La fiesta de graduación llegó a su final; no era mi ambiente, pero no quería estar en mi casa recordando lo que Felipe me había hecho. Las lágrimas que derramé en su momento me ayudaron a no seguir haciendo tal cosa y al final supe que ya no iba a llorar más de lo que tenía que llorar. El chófer me esperaba en la salida; él se encontraba cansado y no era para menos, ya era de día y seguramente mi papá lo había contratado para toda la noche. —Hola, buenos días —lo saludé y él dió un brinco—. No se asuste, ya es momento de irnos. Pero antes quiero pasar a un sitio. —Buenos días, señorita Endecott —Él se arregló lo más aprisa posible—. Claro, donde usted quiera ir, vamos a ir. El chófer abrió la puerta trasera, pero yo no quise irme hasta atrás. Al final me senté en el asiento delantero y

