Desperté con los besos que él dejaba en mi piel, en mis pechos, en mi cuello, en mis mejillas. Se subió sobre mí y comenzó a acariciar mi piel. —Orión, no. Aún no me despierto del todo, ni siquiera he cepillado mis dientes —me quejé adormilada. —No me importa. Me acomodó, porque yo aún no despertaba del todo y luego se introdujo en mí. Gemí, porque mi cuerpo aún no se acostumbraba al tamaño de Orión. Era un jodido placer sentir sus movimientos, sus gemidos, su respiración. No sabía qué me pasaba con él, cuando me tocaba, cuando me hacía suya. Me olvidaba de todo, de mis planes, del control que quería ejercer sobre él. Me desconocía, pero no me podía detener, cuando sus manos me tocaban, cuando sus labios atrapaban a los míos de forma salvaje. —Eres exquisita, Alix —me susurró. Sus pala

