- ¿Eres casado? -
Se hizo un breve silencio. Arturo le miraba fijamente y Gustavo no podía definir su expresión, pero le hizo titubear. ¿Había dicho algo inapropiado?
- Sí, soy casado - respondió lentamente - ¿Te sorprende? -
- No, no - hizo un gesto con la mano - No usas sortija -
- ¡Oh! Eso… - se miró la mano - Bien… yo he aumentado mucho de peso - explicó cohibido - y ya no me queda -
- Eso pasa - dijo Arturo con naturalidad.
Se hizo un breve silencio, algo incómodo.
- ¿Tienes hijos? -
Alzó la mirada.
- Sí, dos -
- ¿Pequeños? -
- Verónica tiene nueve y Adán, siete -
Arturo asintió con la mirada fija en su platillo.
- ¿Y tú? - preguntó con cautela - ¿Tienes esposa, una novia? -
Esta vez los labios de Arturo se curvaron en una semisonrisa que hizo a Gustavo moverse inquieto en su asiento y sin mirarlo, respondió: - No, no soy casado ni tengo pareja - hizo una pausa significativa - El chico correcto no ha aparecido -
El rostro de Gustavo se contrajo y repentinamente sintió mucho calor.
- ¡Oh! Yo… lo siento…
- Gustavo, no te preocupes - la forma en que pronunció su nombre provocó de nuevo esa extraña sensación en su vientre - Soy muy abierto con mi sexualidad - Arturo no parecía molesto, ni incómodo - No es que lo anuncie en cuanto entro a una habitación, pero tampoco lo oculto… Si el tema surge, no tengo reparo en hablar de ello -
- Yo… simplemente no debí asumir que…
- Olvídalo. No es nada - Arturo le miró - Espero que eso no sea un problema -
- ¿Qué? No, no - se puso muy serio - En lo absoluto -
- Bien. Me alegra - murmuró Arturo, la mirada fija en él y Gustavo se vio atrapado de nuevo en el brillo intenso de sus ojos.
¡Maldita sea! ¿Qué tenía su mirada que lo capturaba de esa manera? Fue Arturo quien rompió el contacto, pero él era incapaz de moverse.
Apartó su platillo. Había perdido el apetito.
- ¿Otra bebida? -
La voz de Arturo le sacó de sus pensamientos.
- No, estoy bien. Si la agenda de mañana es como la de hoy, necesitaré mis cinco sentidos para seguir el ritmo -
- No creo que tengas ningún problema en hacerlo - respondió el hombre con tono ligero.
Gustavo miró su reloj.
- Tú… ¿vives cerca? ¿Debes ir a tu casa? -
Arturo también apartó el platillo.
- No, no. Tengo una habitación aquí, en el hotel. Es mucho más práctico que ir y venir por la ciudad durante estos días -
- Sí, es mucho más cómodo -
- Bien. Creo que ya te he robado mucho tiempo por hoy. Posiblemente quieras descansar -
Gustavo le miró como si no comprendiera de qué hablaba. Le tomó unos segundos reaccionar.
- En realidad, creo que fui yo quien acaparó tu tiempo. Pediré la cuenta -
- No hace falta - Arturo le detuvo - La cena está incluida en el presupuesto de la empresa. La cargarán a la cuenta corporativa -
- ¡Oh! ¿En serio? -
- Sí, no te preocupes - Arturo le sonrió - ¿Vamos? -
Gustavo asintió y tomó sus documentos.
Salieron en silencio del restaurante y cruzaron el lobby. Tomaron el ascensor sin decir palabra. Gustavo marcó el segundo piso y Arturo el cuarto.
Cuando el carro se detuvo y la puerta se abrió, Gustavo no supo qué hacer. Se volvió a Arturo, dubitativo.
- Bien… nos vemos mañana - le tendió la mano.
Arturo le miró algo intrigado y estrechó su mano. Esta vez, el contacto fue más prolongado.
- Buenas noches, Gustavo -
- Buenas noches -
Dejó el ascensor antes que la puerta volviera a cerrarse y se dirigió a su habitación. Mientras buscaba su llave, pensó en el apretón, firme y cálido.
Entró, aseguró la puerta y revisó la agenda para el día siguiente. Esperaba poder volver a la normalidad y comportarse como el profesional que era.
Siempre había sido reconocido por su seriedad y profesionalismo. Era seguro de sí mismo, centrado, ágil de mente. En general, sus colegas le percibían como alguien serio, callado, pero ese día, no se reconocía.
No sabía por qué actuaba así: titubeante, nervioso, como un novato. Lo único que sabía es que esa extraña reacción la provocaba la presencia de Arturo Lloyd.