El corazón me martilleaba en el pecho con la furia de un tambor de guerra, cada golpe una réplica del puño del Mayor Thompson contra la madera de la puerta, un sonido que había hecho añicos la frágil burbuja de intimidad en mi despacho. Fabián se recompuso con una velocidad felina, su cuerpo transformándose en una fracción de segundo del hombre vulnerable que me había ofrecido la libertad al soldado Rivas, una estatua de profesionalismo y disciplina inquebrantable. Alisé mi uniforme con manos que apenas temblaban, una acción automática para borrar cualquier arruga visible, aunque las arrugas de mi alma eran un desastre irreparable, y caminé hacia la puerta con la pesadez de un condenado. Al girar el pomo metálico, frío y sólido bajo mi palma sudorosa, sentí como si estuviera abriendo la compuerta de una presa a punto de reventar, dejando que la cruda realidad del mundo exterior inundara el santuario donde mi verdad más profunda acababa de ser expuesta y aceptada.
— ¡Thompson! Pasa, por supuesto, no te había oído llegar. Estaba revisando unos informes con el Teniente Rivas sobre el rendimiento del pelotón.
Mi voz sonó extrañamente calmada, un barítono controlado que desmentía la cacofonía de pánico y anhelo que resonaba en mi cabeza, mientras me hacía a un lado para dejar entrar al corpulento Mayor. Él irrumpió en la pequeña oficina, llenándola con su presencia expansiva y el olor a tabaco y café que siempre lo acompañaba, sus ojos curiosos pasando de mi rostro al de Fabián en un rápido barrido que pareció durar una eternidad. Fabián se cuadró, su saludo un modelo de perfección militar, su rostro una máscara de serenidad que no dejaba entrever la tormenta de emociones que yo sabía que se agitaba tras sus ojos verdes. El aire, que segundos antes vibraba con la electricidad de nuestra confesión, se volvió denso y pesado, cargado con el peso de tres hombres atrapados en un espacio reducido, cada uno desempeñando un papel en una obra cuyo guion se estaba reescribiendo a cada segundo.
— Lamento la interrupción, Coronel, pero la logística no espera a nadie, y estos transportes deben estar aprobados antes del mediodía o tendremos un cuello de botella monumental en el muelle sur.
— Por supuesto, el deber es lo primero. Rivas, puede retirarse. Continúe con los ejercicios según lo planeado y presénteme el informe final antes de las diecisiete horas.
La orden fue mi única vía de escape, una forma de expulsar a Fabián de la habitación para poder respirar, para alejarme de la peligrosa calidez de su presencia y de la comprensión silenciosa en su mirada que amenazaba con hacerme cometer una locura. Él asintió, un movimiento corto y preciso de la cabeza, y con un último saludo impecable, se dio la vuelta y salió de la oficina, cerrando la puerta tras de sí con un suave clic que sonó en mis oídos como el cerrojo de una celda. Me quedé solo con el Mayor y su pila de papeles, el eco de la audaz pregunta de Fabián — ¿cuál de todas las líneas que ya hemos cruzado le preocupa más, Diego?— resonando en el silencio, una verdad ineludible que convertía la firma de unos simples permisos de transporte en el acto más surrealista y trivial del universo.
Horas después, el sol de la tarde se derramaba por los ventanales del salón, pintando largas franjas doradas sobre la alfombra persa y arrancando destellos de las fotografías con marcos de plata que documentaban una vida de felicidad manufacturada. La casa estaba impregnada de ese silencio particular de las horas previas a un viaje, una quietud cargada de la energía de la anticipación y el movimiento inminente, un ambiente que siempre me había resultado extrañamente melancólico. Beatriz, sin embargo, se movía en medio de esa calma con la precisión de un general preparando una campaña, su maleta de cuero abierta sobre la cama del dormitorio principal como un mapa estratégico, cada prenda doblada con una eficiencia que no admitía ni una sola arruga. El aire olía a su perfume de jazmín y a la laca que había usado para fijar su impecable moño, una fragancia que se adhería a las cortinas de seda y a los muebles de caoba, marcando su territorio incluso en su ausencia.
— ¿Estás seguro de que estarás bien estos tres días solo? Podría haberle pedido a mi madre que se quedara contigo en lugar de llevarse a los niños, pero sé cómo te agobia su constante preocupación.
— Estaré perfectamente, Beatriz. No te preocupes por mí. Un poco de silencio y soledad me vendrá bien para poner en orden algunos pensamientos y adelantar trabajo.
Su pregunta, cargada de una genuina preocupación marital, se sintió como una pequeña piedra afilada en mi conciencia, una prueba más de la elaborada farsa que se había convertido en mi existencia. Asentí con una sonrisa que ensayé para que pareciera tranquilizadora, mis manos metidas en los bolsillos para ocultar la forma en que mis dedos ansiaban marcar el número de Fabián, y la observé cerrar las cremalleras de su equipaje con un gesto final y decidido. La idea de tres días sin ella, sin los niños, sin la necesidad de representar mi papel, se extendía ante mí como un oasis en medio del desierto, un territorio virgen de libertad y posibilidades tan embriagador que me costaba mantener la expresión de marido ligeramente apesadumbrado. La culpa era un veneno lento en mis venas, pero la promesa de la recompensa era un antídoto demasiado potente como para ignorarlo.
— Bueno, si cambias de opinión, solo tienes que llamar. Mis padres estarán encantados de que te escapes una noche a cenar con ellos. Ya sabes cómo adoran a su yerno el Coronel.
— Lo tendré en cuenta. Ahora ve, o perderás el vuelo. Llámame en cuanto aterrices, no importa la hora que sea.
Me acerqué a ella y la abracé, un gesto mecánico perfeccionado por casi dos décadas de práctica, mi barbilla apoyada en su hombro mientras mi mente ya volaba lejos de allí, trazando un mapa hacia un apartamento de ladrillo rojo y sábanas grises. El tacto de su abrigo de cachemira era suave y lujoso, un recordatorio del mundo de orden y estabilidad que estaba a punto de traicionar con premeditación, y al besar su mejilla, el sabor de su maquillaje fue un regusto amargo a la mentira que estaba viviendo. La vi bajar las escaleras, arrastrando la maleta con ruedas cuyo traqueteo sobre el suelo de mármol era la banda sonora de mi inminente liberación, y cuando la puerta principal se cerró tras ella, el silencio que quedó no fue melancólico, sino una promesa ensordecedora de lo que estaba por venir.
El baño de la armada era un espacio de una funcionalidad brutal, un santuario de azulejos blancos y ecos donde el vapor de las duchas anteriores todavía se aferraba al aire, empañando los espejos con un velo fantasmal. El olor a cloro y a jabón antiséptico era agudo, casi medicinal, una fragancia que prometía limpieza y purificación, aunque yo me sentía indeleblemente marcado por un deseo que ninguna cantidad de agua podría lavar. Las tuberías de metal expuestas corrían por el techo como las venas de un leviatán mecánico, y de uno de los grifos mal cerrados caía una gota solitaria con un ritmo hipnótico y persistente, el único sonido en la quietud de la media tarde. Lo había seguido hasta allí con el pretexto de una conversación urgente sobre los horarios de entrenamiento, una excusa tan delgada como el cristal, pero que ambos aceptamos sin cuestionar, la necesidad de un momento a solas superando cualquier lógica o precaución.
— Aquí no, Diego. Es una locura. Cualquiera podría entrar en cualquier momento.
— Que entren. Ya no me importa. No puedo pasar un minuto más fingiendo que no existes, que lo que pasó entre nosotros fue una alucinación.
Sus palabras fueron un susurro tenso, sus ojos verdes moviéndose con nerviosismo hacia la puerta cerrada mientras yo lo acorralaba contra la fría pared de azulejos, mis manos a cada lado de su cabeza, atrapándolo, anclándolo. El contraste entre la tela áspera de su uniforme y la suavidad de su piel bajo mis dedos cuando mi pulgar acarició su mandíbula fue una descarga eléctrica que encendió la pólvora que ambos llevábamos dentro. Su intento de resistencia fue puramente verbal, porque su cuerpo se traicionó a sí mismo, inclinándose hacia el mío, sus caderas buscando instintivamente las mías, un magnetismo animal que desafiaba todas las reglas y regulaciones grabadas en las paredes de aquel edificio. El reflejo distorsionado en el espejo empañado nos devolvía la imagen de dos hombres uniformados en una pose que constituía una traición a todo lo que representábamos, una imagen tan prohibida como inevitable.
— Estás jugando con fuego, Coronel. Con tu carrera, con tu familia, con todo.
— Entonces déjame quemarme. Prefiero arder en tu infierno que congelarme en mi cielo perfecto.
Mi respuesta fue un gruñido bajo y gutural, la voz de un hombre que ha llegado al límite de su autocontrol, y entonces mi boca se estrelló contra la suya, silenciando cualquier otra protesta. El beso fue una explosión, una colisión de desesperación y anhelo acumulado, tan diferente de la tierna exploración del sábado; esto era una reclamación, una marca de posesión en territorio enemigo. Sus manos, que al principio habían intentado empujarme, se rindieron y se aferraron a mis hombros, sus dedos apretando la tela de mi uniforme mientras me devolvía el beso con una ferocidad que igualaba a la mía, nuestras lenguas batallando en una danza salvaje y desesperada. El sabor a menta de su aliento se mezcló con el mío, y el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y el roce de la tela se convirtieron en la única sinfonía en aquel espacio aséptico y olvidado.
En el pasillo exterior, una sombra se deslizó con la agilidad de un depredador, sus botas de combate moviéndose sobre el linóleo pulido sin producir un solo sonido, un fantasma en el bullicio de la tarde. Sebastián Vargas se detuvo junto a la puerta del baño, su ceño frunciéndose al escuchar los sonidos ahogados que provenían del interior, un murmullo que no encajaba con la normalidad del lugar. Su primer instinto fue seguir de largo, pero una curiosidad mezclada con un vago presentimiento lo hizo detenerse, su oreja acercándose a la madera fría de la puerta. El color abandonó su rostro al reconocer una de las voces, la de Fabián, pero era el tono, un jadeo roto por la pasión, lo que le heló la sangre, seguido por el sonido inequívoco de un beso, tan explícito y hambriento que no dejaba lugar a dudas. Retrocedió como si la puerta quemara, sus ojos oscuros abiertos por una incredulidad que rápidamente se transformó en una comprensión helada, y sin hacer un solo ruido, se dio la vuelta y se alejó por el pasillo con la misma cautela sigilosa con la que había llegado, su mente un torbellino de lealtad rota y secretos descubiertos.
El teléfono vibró sobre el escritorio de caoba con la insistencia de un insecto atrapado, su zumbido una nota discordante en el silencio de la noche que había descendido sobre mi casa vacía. Llevaba horas allí sentado, en la penumbra de mi estudio, con una copa de whisky en la mano cuyo líquido ambarino apenas había probado, el hielo derritiéndose lentamente como mi propia determinación. El aire olía a cuero viejo, a papel y a la madera encerada de los muebles, un aroma que siempre había asociado con la reflexión y la soledad, pero que esta noche se sentía opresivo, cargado con el peso de mis decisiones y el eco de un beso robado en un baño de la armada. La casa, despojada de las voces de mis hijos y de la presencia controladora de Beatriz, no era un santuario de paz, sino un mausoleo de mi antigua vida, cada habitación un recordatorio de la fachada que estaba a punto de demoler.
— ¿Diga?
— ¿Hablo con el Coronel Diego Herrera? Soy el doctor Martínez, del Hospital Central de la Capital.
La voz al otro lado de la línea era desconocida, un barítono tranquilo y profesional que, sin embargo, hizo que un escalofrío de mal agüero me recorriera la espalda, la formalidad de su presentación una alarma que anticipaba una catástrofe. Me erguí en el sillón de cuero, el vaso de whisky olvidado sobre un posavasos, mi mente repasando a toda velocidad una lista de posibles horrores: un accidente de avión, un problema con mis suegros, algo impensable relacionado con los niños. La lámpara de banquero sobre el escritorio arrojaba un círculo de luz verde sobre un montón de papeles sin leer, un pequeño escenario donde mi mundo estaba a punto de desmoronarse bajo el peso de unas pocas y sencillas palabras. El silencio de la casa se volvió repentinamente amenazador, cada sombra en los rincones de la habitación pareciendo cobrar vida, expectante.
— Sí, soy yo. ¿Ha ocurrido algo? ¿Está todo el mundo bien?
— Lamento tener que informarle de esto por teléfono, Coronel, pero su padre, el General Augusto Herrera, ingresó en urgencias hace una hora. Sufrió un infarto masivo.
La pausa que hizo el doctor fue un abismo, un vacío en el que mi corazón se detuvo, suspendido en una agonía de anticipación, el cuero del sillón crujiendo bajo mi peso mientras me inclinaba hacia delante como si la proximidad física al teléfono pudiera alterar la realidad de lo que estaba a punto de escuchar. El sabor metálico del pánico me inundó la boca, un gusto a sangre y a miedo que eclipsó por completo el del whisky, y la imagen de mi padre, rígido y severo incluso en mis recuerdos más lejanos, apareció en mi mente con una claridad dolorosa. Las manecillas del reloj de pared, un regalo de mi padre por mi ascenso, marcaban las diez y cuarto, su tic-tac un metrónomo que medía los últimos segundos de mi vida tal y como la conocía. La habitación pareció encogerse a mi alrededor, el aire volviéndose denso, difícil de respirar.
— Hicimos todo lo que pudimos, se lo aseguro. Pero su corazón estaba demasiado débil. El General Herrera falleció hace veinte minutos. Lo siento muchísimo, Coronel.
Las palabras finales del doctor —falleció, lo siento muchísimo— no fueron un golpe, sino una onda expansiva silenciosa que me vació por dentro, dejándome como una cáscara hueca, un autómata con la mano aferrada a un auricular. El vaso de whisky cayó de mi otra mano, estrellándose contra el suelo de madera en una explosión de cristal y líquido que apenas registré, el olor acre del alcohol liberado llenando el aire como el incienso en un funeral prematuro. Me quedé mirando el desastre a mis pies, los fragmentos de vidrio brillando bajo la luz verde de la lámpara como diamantes rotos, un reflejo perfecto de cómo me sentía por dentro: destrozado, fragmentado, irrevocablemente dañado. El hombre cuyos prejuicios habían librado una guerra en mi alma, el arquitecto de la fortaleza en la que había vivido atrapado durante cuarenta años, el origen de todas mis reglas y mis miedos, se había ido, dejándome terriblemente, absolutamente, y por primera vez en mi vida, libre.