Desde aquel día el nieto del mostrou volvía a visitar a sus abuelos cada fin de semana, esperaba a qué yo saliera al patio de mí casa para esconderse entre las flores de mí madre para así poder espiar.
Ya no podía seguir ignorandolo así que pregunté con una voz casi prejuiciosa.–¿Que quieres?.– Aunque era evidente la respuesta.
– Queria saber si podemos jugar juntos.
– ¡No!.– Grite irritada.
- ¿Pero, por qué?. No te he hecho nada, solo quiero jugar contigo.– Levantó sus manitas así arriba demostrando confusión, aún así respondí muy arenosa.
– ¡Porque no puedes jugar conmigo, y ya!.
– ¿Pero, por que?.– Pregunto nuevamente, pensé ”Que insistente es este niño".
– ¡Porque no!.– Volví a repetir.
– Entonces le diré a mí abuela que no quieres jugar conmigo.– Que insolente en amenazarme de esa manera.
– ¡No!.– Dije, intentado detenerlo.
Aurora si me interesaba, y sin darme cuenta la estaba culpando también a ella de lo que me había hecho su esposo olvidando que fue ella la que me había salvado. Por ella quizás debía darle una oportunidad a su nieto, de todo modos fruncí mi frente enojada y dije.– Está bien, pasa pero no ocupes la silla de Didi.
Como si resibiria algún premio paso rápidamente entre las flores y con mucho entusiasmo se acomodo en el lugar que le habia otorgado.
– ¿A qué jugaremos?.
– Pues estaba jugando con Didi a que eramos princesas, ¿Quieres ser princesa?.– Sonreí.
– ¡Claro que no!. ¿Puedo ser un caballero?.
– No hay caballero en este juego.
– ¿Puedo ser un rey?.
– Para ser rey primero debes tener una Reyna y tu no tienes.– Contesté enojada el venía a desarmar las reglas del juego.
– Entonces sé tu mí Reyna.– Lo mire con enojo y dije. – Mejor se un caballero.
– Está bien.– Respondió él muy atrevido.
– Ya no molestes con tus tonterías por favor.
– No lo haré.
El era muy intenso pero también conformista, respondía sí a todo lo que yo decía, nunca se oponía o se enojaba, al contrario siempre me daba la razón a todo.
Aquella tarde jugamos tanto que no nos dimos cuenta de que la hora había pasado, su abuela salió a buscarlo y mientras gritaba su nombre el respondió que ya iba.
– Hasta mañana princesas, gracias por dejarme jugar con ustedes.
– Solo respondí.– Adiós.– No quería encariñarme con el tan rápidamente.
Desde aquel día jugamos juntos cada fin de semana, él y Didi se convirtieron en mis mejores amigos, mis confidentes, apesar de tener esa maldita sangré corriendo por sus venas, aunque a decir verdad cada vez que pasaba tiempo a su lado lo conocía un poco más y ya no lo veía tan así.
Lucas era un buen niño.
Pasaron los años y nos hicimos adolescentes, habíamos crecido en el patio de mí casa sin darnos cuenta, el seguía siendo un caballero y yo una princesa. Cambiamos los juegos del patio por conversaciones reales y coherentes, tampoco seguíamos siendo tres, pues Didi había quedado ocupando un pequeño rincón de mí cama y ya no la inbolucabamos en nuestros encuentros, ahora solo éramos dos, Lucas y yo. Mis padres lo adoraban y el a ellos, lo querían como si fuese su propio hijo.
Al transcurrir los años a mí padre lo había atacado una enfermedad muy grave, era muy joven aún pero el tenía cáncer del hígado, no podían hacer nada más por él, nosotros tampoco teníamos los recursos para pagar sus tratamientos, mí padre lo sabía, y no quería que nos endeudemos por su culpa.
Solo pidió estar a solas con mí mamá, él había decidido dejar de luchar y pasar sus últimos días con nosotros. Siempre tenía la esperanza de que se sanará, de que un día nos digeran que todo había pasado pero tristemente no fue así.
Tenía tan solo catorce años cuando el murió, la noticia fue devastadora para mí, lo amaba mucho, pero sabía que el fondo era lo mejor para él, estaba sufriendo mucho, no aguantaba las lágrimas cuando lo oía quejarse de sus dolores o verlo tan descompuesto convirtiéndose en piel y hueso, ya no lo quería ver así, él no se lo merecía.
Al quedar sola mí madre con nosotros ya no tenía dinero, y mucho menos para pagar una sala para velarlo y despedirlo como el se merecía, apenas pudo comprar un cajón con el dinero que los vecinos les habían colaborado.
Mí madre también había decidió que sus últimas hora aunque quedará mal visto, fuera en nuestra casa.
Todos los amigos, familiares y vecinos vinieron a darnos el pésame, me partía el alma verlo así pero no podía llorar, tenía que ser fuerte por mí madre, así que me aisle por un momento de aquel lugar y fui a la parte trasera de la casa donde prácticamente pase toda mí infancia, me derrumbe en el piso deseando que todo terminará pronto. No entendía nada sobre la muerte, solo que ella me había quitado a alguien importante.
Intenté contenerme, seguir siendo fuerte, cuando de pronto veo la figura de una persona acercándose hacia mí, lo reconocí de inmediato, era Lucas, mí mejor amigo.
– Sabía que estarías aquí.– Se acercó muy despacio a mí lado y tomó asiento en el suelo conmigo.
– ¿Como lo supiste?.– Pregunté.
– Mi abuela me avisó.– Intente responderle con una sonrisa de agradecimiento pero no pude.
– Gracias.– Fue lo único que dije.
– Supuse que necesitarías a tu caballero en estos momentos.– No sé porqué pero lo miré y no pude evitar que mis ojos se llenaron de lágrimas, ya no las podía contener, solo dejé de ser fuerte por un instante y solté un llanto angustiador.
– Yo no pude hacer nada por el, no quería que sufriera , no sé...no sé que devia hacer.– Lloré colocando mis manos sobre mí rostro, y mí frente sobre mis rodillas no quería que él me viera así.
– De'laila, tienes que llorar, llora hasta que tu alma sienta que él se encuentre en paz. No te contenga, yo estoy aquí para ayudarte.
¿En qué momento el se había vuelto tan maduro?.
Lucas extendió sus brazos sobre mís hombros y solo me abrazo, era todo lo que en aquel momento necesitaba y él lo sabía.