Mi primer día de trabajo y estaba llegando tarde, confiada con mi suerte el día de la entrevista, salí un poco más tarde, tome el autobús, que hizo algunas paradas después cada unas de unos cinco minutos, lo que me hizo llegar tarde al metro, por lo que tuve que tomar un taxi y despedirme de medio mes de renta y aún así llegar tarde, ya habían pasado diez minutos y yo aún corría por los pasillos intentando llegar lo antes posible, cinco minutos después de correr un maratón en tacón de aguja (lo que debería considerarse un récord Guiness) llegue a mi flamante escritorio, sobre el había únicamente una nota.
Feliz primer día de trabajo, espero que no estés llegando tarde, te dejo algunas indicaciones para tu día.
1.- Siempre llega cinco minutos antes de tu hora de entrada.
2.- Asegúrate de que el intercomunicador este encendido.
3.- Siempre, siempre avisa de tu llegada.
4.- La única palabra que no debes olvidar es "si señor"
5.- No hagas preguntas.
6.- Revisa tu e-mail cada cinco minutos.
P.D El jefe te está buscando.
Mierda, el jefe, solté el papel junto con las cosas que sostenía en las manos, algunas para decorar y otras tantas para facilitar mi trabajo, así como mi portátil y mi libreta.
Alise mi ropa y me pare frente a la puerta del que ahora era mi jefe, di dos golpes y espere su respuesta, pero nunca respondo, así que toque dos veces más pero el resultado fue el mismo.
Sentí aún alivio inmediato al darme cuenta que aunque había llegado tarde, llegue un antes que el jefe, no esperaba tener esa suerte todos los días, sin duda tendría que salir más temprano la próxima vez.
Siguiendo las indicaciones de la nota, revise mi bandeja de entrada para asegurarme de no tener algún correo con indicación, después de actualizar tres veces para estar segura que no había novedades comencé a acomodar mis cosas, dándole un toque personal a mi área de trabajo.
El lugar estaba en silencio, podía escuchar mis propias ideas viajar en mi cabeza, no podía hacer nada mas que esperar a mi jefe.
El sonido de unos pasos me alertaron, enderece la espalda y me acomode en mi lugar con una sonrisa.
— Buenos días señor Rhys. — Saludé al ver que el hombre que se acercaba era mi jefe.
Se detuvo frente a mi escritorio al escuchar mi voz, sostenía unas carpetas en una mano y su teléfono en la otra, su rostro se endureció, parecía bastante molesto y mucho más grande, el día de la entrevista estaba detrás de su escritorio, sentado en su enorme y cómoda silla, pero ahora que lo tenía frente a mi parecía mucho más grande quizá 1.85 tal vez más.
Echo un vistazo a su reloj y frunció el ceño aún más.
— Si no me equivoco en su currículum decía responsable, lo que yo supongo es parte de ser puntual. — De un golpe soltó las carpetas sobre mi escritorio.
— Una disculpa, me está costando trabajo adaptarme al transporte....
— Señorita, ahorre la plática y ponga en práctica las cualidades que tan amablemente coloco en su currículum, quiero esos borradores para las 5:00pm y confirme mi cita con Oliver Connor.
Regla número 4
— Si señor. — Tome las carpetas y comencé a leer fingiendo que tenía todo bajo control, en cuanto despareció de mi vista, tome el celular y escribí un texto para Marion.
Alessandra
¿tienes el número de Olive Connor? y ¿quien es?
me van a despedir en mi primer día.
Su respuesta llegó apenas un minuto después.
Marion
No si puedo impedirlo, revisa tu correo.
Acaban de llegar y ya tenía una deuda, Marion me estaba salvando el trasero, toda la agenda con los números, direcciónes y nombres que podía necesitar, entre ellos Olive Connor.
Alessandra
Gracias, te debo una. (emoji de besito)
Para las cuatro de la tarde había terminado todo lo que mi jefe había ordenado, las tareas que recibía a cada cinco minutos en mi correo, las órdenes que sonaban por el intercomunicador, su cita y los borradores que que estaba por llevarle a su oficina.
— Señor Rhys. — Di un paso dentro de su oficina después de tocar levemente para anunciar mi entrada. — Tengo los borradores que me pidió. — Camine en su dirección y los coloque con cuidado sobre su escritorio, justo frente a el.
Su rostro se endureció en el momento que estuve parada frente a él, cómo si estuviera esperando que hiciera algo mal para deshacerse de mi, buscando el momento indicado y la excusa para despedirme, sabía que no era de su agrado, me di cuenta el día de la entrevista lo había escuchado decirlo, pero era la más preparada para tomar el puesto que su antigua asistente dejaba.
Si pensaba que saturandome de trabajo sería la forma de logralo estaba muy equivocado, estoy acostumbrada a trabajar bajo presión y con jefes gruñones.
Estar aquí me acercaba un poco más a mi sueño de ser escritora y ni el trabajo o su mal humor me asustaba.
— Los revisaré en cuanto tenga tiempo, puede retirarse. — Su voz sonaba tan vacía, sin emociones en ella, con un glaciar en eso ojos azules. — Señorita Rodríguez. — Menciono mi nombre antes de que pudiera dar un paso fuera de su oficina.
— Si señor. — Cuánta razón tenía la regla 4, si señor sería lo que más pronunciaría en mis días de trabajo.
— Necesito que recoja algunos trajes de la tintorería, los quiero aquí antes de las seis. — Ordenó con la vista en los papeles que le había entregado. — En cuánto antes salgas de mi oficina más rápido estará de regreso.
— Si señor. — Esa palabrita otra vez.
Salí de su oficina con un rastro de molestia y preocupación, corri hasta mi portátil y revise la agenda de direcciónes que me había enviado Marion, efectivamente había una tintoreria, una dirección y un número de teléfono.
Lo primero que hice fue abrir Google maps y colocar la dirección.
— Mierda.
Estoy segura que esto es un mal chiste, está al otro lado de la ciudad, me tomaba una hora llegar de mi apartamento aquí, cómo se supone que recorra esa distancia en menos de dos horas.
Tome mi bolso y con el teléfono en mano corrí al ascensor, primera parada: Marion.
— Dios, luces tan.....
— ¿Cansada?
— Agitada, literal llegaste aquí corriendo, ¿Que sucede? no me digas, ya te cansaste y estás huyendo del jefe.
— No tiene esa suerte, no en mi primer día, yo necesito ir a la tintorería y está al otro lado de la ciudad. — Dije mientras intentaba recuperar el aliento.
— Esos es.. wow.
— un idiota eso es.
Ambas soltamos una risita por mi comentario.
— Necesito un consejo o creo que llegaré a media noche, no conozco la ciudad.
— Tengo al hombre ideal para esto, espera. — Tomo el teléfono y precio o algunos números, hablaba con alguien llamado Jake.
— ¿Y bien? — Pregunte ansiosa.
— Ahí está tu solución. — Señalo a un joven que caminaba en nuestra dirección.
— Jake, ella es Alessandra, la nueva asistente del señor Rhys y tiene una tarea imposible.
— Hola Alessandra, mucho gusto. — Me ofreció su mano que acepte con gusto.
— Entonces ¿Que tenmos que hacer?
— Ir a este lugar y regresar antes de las seis. — le mostré la dirección en mi teléfono.
Una sonrisa que demostraba lo emocionado que estaba por tomar este reto, me tomo de la mano y casi corriendo me saco del edificio hasta detenernos frente a una motocicleta.
— ¿Es una broma?
— Toma, ponte esto. — Me entrego un casco.
— No, no es un broma ya veo.
Me monte en la moto y me coloque el casco de la misma forma que el lo hizo, me abrace a su cintura como si mi vida dependiera de eso y literal si dependía.
La idea de morir planchada por un auto en la ciudad de Nueva York no me llenaba de entusiasmo.
No abrí los ojos ni una sola vez durante todo el trayecto hasta que el motor de la motocicleta de Jake se apagó.
— lessi. — me llamo por un diminutivo que jamás nadie había usado.
— ¿Si?
— Ya puedes soltarme, hemos llegado o podemos ir ambos y fingir que somos siameses.
Su humor me saco una sonrisa, me solté de su cintura y me apresure a entrar a la tintorería, salí con dos trajes impecables.
De un modo casi milagroso estábamos de regreso en la editorial, con los trajes intactos y vivos en una sola pieza.
— Les debo una chicos. — Fueron mis últimas palabras antes de salir corriendo de regreso a la oficina de mi jefe.
Por fin en la privacidad del elevador pude llenar de aire mis pulmones y alisar mi ropa, para cuando las puertas se abrieron salí con todo el porte de una modelo, cómo si no hubiera recorrido la ciudad en moto.
— Señor Rhys. — Llame a la puerta.
— Adelante.
Estaba acostumbrada a esta rutina, no era nada nuevo para mí.
Abrí la puerta y en silencio me acerque hasta su escritorio en silencio, con los trajes colgando de mi mano, dentro de la bolsa protectora.
Su mirada me recorrió por completo, de pies a cabeza y juraría que un frío escalofrío tocó mi cuerpo, después paso sus ojos directo al reloj Rolex que llevaba en la mano izquierda.
— Bien, déjelos en el closet y puede retirarse.
¿solo bien? es una maldita proeza cruzar la ciudad en menos de dos horas y solo dice bien, ni un gracias o excelente trabajo, no, solo bien.
Por suerte no estaba aquí para ser su amiga, si no una famosa escritora.