Capítulo 22. Actos.

1000 Palabras
DAREN ASTARTÉ SOLÍS — No es exclusión, Daren. "No es exclusión", esas palabras siguen merodeando por mi cabeza, aunque Asteria intentara decir que no lo era, por más que pudiese tener la razón, no lo sentí así; claramente lo fui. La cara de Haku lo decía en toda su expresión, reconozco sus malos actos, su repugnante inteligencia y hasta su débil hipocresía, no obstante, ignora mis emociones y pasa por alto las deducciones asertivas, porque hoy a atacado y no de una forma pareja. —¿Amigos? —bufé en dirección de aquel—, ¿lo somos? —Lo somos. —Respondió— No te martirices, yo no haré lo mismo si me la regresas. —Oigan. —Interrumpió Asteria cierta tensión que, para sí, no tiene sentido— No entiendo que hizo de malo, ni tampoco él porque te sientes tanto. Suéltenlo, son amigos. La puerta repentinamente se abrió y el señor Santher, la señora Glenda y mi madre entraron, al parecer la hora de retirada había llegado. —Haku, vámonos. —Menciono el señor Santher a su hijo, parecía algo perturbado y pálido. —Entiendo. Haku nos miró y asintió a modo de despedida, sin emitir un adiós, de cierta forma, las palabras sobraban y las de él, eran las que menos se querían escuchar. El señor y su hijo salieron uno a lado del otro, tan parecidos, pero sin dudas, uno más altivo que el otro. No me gustaría ser como mi padre, aquel que detesta a Santher, no obstante, el camino nos lleva a ello. —Vaya, sí que ha corrido el tiempo. —expreso mi madre a la señora Glenda, mientras observaban a Asteria y a mí con incertidumbre, pues no nos dirigíamos la palabra ni las miradas. —Por cierto ¿tienes algo que hacer? —preguntó la señora Glenda tratando de evadir la incomodidad. —De hecho, después de aquí tenemos planeado visitar a mis padres. —Musito mi madre sincera a lo que de inmediato me ordenó— Daren, por favor ve a buscar a tu padre, hay que ir a ver a tus abuelos, se nos va a ser tarde. —Bien entonces, Asteria podrías por favor ir a la cocina por un detalle para la señora Glenda en lo que Daren va por su padre. —Indico la madre de Asteria, quien definitivamente estaba leyendo el ambiente, agradezco desde el fondo el acierto de separarnos. Ambos asentimos y de inmediato me dirigí al estudio, mientras que Asteria se dirigía a la cocina. Cuando llegué, me encontré con la puerta del estudio semi abierta, ambos hombres parecían discutir de algo muy importante, a lo que, sin querer escuché a mi padre decir un nombre desconocido, con una voz temblorosa y emocional. —Freya. JOSEPH RENDOR SAÉNZ —Hay algo de lo que quiero hablar contigo, ahora que no está Santher. Fender tomó asiento, mientras que Santher de seguro ya se encontraba en la sala principal con su familia despidiéndose; él es el típico amigo que huye antes de que quiera arrastrarlo en un campo en batalla junto al otro, no lo culpo, aprendió a retirarse antes de la catástrofe. — ¿De qué quieres hablar? —cuestionó Fender con preocupación. —Sé que tú no eres tan ambicioso como tu mujer. —Hable con certeza, algo que a Fender le molesto, era tan evidente por su cara, por lo que decidí añadir— Antes de responder de mala gana, escúchame, te conozco, crecimos juntos y sé que si tomaste ese dinero fue también para mantenerlas, tus intenciones no eran tan malas después de todo, por eso lo comprendo, no obstante, sin lugar a dudas hay que distinguir que fueron incorrectas. Independiente del motivo oculto. —No sé a qué te refieres. —Dijo esté haciéndose el desentendido a lo que restregué— Me engañaste, te pregunte por el paradero de ella hace años y ¡tú!, sin titubear respondiste que desconocías su paradero. —Ja, Dios, no existe más perro que el dueño. —Su rostro se distorsiono por segundos, no podía diferenciar si era una burla o un deshago— ¿Desde cuándo lo sabes? —Desde que compraste una casa de la que tú esposa e hijo no tienen conocimiento. Si no me equivoco, fue hace unos diez años. —Juro, no, espera. Jurar es muy malo, pero, a decir verdad, realmente creí que te habías rendido en encontrarla. —Tenía que asegurarme de que ella y el bebé no pasaran hambre, sin embargo, dejé de preocuparme al enterarme de que Flor había quedado embarazada de ti. —Solté— No harías lo que tu padre hizo contigo. —No, no tiene nada que ver el abandono que viví, —Respondió subiendo un poco su tono— independientemente de lo que conozcas, yo la amo, haría lo imposible para que no le faltara nada a ella ni a la niña. —Con que fue una niña, —Rememore en mis memorias la apariencia de Flor y musite— de seguro se parece tanto a ella. —Es idéntica. —Confirmó—, son mi luz. —Su nombre, el de la niña. —Freya. —¿No te arrepientes?, me refiero a Diane y el hijo que tiene juntos. —Sabes perfectamente porque me casé. —Este soltó en agobio— Quiero a Diane y amo a mi hijo. Si me pides elegir entre mis dos familias, no podría, sería tan egoísta, que me quedaría con ambas. —Oh, tan descarado como siempre. —Ofendí— Diane no merecía esto. —Es lo que eligió —Presumió—, si no tienes más decir, me retiró. Este habré paso y se direcciona a la salida, no obstante, al tomar la manija de la puerta semi abierta y al abrirla por completo se lleva un golpe de sus actos; aquel pequeño a quien dio vida, está ahí derramando lágrimas frente a sus ojos. — Papá, ¿t-tengo una hermana?
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