Advertencia: se tocará el tema de los ataques de ansiedad.
***
Al día siguiente, cuando despierto, Kev se encuentra a mi lado. Me levanto despacio, sin despertarlo, y salgo de la habitación. Camino hasta la cocina en busca de un vaso de agua, por alguna razón, siento demasiada sed. Voy al baño y me doy una ducha rápida, con la esperanza de que al volver a la habitación Kevin ya se encuentre despierto.
Ayer, por la sorpresa, no hice la maleta y debo prepararla antes de viajar. El agua tibia cae sobre mi cabello y luego a todo mi cuerpo, la paz y tranquilidad la absorbo con ansias. Dentro de unas horas empezará mi tortura y necesito llevar todo lo que me pueda mantener sereno.
Vuelvo a mi habitación después de unos veinte largos y pacíficos minutos que atesoraré en lo más profundo de mi ser. Kevin ya no está aquí, aprovecho a alistarme y voy a darle el encuentro. Él está en la cocina, prepara el desayuno, deja los platos en la mesa y va al cuarto a cambiarse.
El desayuno me anima, sus clásicos huevos revueltos con un vaso de jugo surtido y unas tostadas. Lo veo sonreír y le devuelvo la sonrisa, el ambiente es agradable y la conversación pasa por lo bajo. Disfrutamos del silencio y la compañía, como siempre que necesitamos del otro.
Termino de desayunar y él lleva los platos al lavadero para lavarlos, mientras me dirijo a mi cuarto a preparar la maleta. Solo llevo lo esencial, polos manga corta, en Baevil todo el año hace calor, dos pares de zapatillas, unos jeans, ropa interior, dos poleras y, por si acaso, dos polos manga larga.
En el bolso de mano guardo mis auriculares, cargador y mi libro de los temas del examen de admisión. No debería necesitar nada más. Salgo a darle el encuentro a Kev con ambas mochilas, él sujeta una y yo la otra. Cerramos la puerta principal y bajamos las escaleras hasta su auto.
Llamo a mamá durante ese proceso, ella me da el sermón:
"Cuídate, cariño. No pelees con tu padre, escúchalo. Trata de que el mes sea llevadero para ambos. Salúdame a Mónica. No les pongas difíciles las cosas. Haz tu mejor esfuerzo. Llámame cada que puedas. No confíes en extraños. No salgas a la calle a exponerte. Ten cuidado en la ciudad. No salgas solo..."
Después de asegurarle que trataré de cumplir con sus pedidos, nos despedimos y cortó la llamada. Kevin deja la maleta a mi lado y yo respiro hondo con la esperanza de que sea más fácil el decir adiós. Nos acabamos de reencontrar y debo partir, es injusto, lo sé y lo sabe, pero no puedo negarme.
-Tomaré un taxi-digo cuando está de nuevo parado frente a mí.
-Claro que no-. Niega con la cabeza-. Te llevaré a la terminal.
-No es necesario, Kev.
-Sí lo es-. Desengancha la agarradera de la maleta y la sujeta llevándola hasta la maletera del auto.
-Kev-. Lo sigo-. De verdad esto no es necesario, puedo llegar solo a la terminal.
-Podrías-responde dubitativo-. Pero prefiero llevarte.
-Pero...
-No, no, no-. Deja la maleta en el maletero y lo cierra-. No aceptaré tus objeciones, así que olvídalo.
-Puedo ser muy persistente-. Camino a su lado.
-Vuelca los ojos-. Lo sé, pero no te lo aceptaré-. Abre la puerta del auto y se sienta-. Deberías rendirte.
- ¿No puedo intentarlo una vez más?
-Perderías tiempo-. Miro su celular-. ¿A qué hora deberías estar en la terminal?
-El bus sale a la 1, debería estar ahí a las once y media para hacer la fila y entregar la maleta, para poder almorzar a las doce o por ahí.
-De aquí a la terminal son por lo menos veinte minutos y ahora son las diez y cuarto.
-Miré mi celular, incrédulo, no podía haber pasado tanto tiempo-. «¡Mierda! ¡Si paso tanto tiempo!»
-Te tomará entre diez y quince minutos tomar un bus, entre regatear y que no te dé un ataque de pánico serán otros diez minutos-. Me miró fingiendo tristeza-. Creo que soy tu única alternativa.
-Maldita sea-exclamo-. Va, está bien-. Suspiro frustrado-. Solo porque no tengo tiempo.
Él sonríe, orgullosos de su hazaña, sabe que detesto llegar tarde y no cumplir con mi horario. Entro al auto de copiloto, mi corazón aún se acelera cuando estoy aquí, pero lo ignoro. Hoy no puedo darme el lujo de sentir miedo, si no llego a tiempo las cosas se complicarán.
Kevin me ayuda con la maleta hasta registrarla, lo veo muy metido en el celular, pero no preguntó. Estoy revisando si el pasaje está en orden, confirmando mi llegada y registrando la maleta. Son ocho malditas horas en bus.
«¿Cómo se supone que resistiré tanto tiempo? ¡Con una hora ya me vuelvo loco! ¿Qué voy a hacer con ocho?»
Me estoy estresando. Antes amaba viajar, en bus o avión, era perfecto. Ver el paisaje con mis audífonos y la música que me explote los oídos. ¡Era hermoso! Pero ya no más, el camino me parece una tortura, la música no calma la ansiedad mi disminuye mis ganas de huir.
Respiro hondo cuando el joven que trabaja en la recepción me asegura que todo está correcto, puedo tener unos minutos de paz antes de subir al bus. Giro dispuesto a despedirme de Kevin e ir a almorzar, pero a mí regreso noto a dos personas sentadas al lado de mi querido amigo.
«La parejita».
Aiden y Ale están aquí, una agridulce sorpresa para mí. Me acerco a ellos con un poco de sigilo, ocultando mi nerviosismo. El más pequeño es el primero en percatarse de mi presencia, Ale y Kev están conversando. Me hace un saludo amistoso con la mano y me muestra una sonrisa sincera.
― ¿Qué hacen aquí? -Mi voz sale un poco chillona, lo que preocupa a mis amigos. Lo noto en cómo me miran, pero dicen que todo está bien.
―Vinimos a despedirnos―contesta Ale.
-No podíamos dejarte a la deriva en una situación como está-agrega Kev.
-Chicos, estoy bien-. Una sonrisa forzosa se hace presente y ambos se voltean a mirar.
―Alton, ¿estás seguro de poder viajar solo? ―pregunta por fin Aiden, preocupado.
―Claro que sí, chico. No te preocupes―. Los dedos de mi mano derecha golpean suavemente mi pierna. Aiden dirige su mirada hasta ella, al notarlo me mira más asustado-. Estoy bien-. Vuelvo a garantizar, aunque sé que es mentira.
«Otra maldita mentira».
―Si tienes problemas, llámanos―. El comentario de Kevin demuestra su inconformidad con mi viaje.
«Estoy igual que tú, Kev»-. Asiento― «Quiero que ustedes también estén tranquilos» ―. No se preocupen, de verdad, voy a estar bien.
―Lo sabemos-. Ale se acerca a mí y pasa su brazo por mis hombros―. Pero igual queremos asegurarnos-. Con su brazo sujeta mi cuello y con su mano me despeina.
- ¡Ale, no! -Le reclamo entre risas y mis otros dos amigos también ríen.
Cuando me suelta el ambiente está más tranquilo, Ale vuelve al lado de su chico y se apoya en él. Al niño se le forma un leve sonrojo, pero evitó centrar en él para no hacerlo sentir incómodo. Decidimos ir a almorzar, aprovechar el último almuerzo juntos antes de otra separación.
Vamos al centro comercial que se encuentra cruzando la calle, a la plaza de comidas. Kevin pide una clásica regular con papas y gaseosa de Bembos, Ale y Aiden una pizza americana para dos de Pizza Hut y yo un combo de dos piezas de pollo, porción de papas, gaseosa y unos nuggets para compartir del KFC.
La conversación era más superficial, queríamos distraernos. Es una charla amena, entre risas y recuerdos, desempolvando viejos momentos de niños. Kevin y Ale se molestan entre ellos, ambos han cambiado desde el colegio y yo solo me rio de oírlos.
Aiden por ratos me mira, como si quisiera preguntarme algo, pero no se atreve. Ale lo nota y me mira en respuesta, una pregunta tácita sobre si quiero saber la pregunta. Asiento sin temor, el niño y yo tenemos un nivel considerable de confianza.
-Kev-. Lo llama Ale-. Acompáñame a fumar un rato.
-Detesto el olor de tu cigarro-. Kevin hace una mueca.
-Anda, vamos-. Se acerca y susurra en voz baja, pero lo suficiente para solo nosotros lo escuchemos-. Si vas, la próxima vez te compro el almuerzo.
-Kevin sonríe-. Claro, querido amigo, como no te acompaño.
Aiden y yo estallamos en risas y Ale voltea los ojos, indignado. Ambos se marchan conversando entre ellos y nos quedamos solos. El menor evita mirarme, nervioso, se centra en el pedazo de pizza que aún tiene en el plato.
-Aiden-. Me mira-. Pregunta, sin temor. No hay problema.
-Es que... No sé si...
- ¡Ay niño! -Le sonrío-. Tú, solo pregunta.
-Bueno está bien-. Baja las manos a sus piernas y las soba por unos segundos-. Yo... Yo quiero preguntarte si... -Respira hondo-. Alton, quiero saber si tú... Si tú, de verdad, estás bien.
-Lo miro, confundido-. ¿A qué viene la pregunta? -Me enderezo en mi lugar-. Por supuesto que estoy bien.
-Alton, te vi esa vez, cuando ibas a entrar al auto. También cuando regresaste de revisar el pasaje-. Asiento entendiendo por dónde va su pregunta-. Entiendo que los autos, para ti, todavía son difíciles, pero...
-Ese día, solo estaba cansado-respondí despreocupado-. Y lo de hoy es porque me desagrada ir a ver a "mi padre"-. Hice las comillas con mis dedos-. No debes preocuparte, niño-. Le di dos palmadas en la espalda-. Aunque te lo agradezco, pero estoy perfecto.
-Alex dijo que odias las mentiras-. Aiden vuelve a centrarse en su plato-. Pero, a veces, las mentiras de vuelven realidad cuando te las crees-. Suspiró-. No somos muy cercanos, pero tú me ayudaste-. Me vuelve a mirar-. Así que, cuando estés listo, pide ayuda.
-No... No es necesario, chico, yo...
-Alton, yo estuve ahí-dice en voz baja-. Se lo que sientes, sé lo que es congelarse por el miedo y los mini ataques de ansiedad-. Sujeta el pedazo de pizza y lo acerca a su boca-. Solo considera lo que te digo, si no necesitas mi ayuda está bien, pero no digas que todo te va perfecto cuando estás muriendo por dentro.
-Sonrío amargo y devuelvo la vista a mi plato vacío-. ¿Cuándo te volviste tan sabio?
-Tenía que aprender algo de ti y Kevin para ayudar a Ale-. Suspira dejando el pedazo de pizza-. Él los necesitaba, pero no podían estar ahí. Tuve que aprender algo de ustedes que pudiera ayudarlo.
-Pues hiciste un gran trabajo, niño.
-Sonríe-. Gracias.
Mis amigos volvieron después de la conversación, ninguno de los dos comenta nada adicional. Salimos del centro comercial, Aiden y Ale tomados de la mano, era la primera vez que veía a mi amigo tan meloso con alguien y no puedo evitar sonreír.
Volvemos a la terminal, dónde seguimos con las conversaciones randoms, nos quedamos sentados esperando la hora para que viaje. La mirada de Aiden se posa en mí en varias ocasiones, pero no comenta nada y solo me sonríe amable. Está preocupado, se le nota en el rostro, aunque permanezca sonriente.
Trato de tranquilizarlo sonriendo, pero sé que no lo estoy ayudando. Suspiro y voy al baño, lavarme la cara puede ayudarme a distraerme. Para ser sincero, estoy asustado, es el primer viaje que realizo después de lo ocurrido. Sé que no estoy listo, pero no puedo temer por siempre.
Regreso a mi asiento y continuo la charla con los chicos, ellos están atentos a lo que hago y digo. Están preocupados al igual que Aiden, pero saben disimularlo mejor. Por treinta minutos nos mantenemos en la misma situación, pero escuchamos la primera llamada y ya es hora de partir.
Nos despedimos, aún inconformes con mi decisión, pero con la promesa de que los llamaré si los necesito. Me dirijo a la puerta ante sus miradas, aprieto mi mochila de mano para contener mi ansiedad. El corazón golpea con fuerza y el sudor frío corre por todo mi cuerpo, aun así decido seguir.
«Es tarde para negarme».
Mi asiento es el 23, pegado a la ventana, por suerte. Acomodo mis cosas en la parte superior donde está una pequeña malla que impide que las mochilas de mano caigan. Me siento en mi lugar y me coloco los audífonos para tratar de disfrutar el viaje.
Dirijo mi mirada a la ventana, centrándome en el paisaje. Observo los grandes árboles que rodeaban las afueras del lugar y como sus hojas se mueven por el viento. Otra vez es invierno. El frío y dulce, invierno. Inhalo tratando de llenar mis pulmones al máximo y suelto aire para relajarme. Me estoy acomodando, cuando:
―Disculpa... -Alguien me toca el hombro. Giro y levanto la mirada-. ¿Me podrías indicar dónde se encuentra este asiento? -Me entrega su boleto-. Es que no lo encuentro.
El señor que está de pie a mi lado es un adulto mayor. Lleva un bastón, unos lentes como los míos y no trae equipaje. Mantiene una sonrisa amigable en el rostro y luce con orgullo su poco cabello blanco por las canas. Tiene la espalda un poco encorvada, quizás por la edad, pero se apoya en mi asiento, no puede mantenerse en pie.
-Claro, no se preocupe-. Asiento y tomo el pasaje para revisarlo―. Su asiento es adelante, señor, el 10―. Señalé el lugar―. ¿Le gustaría que lo acompañe?
―Niega―. Muchas gracias, jovencito, pero no es necesario.
Aquel hombre gira, con la intención de ir a su asiento, pero el suelo no es muy firme para él. Se sujeta de los asientos para evitar caerse, pero las personas lo miran como si fuera enfermo. Me desagrada este ambiente. Me pongo de pie y lo sujetó con suavidad del brazo, él me mira aún sonriente.
-Le dije que no se preocupe, jovencito. Puedo ingeniármelas.
-De eso estoy seguro-. Le devuelvo la sonrisa-. Pero para mí significaría mucho si me permitiera ayudarle.
- ¡Que buen muchacho! -exclama con orgullo-. Eres muy valioso, hijo. No quedan muchos como tú.
-Rio mientras caminamos hasta su lugar-. No me halague así. Estoy seguro que existen jóvenes mejores que yo.
-Jovencito-dice mientras se sienta-. Eso depende de lo que para ti es mejor-. Sonríe-. Gracias por la ayuda.
Asiento con una pequeña sonrisa y vuelvo a mi lugar. Me acomodo en mi asiento y saco mis audífonos, necesito música para sobrellevar el viaje. Miro mi teléfono, mi playlist está lista y a la espera de que le dé play. Suspiro para liberar mi estrés y le doy play a la canción Bye Bye de NSYNC.
«No me importa lo que piensen. Amo esta banda».
Así empieza mi viaje a esa maldita ciudad.
***
El camino hasta Baevil es más desagradable de lo que esperaba. Ha pasado una hora y he logrado mantenerme estable distrayendo mi cabeza con música, pero cada segundo que pasa parece que me volveré loco. La música deja de ser efectiva unos 10 minutos después, mi playlist a terminado y sigo aquí.
Respiro hondo para calmar la ansiedad que amenaza con apoderarse de mí. Cierro los ojos deseando que mi cerebro se desconecte para descansar un poco y resulta efectivo, de milagro. Logro dormir 1 hora, hasta que los baches en el camino me despiertan de mi plácido sueño.
«¡Debo tener una pesadilla!»
Enciendo la pequeña pantalla que está frente a mí, quizás una película pueda distraer los pensamientos que intentan intimidarme. En el catálogo encuentro películas para niños, comedias y algunas de terror, suspiro y selección la comedia. Me haría bien reír. Busco entre las películas, sin éxito. Ninguna me llama la atención.
Vuelvo a suspirar resignado y presiono una al azar, "La boda de mi mejor amigo" hace su aparición en la pantalla. La película debía calmarme por una hora y media, me recuesto en el asiento y trato de disfrutarla. Lastimosamente, no me es posible mantener la calma.
Mis manos están sudando y mi pierna se mueve sola. El latido de mi corazón aumenta con fuerza y el sudor frío se posa en mi frente. Me pongo de pie y voy al baño. Me lavo la cara y las manos con la esperanza de que ayude al control de mi cuerpo. Pero no pasan ni cinco minutos, desde que vuelvo a mi asiento, y nuevamente debo ir al baño.
La tercera hora la paso yendo y viniendo del baño. Entro, lavo mis manos y mojo mi cara para calmarme, pero es complicado. Siento como el bus anda en la pista bajo mis pies, como si tratará de recordar el camino para volver. Una medida de seguridad que no sé qué tan válida pueda ser en una situación parecida.
Me levanto por décima vez en la hora y vuelvo a entrar al baño. Este primer viaje esta siendo más difícil de lo pensado. Me siento en el retrete, con las manos sostengo mi cabeza, esperando que mi corazón lata a su velocidad normal. Tengo los ojos cerrados y trato de regular mi respiración, pero un ruido me obliga a abrirlos.
No sé cuánto tiempo ha pasado, pero el golpeteo en la puerta es persistente. La miro un poco desconfiado, mi cabeza da vueltas y la presión de mi pecho es más fuerte. Me obliga a llevar mi mano hasta ahí y vuelvo a cerrar los ojos tratando de concentrarme. Pero mi cabeza no se puede contener y me traslada a aquel maldito espacio. Aquel departamento y el inicio de mis pesadillas.
El vaso golpeando el suelo. Aiden atento con aquel estúpido chico. El sonido del pestillo abriendo la puerta principal. La sonrisa arrogante de Esteban. Y la voz, aquella voz gruesa y demandante que apuntaba al menor con la pistola.
-Joven, ¿se encuentra bien? -La suave voz de la señorita me trae a la realidad.
-Sí-respondí fuerte para convencerme.
Me levanto decidido y abro la puerta con una sonrisa gentil. La señorita asiente tranquila al verme. Vuelvo a mi asiento a paso firme, aunque la verdad siento que me temblaban las piernas.
La cuarta hora es la peor. Esta oscureciendo afuera y las luces del bus se apagan, solo algunos las dejan prendida. Me vuelvo a colocar los audífonos y miro por la ventana. Apenas y distingo las luces de los autos que pasan ocasionalmente. La autopista está casi vacía.
Cierro la pequeña cortina y me concentro en mi celular. Reviso algunas de mis r************* , pero no hay nada interesante. Suspiro y entro a YouTube, necesito que mi cabeza se distraiga. Solamente han pasado veinte minutos cuando por fin tengo un poco de paz, pero no dura mucho.
El bus esta disminuyendo su velocidad y, por instinto, levanto la cabeza. Es un cambio leve, la mayoría no lo nota y sigue durmiendo, pero mi ansiedad se vuelve a apoderar de mí.
«¿Qué está pasando? ¿Por qué baja la velocidad?»
«¿Estará esperando alguien? ¿Va a subir?»
«¿Estás seguro que Dylan murió? ¡Tú nunca viste el cuerpo! ¿Qué pasa si sigue por ahí?»
«¿Y si es él? ¿Qué vas a hacer?»
«¿Tienes a donde huir?»
«Podrías esconderte en el baño, pero, ¿cómo sales de ahí?»
«Puedes usar la ventana de emergencia, pero no creo que te lo permitan».
«¿Acaso ya puedes defenderte solo?»
«¡Ale y Kevin están lejos! ¡Mike ya no está! ¿Quién te va a salvar?»
Mis manos sudan, mi respiración se acelera, me duele la cabeza y aquel sonido es más fuerte. Mi pecho duele, la presión aumenta con los segundos. La respiración se me está cortando, creo que quedaré inconsciente.
Las luces se apagaron por completo. El medidor de velocidad marca 60 km por hora. Todos duermen y parecen estar calmados, pero yo siento que moriré en segundos.
«¿Por qué sigue bajando?»
«Quizás solo bajará a llenar el tanque de gasolina».
«Quizás ya estamos llegando y debe estacionarse».
«Quizás solo gana tiempo y trata de distraerte».
De nuevo la velocidad baja, 50 km por hora, y ahora de vez en cuando se detiene. Estoy hiperventilando. Mis uñas se clavan a los brazos del asiento. La cabeza me da vueltas.
De nuevo frena el bus.
«¿La ventana se podrá abrir? Podrías saltar por ahí».
«No hay escapatoria. ¡Está vez si morirás!»
Mis piernas tiemblan al igual que todo mi cuerpo, mi corazón late como si tuviera taquicardia. Mi mente está por perderse y voy a perder la consciencia.
"Aquí estoy..."
La voz se hace presente en mi cabeza, creo que la he escuchado antes, pero no la reconozco.
"Aquí estoy..."
Repite más fuerte, obligándome a escucharla. Mis piernas disminuyen sus temblores de a pocos, mi respiración también trata de controlarse. La ansiedad vuelve a hacer acto de presencia, pero niego suavemente para apartarla.
Mis manos siguen temblando y mi corazón mantiene el ritmo rápido, pero puedo moverme, por lo menos un poco más que antes. Necesito ayuda para calmarme, necesito... Silencio, mi cabeza quiere silencio, pero la ansiedad no me suelta.
«Los necesito»-. Es el último grito de ayuda que pide mi cabeza para tratar de encontrar tranquilidad.