por la casa. No te preocupes.
El hombre se zafa de su agarre, se ve un poco molesto, se acerca a Alexandros y le sonríe con sarcasmo.
—Ya entendí, es nueva y la quieres para ti. Está bien, no importa, pero más adelante yo también la quiero probar, así que disfrútala ahora que yo después la disfrutaré completa.
Yo abro los ojos, sorprendida. Veo que Alexandros hace sus manos puño. El hombre se da la vuelta y empieza a caminar hacia la salida, pero Alexandros da un paso hacia él, solo que yo me interpongo y empiezo a negar. Coloco mis manos en su pecho y le sonrío para que se tranquilice.
—Olvídalo, está bien. Si has acabado aquí, ¿podrías llevarme a cambiarme, por favor? Además, muero de hambre.
Él me mira directo a los ojos y tengo que decir que su mirada ha cambiado completamente. Ya no se ve molesto, por el contrario, sonríe, levanta su mano y coloca un mechón de mi cabello detrás de mi oreja. Yo le sonrío, pero mis labios apenas son una fina línea. Me da miedo este tipo de acercamientos y que él sea de esta manera conmigo, porque si esto sigue así, no sé qué podría pasar.