La mañana del lunes fue irreal. Al abrir los ojos en esa habitación tan lujosa, juré que me habían secuestrado o que me habían confundido con alguien importante. Esas paredes tan sobrias y lisas, conteniendo la suntuosidad del ambiente, me hizo pellizcarme y afirmar, una vez más, que no estaba viviendo una fantasía. Me levanté de la cama y me fui al baño... Sí, desnudo. Una delicia sentir la fineza de la lencería en mi cuerpo. El agua fría, tibia o caliente, como la quisiera graduar en esos potentes chorros que apartaban la soñolencia y me devolvía al mundo de los vivos, mundo que estaba más que preparado para afrontar luego del cariñoso saludo y las correspondientes disculpas que le di a mi Sirena hermosa, la que se quedó a mi espera la noche anterior, pero que no defraudaría de nuevo est

