DAREN ASTARTÉ SOLÍS —Sabías que a tu madre le otorgue un maestro de defensa personal. — ¡Enserio! DIANE SOLÍS BARRERA — ¿Ya te moriste? —Cuestione al batardo que tenía a mis pies. Odiaba demasiado a los tipos como él, que me era inevitable no querer encajarle el tacón de punta fina en el dorso profundamente. —Señorita. —Habló uno de los hombres que mandó Zeru—, el señor ha ordenado que nos encarguemos de él. Al escuchar su indicación, saco la punta del tacón como si nada, luego observó que un sirviente me trae una toalla pequeña, una tina con agua, calzado y ropa nueva, ya que, por obviedad, la mía es inservible, no obstante, antes de estar presentable para entrar decido dar media vuelta y mirar al hombre que aquellos hombres estaban sosteniendo para llevarlo hacia su desagradable f

