Alessia. Cuando desperté, sentí un ardor insoportable recorrerme el cuerpo entero. Mis párpados pesaban como plomo y el sonido de un monitor marcando mis latidos me hizo estremecer. Todo olía a alcohol, a desinfectante… a dolor. Abrí los ojos con dificultad. El cuarto era pequeño, clínico, desconocido. Y frío, muy frío. Intenté sentarme, pero un dolor agudo me atravesó el abdomen, haciéndome soltar un gemido. Automáticamente llevé las manos a mi vientre vacío. Un terror helado me subió por la garganta. —¿Dónde…? —mi voz salió como un susurro ahogado—. ¿Dónde estoy? Y entonces la vi, mi madre. Amina Santoro estaba parada frente a mí, con los brazos cruzados, la mirada oscura y los labios apretados… pero los ojos rojos de llorar. O de rabia. O de ambas cosas. —Mamá… —logré murmurar—

