Los días pasaban convirtiéndose en semanas meses hasta que había llegado el momento de que Cataleya diera a luz. El dolor que se alojaba en su cuerpo por las contracciones eran insuperables. El sudor resbalaba por la frente de Cataleya, mezclándose con las lágrimas que brotaban de sus ojos. Cada contracción era una ola que la arrastraba hacia un abismo de dolor. Regina, con la voz entrecortada por la emoción y la angustia, le apretaba la mano con fuerza, sus ojos reflejando el mismo tormento. —¡Casi estamos, Cataleya! ¡Un poco más! —animaba Regina, aunque su voz temblaba. Calvin, desde una esquina de la habitación, escuchaba la escena con el corazón en un puño. Se podía imaginar el rostro suficiente de Cataleya. Y en el reloj de la pared, cada segundo que pasaba era una eternidad. De

